El cuento que se incluye a continuación es un ejercicio de escritura a cuatro manos con mi querida amiga Flor de Lis RIvera. Si encuentra vida en las líneas siguientes, Lis es la culpable.
Por Andrés Guillén y Flor de Lis Rivera*.
I
“Tiene un tatuaje en la espalda baja”, pensé en responder pero bajé la mirada sin decir nada. La imagen del trazo, las vueltas, las líneas, hacían del dibujo una caligrafía incomprensible para alguien que no fuera iniciado en el rito de su piel que era una especie de auto de fe.
No quise decir su nombre porque de todas las mentiras que me había dicho, quizá aquella era la más evidente. Habíamos estado juntos las últimas horas en la incomodidad de los asientos de un autobús de línea económica mientras abrían la carretera de regreso a la Ciudad. La temporada de lluvias antes del invierno había dejado tan floja la tierra de los cerros que bordeaban la carretera que los deslaves se podían contar tanto como las horas de inmovilidad fastidiosa.
Me dirigí a ella con el pretexto de maldecir las lluvias de la noche anterior, el calor sofocante y las horas sin medida que se desgranaban ante nosotros. A pesar de mis argumentos, lo único que pude sacarle fue una sonrisa rutilante que le hacía levantar un poco el labio superior del lado izquierdo.
El pelo negro sujeto con una cola detrás de la nuca lo sugería muy largo y, tal vez, me hizo desear verlo sin la cinta que lo ataba, seguramente le habría caído sobre los hombros y tal vez más abajo. Viajaba sola aunque no recuerdo en dónde había abordado. Al salir de la estación su asiento estaba vacío. Estuve dormitando un par de horas y cuando desperté ya ocupaba el asiento a mi lado. Usaba un perfume dulce y poco discreto. Sobre las piernas descansaba lo que después supe era su único equipaje, una bolsa de tela color gris. No alcanzaba a cerrar del todo, pude ver dentro una coneja de peluche color rosa.
Tenía una voz ronca que armonizaba perfecto con su mirada densa, profunda. A las risas siguieron monosílabos y después charlas inconexas sobre cualquier tema que nos alejara de la carretera que se había convertido en un inmenso estacionamiento.
Avanzamos cuando comenzaba a atardecer. El trayecto después de ella se había convertido incomprensiblemente breve. En lo que me parecieron pocos minutos entramos al patio de arribos. La ayudé a descender tomándola de la mano que estaba muy fría. El tacto de su piel era un poco rasposo, quizá sus labores eran muy manuales. A pesar de ello, sus uñas estaban cuidadosamente arregladas, cubiertas con esmalte trasparente.
Fue en ese momento cuando la blusa blanca sin mangas que vestía se levantó un poco dejando ver la parte baja de su espalda descubriendo un tatuaje de formas intrincadas. El dibujo era demasiado sugerente, parecía terminar en una punta que señalaba hacia abajo. Me sorprendió mirando sus nalgas a través de los vaqueros desgastados.
Nos despedimos. Dijo que viajaría al poniente de la Ciudad y me alegré de esa coincidencia de rumbos. Me ofrecí a llevarla en el taxi que tenía planeado abordar para llegar a mi destino. Mentí. Yo llegaría a un hotel en el Centro y había pensado viajar en el metro.
Se despidió de mí. Sorprendentemente me rodeó con un abrazo que me dejó impregnado el olor de su perfume en el cuello de la camisa. Mientras se alejaba caminando pude ver, otra vez, el dibujo incompleto del tatuaje mal cubierto por la blusa y los vaqueros.
Antes de abordar el metro decidí comprar en un kiosco el periódico, un café frío y un pan espolvoreado con azúcar impalpable. Cuando llegué a la caja para pagar el consumo no encontré la cartera. En su lugar, un navajazo preciso en la bolsa de la chamarra, donde también habían estado mis llaves y la dirección del despacho de Juan Palacios, el licenciado al que venía a ver por recomendación de mi prima Estela.
Declarar el robo de mi cartera ante un agente somnoliento y una secretaria gorda que tenía el cabello desteñido por peróxido me tomó más tiempo que la lógica y el cansancio del viaje podrían haber sugerido. El agente hablaba como si sus labios pesaran tanto como el abdomen de su secretaria. “¿Alguien se acercó a usted en algún momento, tanto para haber hecho esto? Podemos pedir los videos de las cámaras. ¿Alguna descripción?”.
La imagen del tatuaje en mi mente no dejaba lugar para articular alguna palabra que no fuera más que un “No” definitivo. La secretaria me dio una copia del acta y me pidió “para el refresco”. Dejé en el escritorio mi único billete de veinte pesos. El agente extendió su mano y me dio un boleto del metro. Cuando salí, la ciudad navegaba ya a la deriva de la noche.
II
‒ Ya deja de hacer eso, pinche Leslie, un día sí te van a agarrar y te van a meter una santa madriza que...Bueno, ¿y ahora para cuánto te alcanzó?
‒ Pues con eso ya no salgo en dos días: Quinientos pesos.
‒ ¿Por dos días te arriesgaste así? ¡No mames! Ya te dije que yo sé cómo hacer que te vayas a la segura. Te tiran esquina cuando te toca, pero sí tienes que entregar una cuenta porque si no...
‒ No. Ya te había dicho que eso no. Se trabaja hasta muy tarde.
‒ Pues es que en la noche te va mejor. A ver, ¿qué haces en esa pinche Alameda con puro viejo mañoso y maricas? Si te vas a aventar, no le estés jugando al vivo. Ahorita la situación está bien gacha. La otra vez don Héctor me estaba platicando que allá por donde luego tú te vas, han desaparecido muchas mujeres, que la otra vez encontraron a una en Coyotepec. ¡Ay, manita, jálate conmigo! Acá, si se quieren poner sabrosos o vivarachos, los zapatazos les llueven a los cabrones como arroz en una boda.
La otra vez Martha le alcanzó a dar a uno con el tacón (¡uno del diez, mana!). Le pegó en la mera cabeza porque le pellizcó una chichi y quería darse a la fuga; así que entre las dos le estábamos dando en su madre hasta que el pelón ese sacó cuete y cortó cartucho. Bueno, manita, pues que la Martha y yo nos vamos echas la mocha rumbo a la Guerrero, pero ella tuvo que correr descalza porque la otra zapatilla se la quedó ese cabrón. A ver dime, Leslie, ¿él para qué iba a querer un zapato? Nomás pura maldad. La pobre hasta caca de perro pisó.
Ya cuando llegamos a la calle Camelia, Martha andaba chille y chille diciendo “¡Mis zapatos, Chilia, mis zapatos!”. Y yo le dije: “Ya Marthita, tranquila, gracias a Dios no nos plomeó el ojete ese”. Pero ella seguía en la chilladera. Hasta que me cansé de tanto berreo y que le digo: “¡Ya chingá, todo por unas pinches zapatillas!”, y que me dice “¡Pendeja! Son los que me había dado Ruth”.
Leslie escuchaba con impaciencia a su interlocutora, con un ánimo nada preocupado por disimular el enfado que producía el monólogo de su compañera, que prosiguió el relato de su persecución.
‒...ahí fue cuando agarré la onda. Ruth ya no aguantó que la vida a veces fuera tan cabrona con ella y tomó su decisión. Esos zapatos se los regaló a Martha en son de despedida, “Me los compré en La Luna, chula. Úselos cuando se ponga su vestido azul rey que tanto le gusta”.
Bueno, te cuento todo esto para que veas que entre nosotras nos cuidamos, porque...
‒ ¡Ya, Cecilia, me estás mareando, chingá! Ya cállate tantito. ¡Eso ya me lo has contado como cuatro veces!
‒ Oh, pues yo nomás decía, porque eso del metro, la Alameda y los camiones está cabrón. Te arriesgas mucho y luego le ganas re poquito. A ver, ¿y si te entamban?
‒ Yo siempre me cuido y elijo a quiénes podría acercarme. En el metro es muy fácil, pero hace mucho calor; por eso prefiero el camión, además de que es más seguro.
‒ Oye, y a todo esto, aparte de los quinientos, ¿qué más traía el pobre güey?
‒ Sólo la cartera con identificaciones que ya tiré, y unas notas. Creo que el tipo es de esos quesque escritores. Hasta me sentí mal porque se portó buena onda, ¿por qué Juan no es así?
‒ Porque le interesan más los parabrisas y el tiner, antes que tú. Ya te lo he dicho y no me haces caso.
‒ Él me quiere.
‒ Él sólo quiere no dormir en la calle con todos los borrachos de la Plaza de La Soledad, no nos hagamos pendejas. Pero a ver, enséñame las hojitas que dices.
En lugar de alcanzarle el pequeño montón de hojas cuidadosamente dobladas y con manchas de suciedad en los pliegues, Leslie se aprestó a leer en voz alta algunos aforismos sin rúbrica.
Horas antes, tras perpetrar el hurto, se alejó rápidamente de la central y se metió a los baños de un restaurante de comida rápida para hurgar entre las bolsas divisorias de la cartera de piel color café. Leslie se había convertido en una diestra carterista y disfrutaba imaginar las vidas de sus víctimas a través del contenido de sus bolsos o carteras. En sus dos años de trayectoria, había divagado sobre vidas ajenas gracias a las pertenencias robadas que superaban la veintena. Nunca le había tocado robar a un escritor, de modo que luego de arrojar las credenciales al cesto de basura, guardó el dinero en sus calcetines y metió las notas en las bolsas delanteras del pantalón. Consumando el robo con el plagio de las letras, a las que negó el mismo destino que las tarjetas, Leslie sacó su delineador de ojos color negro y pintó en la pared que sostenía el retrete una de las frases que encontró: “A veces el recuerdo necesita madurar en las sombras”.
Ahora que Cecilia solicitaba el préstamo de las notas, Leslie aprovechó para leer en voz alta aquellos pensamientos con caligrafía a veces ininteligible.
‒ “¿Qué monstruo del olvido te va devorando poco a poco?”. Ésta va a gustarte, Ceci: “Eran su silencio y su sombra el sello, la marca, el anuncio de su territorio. Decían que olía así, a perfume barato, huele a puta, también decían. ¿A qué huele una puta?, pregunté y nadie me otorgó jamás una respuesta que justificara aquello”.
Cecilia frunció el seño mientras esbozaba una ligera sonrisa y le pidió a Leslie que le dejara ver aquel papel. Leslie accedió, añadiendo “Es un cuento, se llama 'En la esquina de la ausencia'”. Cecilia leía en voz baja mientras repetía las palabras en silencio, y usaba su dedo índice como guía de lectura.
‒ Órale, Leslie, a éste le gustan como yo. Yo creo que no te chingaste a un jodido, ¿eh? Sino a uno de esos hombres de dinero a los que les gusta sentirse pobres, como si eso fuera algo de mucho orgullo. A mí por lo menos no me gusta. Oye...¿y se dió cuenta?
‒ Pues claro que no, ¡ni que me viera igual de espaldona que tú!
Cecilia dejó escapar una risa estridente. “Ay, cabrona, esto ‒añadió enfatizando en “esto” mientras dibujaba con sus manos el contorno de su torso‒. Es-to te cuesta trescientos varos”. Leslie, ya con mejor humor comenzó a reir al tiempo que dejó caer su mano con brusquedad en la entrepierna de Cecilia que, ocultaba un miembro viril involuntariamente estímulado por el contacto con la mano de Leslie. “¡Ouch! ¡Oye, me vas a dejar sin hijos!”, objetó con un guiño que le imprimió sorna a la queja.
Entonces Leslie se incorporó y fue hacia el espejo para despojarse de la liga que ataba su cabello; enseguida cayó hasta la espalda baja una abundante cabellera café oscuro hecha a base de extensiones e injertos.
‒ Ahorita regreso, “mujer”, dijo con ironía. Voy por unos rastrillos.
Al momento, se escuchó el portazo tras de sí y Leslie salió del pequeño departamento ubicado en una vecindad de la calle Estrella, en la Colonia Guerrero. Cantando a cappella“Que nadie sepa mi sufrir”, la voz y los pasos de Leslie se oían cada vez más distantes conforme bajaba por las escaleras con un morral gris colgado al hombro.
Visítela en su blog. Le va a gustar.
sábado, 5 de julio de 2014
sábado, 19 de abril de 2014
Viernes santo
Y la tierra tembló, y se partieron las piedras. Y los sepulcros se
abrieron,
y los cuerpos de muchos santos, que habían muerto, resucitaron.
Evangelio según Mateo. XXVII, 51 y 52.
También ese viernes Lucio
Contreras se levantó a la misma hora de todos los días, lo supo, aunque el reloj en la pared de la sala estaba
detenido. Caminó descalzo hasta el baño, el suelo estaba fresco, tan agradable
que se quedó parado un momento más después de haber orinado profusamente en la
cerámica.
En el espacio donde antes estaba
el espejo se despellejaba la pintura, quizá por causa de la humedad y el
salitre. Ese pequeño lunar de pared mostraba sin recato
la edad incalculable de la casa que se mantenía en pie por puro milagro. Caminó
a la cocina. La cajetilla de los cerillos se sentía húmeda al tacto, quién sabe
por qué. Aun así, con una mecha encendió la hornilla y la amigable luz de una
flama azul alumbró la oscuridad que no se había ido del todo de ese rincón de
la casa. El pocillo con un poco de agua pronto agarró calor.
Mientras, como todos los días
también, desprendió la hoja del calendario que cada año le regalaba Don Luis
Basurto, propietario de “La buena ventura” una miscelánea de la que Lucio
Contreras había dejado de ser cliente regular. Aun así, cada año se hacía
presente cada doce de diciembre para comprar cerillos o cigarros o cualquier
cosa y recibir el calendario para el próximo año.
“Viernes santo” pensó Lucio. Tomó
un trapo seco que colgaba de un clavo cerca del fregadero y sirvió el agua en
una taza decorada con flores azules, con ese caer milagroso, el agua entre el
vapor que le llegó a la cara terminó de
despertar.
Bebió sin azúcar el café. No
había. Tomó la taza y una silla y se instaló en el comedor. Ya en la mesa
observó que el reloj estaba detenido, pero sabía que no era tarde. No se había
asomado aún, pero el día afuera ya estaba desbordado de sol. Bebió a sorbos
lentos como acostumbraba. Sobre la mesa, la lata de las galletas que descubrió
vacía al quitar la tapa jalando con las yemas de los dedos, justo como lo había
hecho la noche de ayer y la mañana anterior.
Cuando vació de a poco su taza,
Lucio Contreras se levantó y regresó a la recámara para calzarse. Apreciaba sus
zapatos de piel café recién lustrada a pesar de las grietas que ya competían
con las arrugas de su cara. Ató con fuerza las cintas hasta hacerlas rechinar.
Avanzó al baño nuevamente para
lavarse la cara y peinarse con la gomina que conseguía a veces en la Farmacia
París. Se peinó tentándose el pelo para confirmar que también en sus canas la noche
había pasado.
Encendió el receptor de radio.
Una locutora de voz chillona e inflexiones inexplicables anunciaba boleros.
Lamentó que no existiera más aquella estación donde el Observatorio Nacional
desgranaba los días minuto a minuto entre mensajes comerciales.
Una grabación anunció la hora
entre un bolero de Álvaro Carillo y la publicidad de un candidato a diputado
del partido en el gobierno. Caminó hasta el reloj y tras darle cuerda, fijó la
hora que había escuchado agregando dos minutos. Con el índice empujó el péndulo
para hacerlo avanzar.
Como en otros años, esperaba hoy la
visita de doña Ema, temprano, una escala obligada antes del viacrucis de la
parroquia del barrio que iniciaba antes del mediodía. A pesar de la invariable
negativa, Doña Ema no perdía la esperanza de que algún santo a los que se
encomendaba y dedicaba buena parte de su pensión traducida en veladoras, le
concediera el milagro de ablandar el corazón del viejo Lucio Contreras.
No se explicaba cómo un hereje
como él pudiera ser el guardián de tan maravilloso portento celestial. “Es un
milagro, ¿no lo entiende?”, había reclamado Doña Ema el año pasado antes de
salir, enojada como todos los demás años al escuchar el silencio y las blasfemias
que lo rompían en la casa de Lucio Contreras.
La cosa no tenía nada de
especial. La tarde aquella en que regresó del panteón porque había muerto su
mujer, Malena Olivares, y la habían enterrado, Lucio decidió no llorar más.
Había tomado una escoba y barrido pisos, lavó vidrios, vació roperos, lustró
zapatos. Parecía que su casa era un universo que había permanecido en invisible
desorden y que estaba dispuesto a restaurar antes del anochecer. Pero no fue
así y la noche y el cansancio lo sorprendieron cambiando las sábanas de la
cama. Esa fue la última noche que Lucio soñó a Malena.
En la mañana del día siguiente
Lucio de levantó tempano y avanzó descalzo hasta el baño. Al entrar Lucio
descubrió en el espejo una mancha trasparente. Arrancó un trozo de papel que
mojó y frotó sobre la superficie que permaneció invariable. Con la punta de una
toalla empapada en alcohol tampoco pudo desmanchar el espejo. Dejó eso
aceptando una nueva derrota.
Al otro día, la mancha del espejo
había conformado una imagen familiar. El rostro de Malena con los ojos cerrados
y la boca entreabierta. La imagen no era firme, parecía una sombra descolorida.
Lucio pensó que aquello era como mirar las nubes. Después de un rato las
figuras aparecen aunque no existan. Descolgó el espejo y lo guardó en el
ropero, entre un suéter de estambre verde oscuro y una chamarra de mezclilla a
la que se le habían caído los botones.
Por la noche volvió a revisar el
espejo. Con la luz artificial de los focos incandescentes, la forma parecía saltar
de la superficie del vidrio, se delineaban los contornos. Una fotografía hecha
por la sombra y no por la luz se había grabado en la cara del cristal. Por
primera vez Lucio se sintió atemorizado.
En la mañana del otro día, Lucio
Contreras olvidó su rutina y fue a buscar al padre Hugo, párroco del templo del
barrio para relatar al detalle aquella aparición. El padre Hugo lo escuchó sin
mucho interés al finalizar la misa de siete. “La iglesia es muy reservada con
estos eventos que la gente llama milagros”. Sin sotana, el padre Hugo parecía
trabajador de dependencia de gobierno. Puso en su muñeca un reloj de carátula
nacarada y un anillo con una piedra verde demasiado vistosa.
Lucio Contreras especificó que al
hablar de aquello, no se refería a un milagro. La muerte que se ancla al mundo
le parecía que, tal vez, tenía muy poco de celestial. La poca religiosidad de
Lucio tampoco le hacía sospechar de un milagro a la inversa. La mitad de las
dudas de la fe le pertenecían a Dios. La otra mitad al Demonio.
Antes de salir lo atajó una mujer
de edad indefinible y velo de encaje a la cabeza. Se disculpó por haber
escuchado su plática con el padre Hugo. Juró que había sido testigo de milagros
similares, apariciones marianas en objetos variados pero nunca en un espejo. Al
escuchar estas palabras Lucio Contreras supo que se había equivocado de lugar
para reclamar oídos a un delirio que debió de permanecer en el rincón de su
ropero.
Lucio llegó acompañado a casa de
la mujer que en algún momento se había nombrado Ema, al menos eso recordaba. La
mujer se había descubierto la cabeza en algún momento, chocaba con fuerza los
tacones contra el suelo. Tenía brazos gruesos y casi cerraba los ojos al
sonreír.
El espejo con la imagen de Malena
estaba sobre la mesa del comedor, junto a la ventana del patio. Ema de
inmediato se cubrió la cabeza y comenzó a mover los labios como si hablara de
prisa, pero lo hacía en silencio, pues ningún sonido salía de su boca, entre
los dedos escurrían las cuentas barnizadas del rosario de madera que Lucio no
vio en dónde portaba y en qué momento lo había sacado.
Al ver aquello Lucio Contreras
tornó en cólera y le gritó que esa imagen no tenía nada que ver con la
virginidad religiosa, que era el rostro de su esposa muerta, esa con la que
solía fornicar sin pedir perdón ni siquiera en días de guardar, fuera semana
santa o domingo al mediodía.
La señora Ema se sintió ofendida
al escuchar esas palabras. Se sonrojó y apretó los puños. Avanzó al espejo y lo
rayó con el crucifijo del rosario. Al ver que la imagen del rostro no
aparentaba ser una impresión justificó su coraje contra Lucio. Dijo que el
espejo debería ser expuesto a la iglesia para venerarle.
Lucio Contreras trató de calmarse
y volver a explicar que acudió a la parroquia como habría podido ir con Nacho
el dueño de la pulquería “La rosa de los vientos” o con Fito Torres, hábil
mecánico y soldador, maestro con la pistola de acetileno. No anunciaba un
milagro sólo compartía un extraño desconcierto que había comenzado a
incomodarle.
Con el tiempo, ellos y otros
amigos visitaron a Lucio Contreras para testificar la aparición del espejo pero
tristemente todos compartieron la idea de que aquello tenía su explicación en
las sinrazones de un milagro y trataron de convencerle para que se le
construyera un adoratorio público con la cooperación espontánea y popular de
los testigos de aquél portento inexplicable.
La invariable negativa de Lucio
Contreras fracturó la cordialidad con los vecinos y lo fue aislando poco a
poco. Poner silencio de por medio ocasionó habladas que se replicaban
incontenibles. Pronto, Lucio fue identificado como un fanático religioso y
egoísta.
Sólo la señora Ema visitaba a
Lucio con recurrente familiaridad. Se había impuesto la misión de regalar a la
comunidad ese milagro, la única manifestación celestial (además de las
granizadas de abril) en ese barrio de la Ciudad. Primero comenzó a visitarle
los domingos después de la misa de seis. Sin embargo no fueron pocas las veces
en que Lucio se ausentaba para evitar esa coincidencia forzada. La insistencia
de Ema se fue desgastando y espació las vistas a meses y después a una sola vez
al año. La mañana del viernes santo.
Los días se acabaron y pocos
fueron los contactos con la gente. El ánimo religioso terminó pero la fama de
anacoreta ya se la había ganado no con gran esfuerzo. Cada viernes santo, la
señora Ema trataba de convencerlo de exhibir la santa manifestación a una
comunidad, así lo dijo, cada vez más alejada de la mano de Dios. Aunque ya sabía la
respuesta, la Señora Ema no cejaba en su empresa. Pedía ver el espejo. Se
persignaba ante él y se iba para regresar puntual el otro año.
También esta mañana el calendario
le recordó que la Señora Ema se dejaría ver como siempre desde entonces. Pero
el reloj recién encordado dio cuenta de minutos, y Ema este año no llegó.
Antes de decidir qué hacer con el
hueco que le dejaba esa ausencia en su día recién comenzado, un temblor le
recordó a Lucio Contreras que a las moscas se les asusta agitando la mano. Las
lámparas comenzaron un vaivén incontenible por largos instantes mientras las puertas
secundaban ese necio movimiento involuntario. Cayó un libro de la repisa
arrastrando en su camino al suelo un par de marcos con fotografías viejas.
En la recámara el ruido de un
vidrio al caer y romperse anunciaba el fin de aquél ensayo del fin del mundo.
Una vez, hacía mucho tiempo, Malena le había confesado, “No me gustan los
temblores porque hacen que me mueva sin quererlo. Con los temblores me duele la
cabeza”.
Antes de entrar a la recámara fue
a buscar la escoba y una hoja del periódico de antier.
Ciudad de México, 18 de
abril, 2014.
lunes, 10 de marzo de 2014
El olvido imposible
A Carmen Sevilla,
el olvido imposible.
¿Qué elementos debemos tener para hablar de la memoria
personal o colectiva? Podría aventurarme a decir algo o quizá más atinadamente
a quedarme callado, con nada que decir si no es la exclusiva experiencia
personal. ¿Cómo se reconstruye un pasado, bajo qué perspectiva y con qué
intención? Preguntas a las que tampoco me aventuro a esbozar una respuesta y que,
por el contrario dejo abiertas en afán de enriquecer el diálogo con quien esto
lee acaso por casualidad o mala suerte.
Los asomos a otras épocas que no nos tocaron vivir, me refiero
a mis contemporáneos, me dejan siempre como secuela la intención de remontar
los días y encontrar en el presente sus huellas para saber que compartimos
mucho más que el espacio físico.
Trivial como suelo ser las más de las veces, éste asomo
llegó por medio de una película realizada en éste México lindo y herido en el
año de 1953 y protagonizada por Pedro Infante. En el libro “Las leyes del
querer”, Carlos Monsiváis afirma que fue el cine quien proporcionó a la vida real y
cotidiana de arquetipos y modelos vivenciales y no al revés. Para un servidor
nacido a finales de los años setenta, esta mención no puede ser considerada más
que verdadera.
En un ideario personal, el romanticismo tiene ecos de tríos
y boleros. La masculinidad nacional se enfunda en trajes de charro con botonadura plateada,
no hay festejo o pena de amores que no destile humos de tequila o aguardiente.
La pobreza es una conquista genética, resignada, una especie de martirologio apenas cuestionado, de la vida eterna en
el reino celestial que, se jura, no es de éste mundo.
Como es mucho más interesante la idea del tiempo cíclico y
no lineal, la memoria nos otorga una manera de anticipar el hecho por venir,
una especie de vaticinio, una experiencia o sencillamente un punto de
referencia. El olvido condena irremediablemente.
A la memoria personal, es necesario también incorporar la
memoria colectiva, esa en la que convergen todos los otros que acompañaron el
camino por diversas rutas en otros tiempos y que hacen del pasado una
experiencia representativa y necesaria en el ejercicio del recuerdo.
Esta vez el recuerdo llegó desde la reiteración casi obcecada de la televisión comercial mexicana, triste lugar para ejercicios de
memoria o recuerdo como el que ahora intentamos, donde la inmediatez y lo
desechable tienen su clímax estructural.
Desde hace años, la televisión nacional no ha dejado de
apuntalar la figura mítica y casi religiosa, merecedora de devociones públicas
o inconfesables, de Pedro Infante (1917-1957) con la reiterada transmisión de sus
películas, particularmente los fines de semana donde la oferta de
entretenimiento no satisface el tedio de la inacción y la infidelidad a los
partidos de la liga nacional de fútbol.
Debido a ello, desde que la memoria personal de quien esto
escribe funciona digamos de manera al menos regular, la cita con la liturgia
Infantesca ha sido completa y sin demora. Además de la televisión y mi poca
afición a las competencias deportivas, la radio terminó de completar el sound
track de esta parte del recuerdo. “Radio sinfonola” en la A.M. además de
convocar a los devotos de fe inquebrantable, adquirida o heredada, exigía
despertar temprano y tener la disposición de escuchar como bienvenida al
amanecer la vihuela y la trompeta de los integrantes del mariachi Vargas.
Nada puedo decir de la filmografía de Infante que no se haya
dicho y de mejores maneras, no esa la intención, sólo intentaré unas líneas
derivadas de ver y escuchar, otra vez, una de sus películas.
En “Gitana tenías que ser”, una especie de comedia romántica
indefinible, acompaña al protagónico de Infante la actriz, cantante y bailarina
Carmen Sevilla (María del Carmen García Galisteo, Andalucía, España, 1930). Es
en ella o más bien a causa de ella el origen de esta entrada.
Como resabios machistas que aún no hemos podido remontar, mi
padre y yo además de comentar el trabajo actoral, solemos reparar un poco en la
belleza, tan subjetiva como es, de las actrices que surgen de la magia
electrónica de nuestra televisión de 30 pulgadas. Él dirigió mi atención a la
Carmen Sevilla de 1953 que aparece en este filme: “¿Ella tampoco te parece hermosa?”,
pregunta. “Desde luego que sí”, respondo sin vacilar. El “tampoco” obedece a
las divergencias que hemos sorteado a causa de Martha Mijares, Elsa Aguirre,
Blanca Estela Pavón, Rita Macedo, Estela Inda y un nutrido etcétera que no
comentaremos ahora o tal vez nunca.
No repararé en la historia, los aspectos técnicos o las
opiniones al mismo, seguramente hay un millón de sitios en la red que lo hacen
de manera más atinada.
Quien sea un ocasional espectador de los trabajos de Infante
sabrá que no es éste el mejor de ellos (el término “mejor” también lo dejo
abierto a discusiones u opiniones para quien quiera trabarlas con el que esto
escribe en otro momento). El personaje que interpreta Infante (Pablo Mendoza) es
el más ambiguo e indefinido que le conozco. El mariachi convertido en actor, malhumorado
y soez que tratan de representar, se desdibuja entre un son veracruzano y las
canciones de despecho muy a la "viva Jalisco". Cierto que a Infante se le conocen
personajes de “indeseable malo de la historia" pero, creo yo, no son de los más recordados por la mayoría
de sus feligreses, me vienen a la memoria el personaje de Carlos Iturbe en “Ansiedad”
y de Víctor Valdés en “Escuela de rateros”.
En la indefinición de Infante en “Gitana tenías que ser” y de una historia poco
lograda (la película en la película), los estereotipos que se suceden escena
tras escena, la belleza y gracia de Carmen Sevilla (Pastora de los Reyes) se
sobrepone y llega a ser lo verdaderamente rescatable en esta cinta.
El personaje de Carmen Sevilla no se queda en lo figurativo
o decorativo, no obstante que en el filme su belleza es incuestionable, al ser
una historia cargada al lado de la comedia los contrastes son imposibles en la
monocromía de sentimientos y personalidades. Las escenas que convocan a las
lágrimas son tan endebles que las borra una secuencia posterior que tiene en la
tibieza a su mejor representante. A pesar de ello y en el contexto del filme,
Carmen hace lo propio de una manera mucho más que memorable.
En una extraña secuencia, la película de la película tendrá
por locación la zona arqueológica de Teotihuacán. En incomprensible acto
reivindicatorio de la mexicanidad con traje de charro, el contraste de los edificios y templos
prehispánicos y la figura de Carmen Sevilla recuerdan un poco la materia de la
actualidad, del mestizaje que aún está en busca de identidad ahogado en un
universo de símbolos. La suerte figura como otro elemento de acercamiento, oculto en inscripciones y glifos en la piedra, el iris, la quiromancia o los micrófonos de alta fidelidad , el oráculo erige sus sentencias a ritmo de flamenco.
Convenientemente indiferentes a la suerte y al destino o tal
vez subyugados por la sofocante presencia, hemos olvidado el porvenir, dejando
en otras manos los despertares cómplices de futuros inmediatos. No es que no
tengamos suerte, parece que la hemos delegado.
Dicen algunas fuentes que Carmen Sevilla padece Alzheimer desde
hace algunos años. En figuras como ella o como Infante, el olvido nunca es
definitivo ni tampoco es una opción. Forman parte de la memoria personal y
colectiva de quien ha visto una película y se ha dejado invadir por el recuerdo
de otros tiempos que no le pertenecen.
sábado, 22 de febrero de 2014
Alegría
Al día ya lo estaba ahogando la
noche en sus orillas y a Marcos se le había extendido la jornada con sus pasos,
hoy mucho.
Supo que sudaba cuando un
vientecillo le heló la frente. Pero no le dio importancia, le dolían más los
hombros y los dedos que asían con firmeza la canasta que poco, casi nada, había
reducido la mercancía. Dulces que compraba, unos, y elaboraba, otros. El sol se
llevaba los colores del día, también los de la canasta que desbordan aun su
dulce carga.
Pero Marcos va callado y con la
mirada perdida en la punta de sus zapatos que sacan polvo cuando pisa la
banqueta poco caminada. Maldice un poco, las monedas en la bolsa del pantalón
cascabelean pero no son muchas y eso es lo que le molesta. Salió de la casa con
el sol y con su ausencia regresa. Un día más, otro día como los otros. Así
piensa Marcos y no comparte su pensar con nadie porque va solo.
Antes de subir el puente, encuentra a dos
niños pequeños que juguetean con una bolsa de plástico. Uno de ellos, el más
pequeño, ríe cuando al jalar, no puede sujetar su extremo y la bolsa se escurre
entre las manos haciéndole caer en invariable sentón.
Al ver a Marcos, el otro de
ellos, el más grande, se acerca a pedir uno de esos y señala los dulces
mexicanos que atestan la canasta y que
no se pudieron vender ahora. Marcos pone la canasta en el suelo y le
dice: Escoge. Para entonces ambos niños se han acercado, ambos se miran
incrédulos entre ellos y ambos escogen una alegría. Al instante los niños se
van corriendo y dejan a Marcos otra vez solo con el eco de sus sonrisas.
No sabe por qué, pero a Marcos la
canasta le pesa menos, la noche le pesa menos. Ya espera al camión que, por
suerte, no viene lleno. Al abordar el chofer le pide un dulce de los caros, de
los de leche y entonces no cobra el pasaje, al contrario, le paga unos pesos que
completan el costo de esa dulce casualidad.
Entonces Marcos camina al fondo
donde, qué suerte, hay un asiento vacío junto a la ventana. Y cierra los ojos y
ahora sí, siente el aire que le hiela la frente y recuerda a la mujer y a sus
ojos negros y el café caliente que tal vez ya esté listo cuando llegue y piensa
que esta noche no se irían a dormir con el radio llenando sus silencios, que ahora
tendría algo que contar. Mira otra vez la canasta apoyada en sus rodillas.
Antes de cerrar los ojos se da cuenta que aún le quedan muchas alegrías.
sábado, 14 de diciembre de 2013
A cuatro manos
“Tiene un tatuaje en la espalda
baja”, pensé en responder pero bajé la mirada sin decir nada. La imagen del trazo,
las vueltas, las líneas, hacían del dibujo una caligrafía incomprensible para
alguien que no fuera iniciado en el rito de su piel que era una especie de auto
de fe.
No quise decir su nombre porque
de todas las mentiras que me había dicho, quizá aquella era la más evidente. Habíamos
estado juntos las últimas horas en la incomodidad de los asientos de un autobús
de línea económica mientras abrían la
carretera de regreso a la Ciudad. La temporada de lluvias antes del invierno
había dejado tan floja la tierra de los cerros que bordeaban la carretera que
los deslaves se podían contar tanto como las horas de inmovilidad fastidiosa.
Me dirigí a ella con el pretexto
de maldecir las lluvias de la noche anterior, el calor sofocante y las horas
sin medida que se desgranaban ante nosotros. A pesar de mis argumentos, lo
único que pude sacarle fue una sonrisa rutilante que le hacía levantar un poco
el labio superior del lado izquierdo.
El pelo negro sujeto con una cola
detrás de la nuca lo sugería muy largo y, tal vez, me hizo desear verlo sin
la cinta que lo ataba, seguramente le habría caído sobre los hombros y tal vez
más abajo. Viajaba sola aunque no recuerdo en dónde había abordado. Al salir de
la estación su asiento estaba vacío. Estuve dormitando un par de horas y cuando
desperté ya ocupaba el asiento a mi lado. Usaba un perfume dulce y poco
discreto. Sobre las piernas descansaba lo que después supe era su único
equipaje, una bolsa de tela color gris. No alcanzaba a cerrar del todo, pude
ver dentro una coneja de peluche color rosa.
Tenía una voz ronca que
armonizaba perfecto con su mirada densa, profunda. A las risas siguieron monosílabos
y después charlas inconexas sobre cualquier tema que nos alejara de la carretera
que se había convertido en un inmenso estacionamiento.
Avanzamos cuando comenzaba a atardecer.
El trayecto después de ella se había convertido incomprensiblemente breve. En lo
que me parecieron pocos minutos entramos al patio de arribos. La ayudé a
descender tomándola de la mano que estaba muy fría. El tacto de su piel era un
poco rasposo, quizá sus labores eran muy manuales. A pesar de ello, sus uñas estaban
cuidadosamente arregladas, cubiertas con esmalte trasparente.
Fue en ese momento cuando la blusa
blanca sin mangas que vestía se levantó un poco dejando ver la parte baja de su
espalda descubriendo un tatuaje de formas intrincadas. El dibujo era demasiado
sugerente, parecía terminar en una punta que señalaba hacia abajo. Me sorprendió
mirando sus nalgas a través de los vaqueros desgastados.
Nos despedimos. Dijo que viajaría
al poniente de la Ciudad y me alegré de esa coincidencia de rumbos. Me ofrecí a
llevarla en el taxi que tenía planeado abordar para llegar a mi destino. Mentí.
Yo llegaría a un hotel en el Centro y había pensado viajar en el metro.
Se despidió de mí.
Sorprendentemente me rodeó con un abrazo que me dejó impregnado el olor de su
perfume en el cuello de la camisa. Mientras se alejaba caminando pude ver, otra vez, el
dibujo incompleto del tatuaje mal cubierto por la blusa y los vaqueros.
Antes de abordar el metro decidí
comprar en un kiosco el periódico, un café frío y un pan espolvoreado con
azúcar impalpable. Cuando llegué a la caja para pagar el consumo no encontré la
cartera. En su lugar, un navajazo preciso
en la bolsa de la chamarra, donde también habían estado mis llaves y la dirección
del despacho de Juan Palacios, el licenciado al que venía a ver por
recomendación de mi prima Estela.
Declarar el robo de mi cartera
ante un agente somnoliento y una secretaria gorda que tenía el cabello
desteñido por peróxido me tomó más tiempo que la lógica y el cansancio del viaje podrían haber sugerido.
El agente hablaba como si sus labios pesaran tanto como el abdomen de su
secretaria. “¿Alguien se acercó a usted en algún momento, tanto para haber
hecho esto? Podemos pedir los videos de las cámaras. ¿Alguna descripción?”.
La imagen del tatuaje en mi mente
no dejaba lugar para articular alguna palabra que no fuera más que un “No”
definitivo. La secretaria me dio una copia del acta y me pidió “para el refresco”.
Dejé en el escritorio mi único billete de veinte pesos. El agente extendió su
mano y me dio un boleto del metro. Cuando salí, la ciudad navegaba ya a la
deriva de la noche.
viernes, 18 de octubre de 2013
Arbolada
Van y vienen los árboles
de tu silencio al mío.
Aurelio Asiain.
Si el poema es árbol ella comienza a ser entonces una mujer arbolada.
Alberto Ruy Sánchez.
Dice el poeta Aurelio Asiain que
por mucho que se empeñen, los árboles no pueden quedarse en su lugar. ¿Quién
puede negarlo? Y es que en verdad siempre andan persiguiendo en forma de
recuerdos de rasguños y raspones cuando, en una infancia tan distante, uno
invadía la tranquilidad de la fronda.
Subir paso a paso las ramas de un
árbol era iniciar una breve expedición al cielo que prometía siempre un final
inesperado, indescifrable. En la sombra de un árbol, por alguna razón, siempre
se detiene el tiempo, se vuelve lento y dulce y dan ganas de quedarse ahí,
siempre, en la eternidad imperturbable de un segundo.
Es imposible separar la idea del
tiempo al estar frente a un árbol. Un árbol es la más evidente y amistosa
representación del tiempo transcurrido. El pasado que se va hundiéndose en la
tierra, el futuro extendiéndose al cielo, expectante del próximo aleteo de ave,
de la lluvia, del amanecer promisorio. El ahora a ras de suelo, en delicado y
asimétrico equilibrio. Natural palíndromo.
Si el tiempo no se detiene, los
árboles tampoco se detienen. Quizá por eso Tatiana Zugazagoitia sigue las
huellas de los árboles, de un árbol, siguiendo la traza que los poemas de
Aurelio Asiain sugieren. Versos desvestidos de tiempo.
El movimiento de la enramada, del
viento, de la nube, de la ola o el arroyo surgen de repente del cuerpo de la
mujer que al mismo tiempo es reflejo y metáfora. El silencio y la palabra se
deshojan y retoñan entre luces vertiginosas, primero, y apacibles, reposadas,
después. En un movimiento, en una pausa vamos del jardín que es certeza o es
ausencia a la irrefrenable caída libre.
Una hoja seca que cae puede
partir el universo, romper el silencio, inundar los ojos. Si la hoja seca tiene
ese poder incontenible, el cuerpo que agita la atmósfera y blande la luz y la
sombra, que rima y germina versos, sólo puede dimensionarse con las palabras que despiertan en la poesía. El
cuerpo en movimiento de la mujer que es reflejo y no es, porque no deja de ser
verdad, después del viaje, regresa y toma su lugar frente al árbol, a un árbol que no es más, ni menos.
Ciudad de México, octubre 2013.
miércoles, 9 de octubre de 2013
En la siguiente estación.
La oficina estaba iluminada por
una mortecina luz amarillenta. Era pequeña y parecía estar incrustada en el
espacio entre el muro y los plafones falsos que cubrían las paredes de la
estación.
Perales estaba en mangas de
camisa y aunque todavía era notable el aroma amaderado de su loción, en el
ambiente se percibía un olor extraño, salino y húmedo al que ya se habían
habituado. En el fondo se adivinaba un estante que albergaba dos filas de
carpetas idénticas de lomo verdoso que sólo se distinguían entre ellas por el pegote
que las enumeraba en orden del uno al trece. La carpeta con el número nueve no
estaba a la vista. El resto del mobiliario lo integraba la silla de respaldo
alto de Perales, el escritorio que sobrevivía inexplicablemente a los años, un
ventilador de pedestal y tres sillas con respaldo y asiento de madera, las
patas de tubular estaban despintadas y parecían escamarse por alguna enfermedad
contagiosa.
En una de ellas estaba sentado,
miraba sin mirar cualquier punto en la pared mal pintada de enfrente. Permanecía
callado, imperturbable. Perales le había ofrecido agua en una botella de
plástico que sacó quién sabe de dónde. Eusebio se llevó la botella a los labios,
tenía la boca seca. El sabor de su propia saliva era desagradable, espeso.
Mientras bebía un trago largo, doloroso, se podía observar que a Eusebio le temblaba la mano.
“¿Me vas a decir algo más?”
preguntó Perales mientras cerraba la puerta clausurando, en algo, el bullicio
interminable del pasillo que conducía directamente al frente del andén.
La mirada de Eusebio seguía
apacible, perdida en otro tiempo. Del tiempo de antes, de más antes cuando los
padres vivían y había tierra y lluvias para sembrar la milpa. Casi llegó el
recuerdo del pozo, de la garrucha y el cubo metálico, el hálito dulce y húmedo
que subía desde el fondo. Casi llegaba el recuerdo, pero no llegó. En cambio,
Perales seguía machacando con su voz de tronco seco: “¿Me vas a decir algo más?”.
“No” respondió Eusebio con voz
muy queda, determinada, vestida de una incuestionable sinceridad que atajó cualquier
posibilidad de insistencia de Perales. “Está bien” exhaló Perales y tomó el
teléfono para hacer una llamada. No marcó un número completo, quizá sólo una
extensión, tres dígitos fueron suficientes. En la distancia a Eusebio le
pareció adivinar, sobre el escritorio, un objeto conocido dentro de una bolsa
de plástico: La navaja de muelle.
No hacía un año que Eusebio
Martínez había llegado a la Ciudad desde San Juan Amatepec, uno de tantos
pueblos que nunca figuran en los mapas, que envuelve el olvido, que el
oficialismo niega y la pobreza de los habitantes reafirma insistente. Otro de
los incontables sanjuanes, sanpedros, sanmigueles que desangran su existencia
en las tardes polvorientas, desbordadas y ausentes de tiempo.
Se había instalado en un cuarto
ruinoso de una vecindad cercana a La Merced habitada por nadie, los espacios
estaban acondicionados como bodegas de los almacenes de la zona. En el patio
central casi era palpable el olor astringente de plantas secas para preparar té
y que se vendían al menudeo en los localitos de herbolaria medicinal y amuletos
para la suerte.
Trabajaba en la carga, en la
estiba, el acomodo. Una labor dura que comenzaba muy temprano y se extendía a
veces hasta muy entrada la tarde. La vivienda era pequeña, incómoda y no tenía
cocina, quizá por eso Eusebio solía pasar a comer a la fonda de doña Ofelia
García, Doña Ofe. Cinco mesas de resina plástica se apretujaban en los escasos
diez metros cuadrados de aquél local con piso de cemento pulido y restos
inexplicables de congo amarillo. En bajo relieve, en las esquinas del local cerrado,
se adivinaba apenas una hilera de tréboles de yeso cubierta por una uniforme
capa de humo y cochambre.
A pesar de estar en el corazón de
La Merced, la cocina de Doña Ofe tenía la ventaja de estar en una callejuela a
espaldas de la nave menor, la calle era silenciosa, era habitual que llevaran a
estacionar por ahí camiones de carga impidiendo la circulación cotidiana. En
una evidente paradoja vehicular, el amontonamiento y la inmovilidad proveían a
las tardes de silencios imperturbables.
Además del silencio y una ración
generosa de frijoles y gelatina de leche al final de la comida, Eusebio paraba
ahí porque le gustaba ser atendido por Sonia. Una muchacha de difíciles treinta
que servía las mesas con impronta gracia. Solía vestir blusas blancas de manga
corta y holanes en el cuello y una falda negra y ceñida, lo suficiente corta
para dejar ver un par de rodillas huesudas.
Era notable el entusiasmo de
Eusebio al mirar a Sonia ir y regresar
con platos sobre charolas de metal decoradas con imágenes idealizadas de la
leyenda de los volcanes patrocinadas por Victoria.
También por la cocina iba a parar
seguido “El negro”, uno de los “chineros” más ágiles del barrio.
Quizá porque Eusebio se dejaba
ver diario por allá o porque Sonia no se ponía seria cuando llegaba con los
platos de la comida corrida, “El negro” se tornó hostil hacia Eusebio, comenzó
a hacer de la casualidad una fastidiosa constante. Al encontrarlo en la calle,
no pocas veces se dirigió a él como indio. “El negro” robaba nopales de los
tenderetes para arrojarlos a su paso. “Si no los tragas te los pones en las
patas”, gritaba “El negro” a toda garganta, aunque su voz se perdía entre los
altoparlantes de las tiendas que ofrecían manteca de papel y remedios dérmicos o
pretendían atraer compradores con música de salsa o reguetón.
Fue un sábado después del
trabajo, que había terminado temprano, cuando “El negro” atajó a Eusebio entre
las lonas amarillas de dos puestos ambulantes. Lo sorprendió por la espalda,
sujetando su cuello con certera llave china. Alguien, que Eusebio no alanzó a
reconocer, le metió mano a los bolsillos del pantalón y sustrajo los pocos
billetes que pudo encontrar en la rápida maniobra.
Parecía otro trabajo limpio, como
las que “El negro” solía terminar con una sofisticada intrepidez, sin embargo
antes que saliera corriendo, Eusebio lo pudo asir del cinturón y haló con
fuerza. “El negro” perdió el equilibrio y cayó al suelo. Fue ahí, sin terceros
que hicieran del número una ventaja, que Eusebio y “El negro” se liaron a
golpes.
La pelea duró poco. Los policías
que rondaban el barrio a bordo de una patrulla con la defensa chocada levantaron
a los hombres en vilo. A “El negro” se dirigieron con molesta familiaridad. A empujones
subieron a Eusebio a la patrulla sin que permitiera argumentar nada más que
monosílabos atropellados.
Un policía de bigote ralo tomó a
“El negro” por el hombro y se alejaron platicando en voz muy baja. Se perdieron
pronto entre los mirones y los puestos ambulantes. Algunos minutos después el
mismo policía llegaba caminando al lado de Teresa, una prostituta que se
apostaba desde temprano en cualquier esquina, a unas cuadras de la capilla de
Manzanares.
A la distancia, Teresa tenía muy
buena visión, observó a Eusebio quien mantenía la cabeza gacha y el labio
sangrante. De haber estado más cerca, quizá Eusebio habría escuchado que Teresa
le contestó al policía con un “No mames” cuando éste le proponía que lo acusara
de algo, de lo que fuera, de intento de robo. Teresa ya no dijo nada nada y se
alejó de allí, chocando los tacones sobre el asfalto con su digno garbo,
envidiable.
La patrulla se dirigió al
ministerio público. Eusebio estuvo detenido treinta horas sin motivos. Un
funcionario que vestía un raído traje gris llegó acompañado de un policía al
que le colgaba un tolete del cinto. Sin hablar lo guiaron a la salida, pardeaba
la tarde. Sin un solo peso encima, Eusebio decidió regresar caminando.
La navaja de muelle la compró al
siguiente sábado. La jornada del trabajo había empezado en la madrugada, antes
de las cinco, el patrón ofreció pagar no sólo el doble del día, también mandó
comprar las tortas y las cervezas a condición que descargaran ese mismo día un
tráiler que había llegado retrasado.
Eran las seis cuando Eusebio dejó
las bodegas. El aire estaba desbordado por el aroma denso del carbón de los
puestos de elotes que se preparaban para una tarde prometedora, estaba nublado.
Eusebio decidió andar hasta la
cocina de Doña Ofe, sabía que encontraría las cazuelas colgadas y limpias y el
piso anegado por el agua lechosa a causa del desengrasante a base de sosa con
el que se anunciaba sin palabras el fin de la comida y las labores en el
negocio.
La dueña sabía del pleito con “El
negro” y recibió a Eusebio con evidente amabilidad. Explicó que era tarde, que
ya estaban lavando, que ya no había nadie. Usaba la palabra “nadie” para
ocultar la única ausencia real. Sonia había dejado el empleo dos días antes.
Doña Ofe intentó algunas explicaciones que Eusebio ya no estaba atendiendo.
Eusebio veía en los tréboles en bajorrelieve del muro, una metáfora indudable
de su suerte. Los miró marchitos, cubiertos como siempre de humo y cochambre.
Decidió caminar otro poco y pasó
por alguna ferretería de Corregidora. Compró la navaja nada más por si se
ofrecía.
Pero se ofreció muy pronto. El
domingo, temprano, decidió viajar al norte de la Ciudad, quizá enfilarse a
Tlatelolco o a la Villa, lo decidiría en el camino. Abordó el Metro en la
estación Merced, en la atmósfera el olor de cebolla y chile seco se mezclaba con
el ruido de los viajeros que ya atestaban los pasillos a esa hora. Desde
afuera, llegaba la voz inconfundible de
Celio González sonando en los bafles de algún puesto de discos piratas:
“Si tú supieras las ansias que tengo de hablarte muy quedo, para decirte la
inmensa alegría que siento al mirarte”.
Dejó pasar un tren para esperar
al próximo, deseando el imposible asiento vacío. El siguiente tren llegó
agitando el aire caliente que ya comenzaba a ser molesto. Convencido de la
inutilidad de su espera, Eusebio abordó tomando sus centímetros de suelo al
interior del vagón.
En la siguiente estación una masa
apresurada de gente apretujó a Eusebio contra el pasamanos lateral y una mujer
que intentaba poner a salvo una crinolina plegable de alambre galvanizado y
tela de mosquitero.
De pronto una mano le pegó un
empellón por la espalda ahuyentando los vestigios del lejano sueño nocturno.
“Ábrete puto indio” escuchó decir a una voz conocida. Era “El negro” recargado
en la puerta opuesta a la que, necia, se abría y cerraba al arribo a la
siguiente estación.
“¡Que te muevas, hijo de la
chingada!”. “El negro” se abalanzó sobre Eusebio golpeando con puños y codos
sin razón aparente. Contraviniendo las leyes de la física, los cuerpos de los
viajeros se replegaron dejando un espacio libre mientras los hombres caían al
suelo entrelazados. Por momentos, los cuerpos parecían ser uno solo, un extraño
animal reptando en el polvoso suelo del vagón del subterráneo.
“El negro” intentaba sujetar el
cuello de Eusebio con sus brazos requemados, expuestos al sol. También hoy
usaba camisetas sin mangas y de su cuello colgaban escapularios con bordados coloreados de San
Judas Tadeo.
El silencio jadeante de Eusebio y
los gruñidos de “El negro” fueron interrumpidos por un clic metálico que apenas
pudo escucharse. El cuerpo de “El negro” recargó su peso desfalleciente sobre
Eusebio quien se levantó agitado y empuñando la navaja con la hoja cubierta de
sangre.
Cuando el tren llegó a la
siguiente estación un grupo de policías y guardias de traje oscuro estaban
apostados a lo largo del andén. “Es aquí” dijo uno agitando el brazo, señalado
la puerta donde, de pie, Eusebio permanecía inmóvil. A sus pies dejó caer la
navaja de muelle. Se llevaron a “El negro” en una camilla, iba con la boca
abierta, le chorreaba saliva por las comisuras. Varios hombres rodearon a Eusebio y lo llevaron
a la oficina de Perales quien escuchó la breve historia que Eusebio había
hilado apenas, escatimando las palabras.
Sereno, Perales dijo que ya no
tardaban, que estaba por llegar “el Ministerio Público”. Probando su suerte
volvió preguntar “¿Me vas a decir algo
más?”. Eusebio dijo sereno, abriendo los ojos tanto como le fue posible. “Sí,
me la debía pues”.
Ciudad de México,
Septiembre 2013.
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