miércoles, 14 de agosto de 2013

La última noche del tiempo.


Parece que el tiempo aquí se ha vuelto corto, que tiene bordes, que cabe bien en el reloj y le sobra espacio y peor aún, que tiene horario de atención. Eso parece, desde este lado de la banqueta. Los comercios que solían coquetear con la media noche, hoy cierran sus cortinas como párpados vencidos por el sueño.
Pero eso de este lado, cruzando parece que todo sigue igual, en lo mismo. Una cafetería de franquicia vende cafés que tienen el precio de un salario mínimo y uno no sabe de quién es la culpa. Una interminable fila de autos se extiende a lo largo del eje vial, como rindiendo pleitesía a un totémico dios de ojos coloreados y espera el milagroso destello en verde que otorgue la gracia de la movilidad que se mide en centímetros por hora.
En la sombra, la marquesina del cine “El tiempo” desde hace años había perdido la capacidad de asombrar, de atraer, de seducir el interés de cualquier caminante ocasional o frecuente de este rincón cualquiera de la Ciudad. Un anuncio insípido sólo promete funciones a la 6 y a las 8.
Todos sabemos que las películas de “El tiempo” no son estrenos, que las funciones de las 6 y de las 8, lo único que pueden llegar a emocionar es al recuerdo si es que existe y es que muchas veces el recuerdo necesita madurar en la sombra y películas como las de “El tiempo” están demasiado expuestas a la luz del medio día de cualquier sábado, en cualquier canal de señal de televisión abierta. 
La decisión fue difícil, pero la respaldaba una taquillera somnolienta, una dulcería con apenas la indispensable dosis de azúcar para ser considerada peligro dental, un portero y guardia, los dos en un solo empleado, encargado en cuidar la soledad de las escaleras ausentes de pasos. La administración de “El tiempo” se llevaba desde un estado norteño, Coahuila o Monterrey.
También del norte llegó la idea de cambiar el semblante de la marquesina, la esquela se redactó antes del deceso. Esa mañana se armó el esquelético andamio que yacía como fósil en el traspatio, se añadieron letras que contrastaban con las otras ya comidas por el sol. Por fin había novedad. Con una fatalidad que no disimulaba su franqueza se anunciada la última función del cine “El tiempo”.
A pesar de la anunciada sentencia, el talante de los empleados parecía no haber cambiado en nada. No hubo sacos nuevos, camisas almidonadas o zapatos lustrados más allá de lo permitido. No se agregaron más dulces a los exhibidores. Los refrigeradores apagados lucían una suficiente variedad de agua carbonatada de colores, todos los que estaban apilados  en la bodeguita de la dulcería. Cada centímetro parecía exhalar mudos estertores en un lenguaje visual codificado.
La sentencia anunciada entre un marco brillante de focos incandescentes encendidos había surtido efecto. Los boletos que se vendieron casi llegaron a número de veinte. Ninguno de los asistentes tenía interés alguno en la proyección. La película era poco menos que un pretexto que convocaba los pasos y fracturaba el olvido acumulado.
Las edades de los asistentes sobrepasaban en promedio el medio siglo si el prejuicio hubiera servido de medida. A las parejas que cruzaron la puerta los recibió el inmenso candil que seguía pendiendo del techo del salón, sin embargo los antiguos focos incandescentes en forma de flama, habían sido sustituidos por lámparas de tubos doblados en espiral. Esa mancha de modernidad ahorradora de energía eléctrica tenía un efecto desalentador y ridículo, como si un Santa Claus de la Alameda cubriera la blancura de sus canas con tinte de negro azabache.
Nadie esperaba ver nada nuevo en la pantalla, de haber sido así, habría tenido un resultado aún más desolador entre los espectadores que desempolvaban de su fonoteca personal los diálogos que los actores en la cinta grabada habían perfeccionado con el tiempo. Todos los asistentes, sin excepción, estaban allí para conjurar a la memoria con la eternidad, así terminara esa misma tarde o dentro de cincuenta años más. A pesar de querer creer lo contrario sabían que las eternidades tienen la medida de su pronunciación.
Una pareja de ancianos estaban ahí para detonar el recuerdo de  otros tiempos que tuvieron ese mismo lugar de escenario tres décadas antes. Otra pareja, quizá, sólo aventuró su presencia en esa oquedad en el tiempo para tener hora y media de oscuridad inducida y libertad plena en el tacto. Un joven de aspecto quebradizo entró a llorar la ausencia de la dueña de una piel vibrante que se había despedido usando en un e mail frases tan gastadas como cerrar círculos. Necesitaba un instante de penumbras para asumir su cualidad de círculo cuando en ella veía una línea franca en perspectiva, un punto de fuga sin final aparente.
La liturgia se lleva a cabo sin sobresaltos. Las luces tomaron el lugar de las plegarias. La comunión se toma en una butaca con recubrimiento de tela verde y fondo de esponja, la hostia tiene sabor a cacahuates japoneses.
El cadalso y el condenado son la misma cosa. “El tiempo” lleva una mortaja de cortina de terciopelo rojo. Como un consuelo inútil, todos los presentes compartirán una muerte colectiva, el inútil consuelo de muchos. Se les termina el tiempo y lo saben y no hacen nada para evitarlo. Están a punto de contagiarse de una falsa atemporalidad.
En la pantalla de enfrente, se escribe una palabra que nunca para ellos había tenido mayor significado. Los créditos de las viejas películas mexicanas aparecen al principio, por eso el letrero de “Fin” siempre es tan contundente. Después de él sólo la nada sigue en la pantalla. El sonido se apagó y se encendieron las luces de “El tiempo”. Alguien en la luneta respondió al silencio con aplausos que pronto se replicaron en la sala y la desbordaron. Desvestidos del tiempo, aquellos testigos de su extinción, se entregaron a la eternidad que les amenazaba desde una noche sin final y que avanzaba a la orilla de su propio abismo de mañana.


Ciudad de México. Agosto 2013.

domingo, 21 de julio de 2013

De palabras prestadas.



Hace algunos años leí un hermoso poema de Luis García Montero el cual conservo aún, impreso en la página amarillenta de un suplemento semanal. Ese poema siempre me recuerda algo que aveces olvido.

La tristeza del mar cabe
en un vaso de agua


No hay pues mujer más sola,
más tristemente sola,
que la que quiere amar a un hombre triste.

-Piedad Bonnett-


Los hombres tristes,
que tienen en sus ojos un café de provincias,
que no saben mentir como quien dice,
que se esconden detrás de los periódicos,
que se quedan sentados en su silla
cuando la fiesta baila,
que gastan por zapatos una tarde de lluvia,
que saludan con miedo,
que de pronto una noche se deshacen,
que cantan perseguidos por la risa,
que abrazan, que importunan hasta quedarse solos,
que retornan después a su tristeza
igual que a su pañuelo y a su vaso de agua,
que ven cómo se alejan las novias y los barcos,
esos hombres manchados por las últimas horas
de la ocasión perdida,
me recuerdan a mí.
  
Luis García Montero.



miércoles, 26 de junio de 2013

Instante



El silencio consume a la noche y al cigarro que entre sus comisuras es la única objeción de esa obscuridad de piedra. La mira recostada en el sofá que está contra la pared, frente a la ventana. Casi  dormida, igual que la vida de afuera, casi en silencio, casi ausentes del otro.
Ella mira al cielo que se apaga. Él, a ella que lo ignora.
Pero no se acerca, sería tan fácil sortear la ínfima distancia que les separa. Sería tan fácil. A dos pasos, a una caricia, a la huella de sus labios resecos y temblorosos que no recuerdan otro sabor que el amargo del ron diluido en agua simple que se ha impuesto como penitencia desde la tarde.
Ella se irá apenas aclare. Lo sabe porque siempre es así.
Toma entre sus manos el reloj de mesa y lo azota contra la pared. Idiota, el tiempo es tiempo, aún sin relojes.
Ella interrumpe su camino al sueño. Despierta. Por una orilla de la cortina, los reflejos de la luz del poste son como flamas transparentes que lo convierten a él en una sombra silenciosa y voraz que se abalanza hasta  ella, sobre ella. Y entre sus sombras confundidas, mataron a la luz que sin permiso, les mojaba las espaldas.



Ciudad de México, Marzo 2010.

viernes, 3 de mayo de 2013

Basuras




Las escaleras descienden los pasos inmóviles de una masa de usuarios anónimos, eso parece. Los ojos están dispersos en todos los puntos que ofrece la estación. Una reja polvosa, paredes con filtraciones de agua que dibujan figuras ovales, ajenas a la vista de algún místico urbano, que no ha pasado por acá y que les encuentre semejanza con alguna advocación Mariana.
Desde este fondo que no lo es tanto, Teo escucha las notas de un violín que es el único sonido real, lo demás son astillas que se encajan en el silencio. El sonido está cargado de lejanías, no trae nada para Teo, aleja. Este sonido no puede sugerir otra cosa, sólo distancia.
Por momentos, la pieza le recuerda una canción conocida, ¿La cautela, quizá? Pero no, de repente las notas son otras, van por otros caminos, van, se van. Tal vez el violinista, que ya se asoma, su sombrero al menos, improvisa, reinventa, compone. Quizá recuerda campos de siembra, días de secas, casa de aromas de leña, gritos tintos de aguardiente.
Cierra los ojos el músico, quizá encuentra en la soledad particular que guarda sus párpados el pentagrama que sigue como una armónica letanía. Cierra los ojos y los abre para mirar el morral a sus pies con pocas monedas. Mientras Teo se pierde en la minúscula inmensidad de un peldaño metálico y mira cómo se alejan los cuerpos de los otros viajeros y dejan en su apretujada indefinición un espacio infinito que crean las cuerdas, la madera, el arco, el vacío y el viento. Y se aleja la muchacha de la blusa de tirantes y la espalda descubierta, el somnoliento trajeado, el hombre canoso de manos rugosas. Todos no existen, gracias a La cautela reversionada. Una casualidad de notas, un encuentro fugaz con el pasado, como lo son todos los encuentros de otros tiempos con el ahora que se diluye entre la marcha de pasos ajenos, entre el zumbido de luces halógenas.
El morral con pocas monedas, quizá hieren al músico que aprieta los labios, quizá nos odia. Teo también se odia un poco, buscaba una moneda en el bolsillo del pantalón que no encontró. Sólo pudo sentir, palpar, el filo de un billete. Un billete que no pudo colocar en el morral con las monedas. El billete no, pensó Teo y sintió que se robaba la atmósfera, el sonido, la distancia, el espacio. El billete no. Se repite y se odia. Y odia más a los meses pares en que las cuentas por pagar devoran la atmósfera siempre, por eso agradece, sin monedas al músico que sigue tocando con los ojos cerrados. El sonido se queda atrás como la distancia. Otra vez, como otras veces, Teo y miles de humanos atestan en vagón cuando aparece.
El tiempo regresa al tiempo. El carro va rápido y frena indolente en cada estación. Suben más, bajan menos. Teo terminará el viaje en la otra estación aunque se sigue odiando por eso, un billete, odia al billete por no ser monedas. Al salir del túnel y entrar a la estación el odio ya no es odio, ya pasó, hacemos de cuenta que fuimos basura, nada más. Lejos del ayer y la distancia, del instante y lo demás, siempre habrá remolinos que nos alejen o nos acerquen, siempre tal vez. El tipo con el traje oscuro y lentes oscuros y cabello oscuro estorba el paso hacia la puerta. Al pasar, Teo le pega un empellón para abrirse paso. Sale. El tipo pregunta con un grito a Teo ¿Qué te sientes? "Basura, pendejo", responde Teo y camina por el pasillo a la salida del andén.
  


 Ciudad de México, mayo 2013. 
  




sábado, 16 de marzo de 2013

Un Mundo Secreto o La belleza de decir.




A Lucía Uribe, diálogo de mirada silenciosa


El sonido del secreto es siempre el silencio. Ese es su escenario, su recinto, su remanso imposible. A pesar del silencio un secreto nunca reposa, siempre está latente, siempre está listo para la fuga, para el escape.
Lo secreto es mejor tenerlo cerca, para que no se escuche contundente y estruendoso, seria negarlo. El secreto es algo infinitamente cercano, se confunde con el aliento que se exhala en la  mañana de un día cualquiera. En la mañana del día de un viaje al sur de la Ciudad, primero después de silencios, de pisos sin pasos andados todavía. El sonido de los labios cerrados, silencio, vestuario recurrente del secreto. El secreto de la piel sin tacto ni caricia y el posterior irse, que a veces, ni siquiera es opción.
El hermoso inicio visual (sensorial casi)  de “Un mundo secreto”, (Gabriel Mariño, Puebla 1978), nos deja precisamente en el inicio de un secreto que poco a poco, imagen a imagen se irá descubriendo, asimilando, nos hará cercanos testigos, imposibles cómplices.
Con delicadeza y belleza incontenibles, la dolorosa y hermosa soledad de María (Lucía Uribe) deshace la Ciudad en un eterno fuera de foco. María es lo único que existe, todo lo demás es ajeno, es artificial, no es personal, es la negación del secreto entre el caos irreconciliable de la Ciudad, que siendo inadvertido, entonces tampoco existe.
María que en el mismo espacio, aleja con los brazos tendidos al frente, que no habla, que parece no ver, o mejor dicho, mira otro espacio que, como el secreto, está oculto o quizá no, quizá es el sitio al que se está yendo y reclama los afectos personales y los pasos latentes.
María, que es la contradicción del secreto, que invita a su interior para acompañar la soledad irremediable que la Ciudad y la vida ofrecen fácil y en abundancia cuando el tiempo y los afectos llevan demasiada prisa.
El camino, el deseo de perderse y encontrarse no sólo desdobla kilómetros, también el interior, la casualidad y los encuentros sembrados, segados, marchitos, promisorios.
Mariño celebra con el silencio aparente, la indescriptible belleza del decir y la palabra. María, no es solamente el pretexto del deseo efímero es, sobretodo, el ánimo de decir, de descubrir, de develar. Por eso Juan no sólo es la segura compañía, es la otra parte del decir, es el escuchar, no el oír que pasa como viento, si no es escuchar que anida, que se enraíza, que penetra mucho más allá del misterio cíclico del sexo.
María cuando dice: “Oye Juan” señala su destino, guía, comparte, devela. “Oye…” y habla y se escucha segura en el oído del otro. Por eso, quizá la confesión tiene lugar ante un lugar sagrado, frente al espejo.
Después del sueño, el interior formó al mundo afuera desde otro pasado, por fin hay una memoria agradable después de la piel y las sábanas impregnada en la mezclilla de una chamarra, los caminos se definen, el horizonte marca ruta, el mar y sus inmensidades (que por fortuna llegan a cuadro) reflejan el secreto que puede ahora dejar de serlo.
El secreto que se revela otorga la libertad y el descanso, ahora el silencio no es obligación si no opción y la belleza del cielo no es otra cosa que la inmensidad del mar en reflejo, en eterno regreso, en sentido contrario.

martes, 29 de enero de 2013

Mientras cae el tiempo


"Esta nada que soy
cansado de no ser sino eso" 
Luis Tovar.





Permite a mi silencio
Hermanarse con tu boca
Y sean culpables
De incestuoso proceder.
Que encuentre mi sombra
A tu sombra
Y te desnude alevosa
Al dormir
Cansada.
Déjame colmar tu olvido
Saciar mi hambrienta
Soledad irreparable
Restañar el tiempo
Que desciende
En tus párpados
Morados.

miércoles, 13 de junio de 2012

Quizá la luz o La esquina inferior izquierda


“…dibuja su cuerpo sobre la retina de vidrio el tiempo de una breve exposición. Clic. Está atrapada. La trampa óptica se cierra sobre este segundo de tiempo, la captura en la caja hermética, la sujeta contra la placa de cristal, la graba en la sal de plata.”
Joani Hocquenghem
La mujer del techo.


Observa sin mirar ese filo de obsidiana distante. No es noche aunque es. Detrás de la pupila, la luz que dibuja su piel. Arriba el delicado atardecer emborronado que recuerda la suavidad del cielo, lo inalcanzable del horizonte, lo imposible de su lejanía y el olvido de su olvido de ser malva. Quizá presagia un amanecer nocturno que es casi personal, como personal es el delirio. El eclipse de luna en cielo de piel nevada. Inverso medio día. Cielo sin nubes llovido de otras tormentas calladas. Quizá el sol hilando, hilado, helado. Quizá un tornado desastroso para soledades acompañadas, cómo saberlo. Quizá la respuesta la dé ese relámpago que cruza este cielo atemporal, ese amanecer que se confunde con ocaso desde la ventana que se deja ver. Quizá la respuesta de preguntas que nadie formuló. Quizá la escritura que deletrea nombres. Quizá la luz que dibuja en otros lienzos y sigue soñando en sal de plata. Quizá el silencio de todos modos. Quizá otras letras que mejor hablen de esa mirada infinita. Que expliquen la brevísima eternidad de un instante.