martes, 19 de julio de 2011

La insondable tristeza.

Hice lo que pude. Yo también
El intercambio de tan sencillas palabras, parece encerrar de forma muy sencilla, pero no simple, el sentido de la nueva película de Thomas Vinterberg (Copenhague, 1969), “Submarino”.
Muy a la manera de la Tragedia Griega, en la que el destino del personaje se encuentra trazado desde siempre, sin posibilidad de cambio alguno, no obstante las acciones de vida de los individuos que en nada cambian los finales. Submarino aborda las historias de forma que, en la apariencia del exterior tienen sus consecuencias y significaciones muy adentro, no en lo oculto, pero sí en lo menos evidente.  
Los personajes de la historia que cuenta, creo yo de manera extraordinaria Vinterberg, parecen iniciar su destino en la ruta de una irremediable contundencia. El camino que se avizora y que de ninguna manera puede seguir una línea recta, por el contrario, cada vuelta, cada sombra, cada avance, cada declive, conduce a una profundidad insondable de pérdidas irreparables, casi ininterrumpidas pero nunca eternas ya que siempre existirán espacios para recomenzar nuevos dolores. 
“En el principio era ya el verbo y el verbo estaba en Dios…Y para eso el verbo se hizo carne”
-Evangelio de Juan, I, 1, 14.
No es extraño que la historia de Vinterberg tenga un inicio narrativo tan impactante como convencional y no me refiero al hecho, tristísimo y sorprendente, me refiero más bien a la manera tan clara en que las escenas son literalmente el inicio de los acontecimientos que acaecerán después. La muerte súbita (¿acaso hay otro tipo de muerte, ¿quién espera la muerte cuando la vida empieza a despertar?) que, de la misma forma de Adán y Cristo son, con su muerte, según la creencia católica, dos de las vidas y muertes que han de ser fuerzas definitorias en la vida de los hombres. Son, cada una de ellas a su forma y casi también por destino, el nudo que une lo mortal y lo eterno.
A partir del dolor compartido de dos hermanos, la vida futura será una secuencia de desencuentros con la vida misma. El destino que seguirá cada uno en forma paralela, apenas con posibilidad de tocarse, rondará siempre el sentido de pérdida.

“Las cosas que debimos vivir juntos no han dejado de sucedernos, pero han ocurrido con otras personas al lado nuestro”
-De “La canción de Alicia”, cuento de Luis Tovar.
 ¿Cómo se revela uno ante los destinos? ¿Qué se requiere para llamar la atención de una vida indolente? ¿Cómo desviar esa atención para que no ahogue?
Ante la falta de respuestas, de opciones de pendientes anclados en el pasado, es necesario hacer uso de lo que se tenga cerca, sea la ocasional compañía del fantasma de una madre que tampoco sabe serlo, un bello asidero ya asediado por los años y la misma soledad. Quizá convertirse en defensor de lo indefendible o tirar lazos para ver quién se compadece y  agarrar el otro extremo.
Las marcas se llevan más allá de la piel, los tatuajes se llevan mejor en los sitios donde la tinta no puede dejar huella. Las palabras calcificadas a fuerza de silencios y años. La convicción de no ser.
Y mientras la vida sigue y nos mantiene y nos conserva entre hielo, para preservarnos (¿sabrá entonces la vida que la vida nos está matando de a poco?) se revelan esas formas que no se comprenden y que hacen de las felicidades minúsculas el pretexto para colapsarse o implosionar. La ceguera que provoca la cercanía o las sobredosis de drogas inyectables. El dolor de la fuga personal y el anclaje del alma a otras realidades que pudiendo ser las más entrañables no terminan de serlo. El reflejo que se pierde cuando ya no hay nadie enfrente.
“Alguien me habló todos los días de mi vida / al oído, despacio, lentamente. / Me dijo: ¡vive, vive, vive! / Era la muerte.”
-De un poema de Jaime Sabines.
La muerte por fin reclama su espacio en la vida y las maneras de las que se vale son variadas. Por convicción no regresa, no repara, no resarce, tan solo allana el camino para el tránsito al  comienzo. El camino al otro lado del reflejo.

Ciudad de México, Julio 2011.






     

domingo, 19 de junio de 2011

Hasta antes de las doce.


Espero curarme de ti
Jaime Sabines

Espero curarme de ti en unos días.
Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte.
Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno.
Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana?
No es mucho, ni es poco, es bastante.
En una semana se pueden reunir todas las palabras de amor
que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego.
Te voy a calentar con esa hoguera del Amor quemado.
Y también el silencio.
Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también
ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama.
Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo:
“qué calor hace”,
“dame agua”,
“¿sabes manejar?,
“se hizo de noche”…
Entre las gentes, a un lado de tus gentes
y las mías, te he dicho “ya es tarde”,
y tú sabías que decía “te quiero”.

Una semana más para reunir todo el amor del tiempo.
Para dártelo.
Para que hagas con él lo que tú quieras:
guardarlo,
acariciarlo,
tirarlo a la basura.
No sirve, es cierto.
Sólo quiero una semana para entender las cosas.
Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.


¿Quién sabe? Yo no lo sé
No lo supiste tú.
Nadie le puso un tono, un nombre común
De una canción de Fernando Delgadillo


La mesera se acercó con la mejor de las sonrisas que el inicio de su turno a las seis y media de la mañana le permitió.
Él ya tenía varios minutos, muchos, entreteniendo al tiempo sólo con tazas de café. La situación se había vuelto molesta. Era claro que las visitas sistemáticas y la tajante pregunta, “¿se le ofrece algo más?” era parte de un procedimiento que la joven del delantal púrpura debía seguir cuidadosamente. A la tercera consulta la respuesta, “un momento señorita, estoy esperando a alguien”, ya había perdido su poder disuasivo. Consideró mucho más cómodo para ambos, pedir lo primero que sus ojos reconocieron en la carta.
Traiga café, bueno, otra taza y un plato de fruta, sin miel ni granola, por favor. La joven del delantal púrpura tomó la orden que al menos daba tregua y llevaba las consultas hacia otros caminos. Retiró de la mesa una pequeña cesta de pan cuyo contenido había permanecido invariable y movió  con un cuidado inusual la carpeta de cartón con papeles adentro que él había procurado a su lado, cerca de la mano derecha.
Antes de que la joven se retirara, pidió que le dijera la hora, lamentó en ese momento, otra vez, su falta de costumbre para vestir reloj de pulsera. La joven señaló detrás de la barra, donde un enorme reloj redondo daba cuenta de minutos en huida. Realmente no importaba la hora, ella llegaría tarde.
Ya habían quedado muy lejos las llamadas que habían servido de ensayo general al encuentro. Ya habían limado, para entonces, al menos así creían, muchas de las astillas que había afilado el pasado y sólo fallaba un abrazo, un “buena suerte y hasta luego” para terminar, ahora sí, esa historia que no merecía, por ningún lado seguir postergándose.
Él hizo de un encuentro planeado, la más grotesca de las coincidencias. Pero ella no desdijo al supuesto destino.
Se encontraron en la boda de una amiga en común el sábado de hace tres semanas. La maraña mostraba una hebra antes de romperse sin posibilidad de un nuevo nudo.
Se abrazaron. Supo él que ella había cambiado de perfume, que los aretes ahora sí eran de oro y que estaba más delgada. Su cintura siempre había sido breve, pero esta vez sintió la forma de las costillas debajo de la blusa azul y descubierta en la espalda. Aun así la delgadez no le desentonaba y hacía sospechar de los comentarios, ciertos o no, acerca de su prematura (¿hay fechas establecidas?) maternidad.
¿Y tu esposo?, preguntó de una forma tan directa que a ella le pareció más extraña que molesta. Ya viene, respondió mientras se ajustaba un reloj con carátula nacarada. Sigues hermosa, dijo sin saber los motivos que lo habían orillado a hacer tan estúpida afirmación que, por lo demás era más que obvia. Ella vistió a su boca de una sonrisa traviesa, como si hubiera esperado escuchar semejante cursilería desde mucho tiempo antes. Gracias, agregó. Tú no te ves muy bien, me preocupas, ¿estás enfermo? No sé, respondió al instante. Como bien, duermo poco, pero así fue siempre, ¿te acuerdas? Dijo, esperando haber regresado un poco las palabras con el mismo tono que le parecía dulce e insolente al mismo tiempo. Ya me voy, agregó, antes de cruzar la puerta que daba directo a la plaza, eso de la fiesta me sigue costando trabajo. Me dio mucho gusto verte de nuevo, ojalá te vuelva a ver alguna vez. No hables como si te estuvieras despidiendo, dijo ella acomodándose las gafas oscuras. Es mi número personal, dijo y le extendió una tarjetita escrita a  letra autógrafa, llámame pronto, tenemos muchas cosas de qué hablar, ¿no te parece? Sí, creo que así es, respondió.
Violeta quedó esperando que él le devolviera la cortesía convertida en una secuencia numérica y al ver que no llegaba preguntó ¿acaso no tienes teléfono? El de mi casa, respondió, pero está fuera de servicio, olvidé pagarlo y móvil, no, no uso. No me extraña, agregó ella. Ojalá puedas llamarme pronto. Lo haré. Se despidió una vez más, el abrazo fue ahora más estrecho.
Durante el trayecto de regreso a casa, el aroma del perfume le iba sonando en los sentidos. Al pasar por un almacén entró a preguntar el nombre de esa fragancia pero pronto se arrepintió de haberlo hecho. La empleada del mostrador le dijo: si no sabe cuál es el nombre, descríbamelo. Me van a faltar palabras, contestó antes de salir de allí presuroso y un poco avergonzado.
Después de ese día, volvió a presentarse un lejano sueño recurrente que creía olvidado. En el sueño, él siempre permanecía en la estancia de un departamento con paredes interiores pintadas de blanco, no había muebles, excepto una silla de madera que de repente se convertía en un sillón o en una cama.
El sol entraba pleno por los ventanales que, sin cortinas, asomaban a una glorieta con una fuente y prados con césped podado escrupulosamente. 
La sala tenía puertas pero ninguna de ellas permanecía abierta o cerrada en absoluto. De pronto el clima se tornaba cálido, sofocante, azufroso, un pequeño infierno personal. Intentaba abrir las ventanas pero éstas permanecían selladas. Presa de la desesperación intentaba romper los vidrios a golpes, pero nunca cedían por fuertes que fueran los embates. Afuera, el clima parecía  hermoso, un delicado viento hacia que los árboles se sacudieran armoniosamente. Había gente caminando por la calle y los niños jugueteaban en la fuente y algunos comían helados. Mientras, él seguía consumiéndose, sofocándose entre las paredes de ese espacio. Cuando estaba al borde de lo insoportable, el sueño terminaba y daba paso al silencio de la madrugada y a su invariable bondad atmosférica, a su frío silencioso.
La noche del noveno día después de aquél encuentro en la boda, el sueño aquél volvió a presentarse puntual pero esa vez no fue el calor infernal ni la asfixia lo que le devolvía a la realidad de la madrugada.
El timbre del teléfono era lo que rompía el silencio que la noche había madurado y que de cualquier forma estaba sentenciado a terminar con la plenitud del amanecer. Le sorprendía no sólo la hora, iban a dar las cinco, también le sorprendió la llamada en sí misma. Eran pocos los telefonemas que recibía. Fuera de su padre,  quien hacía una llamada quincenal, los sábados, y algunas invitaciones a eventos que no le interesaban y a los que nunca asistía, el teléfono era un objeto notable por su inutilidad.
Hola mentiroso, saludó Violeta con un distante tono de reclamo. ¿Por qué mentiroso? ¿Ya viste la hora, acaso no duermes? ¿Estás bien?
¿Por qué no has llamado? ¿Me dijiste que tu teléfono estaba desconectado? Apenas lo pagué ayer (mintió una vez). Además sí te llamé, pero me diste un teléfono erróneo (mintió otra vez), inexistente. Lo hice, confesó Violeta, sólo invertí el orden del último par de dígitos, pensé que se te ocurriría la manera de hablar conmigo, si en verdad hubieras querido hacerlo, eres tan poco ingenioso. No digas locuras,  es sencillamente que llamas muy temprano. ¿Dónde estás? Aquí afuera, abre la cortina, dijo Violeta. Él permaneció en silencio, dudando en hacerle caso a tan  descabellado instrucción. Por fortuna, la risa de Violeta atajó sus pasos. ¿Te volviste rastreable mi estimado?, dijo Violeta con un tono que, al parecer le causaba un gusto demasiado personal. No te enojes, pero conseguí tu teléfono y también tu dirección. ¿Qué tal eh? Soy buen detective. Me asustas, ¿te volviste espía? Sigues siendo tan corto de mente que no te das cuenta de nada. ¿Te acuerdas de Susana Lázaro?, preguntó Violeta. Imposible olvidarla respondió él, nunca me perdonó la vez que estornudé y le dejé la cara salpicada con queso de puerco de la torta que me desayunaba.
Bueno, pues te apuesto que ni sabes, presumió Violeta, que el departamento en el que vives es de la tía de Susana. No te imaginas la cantidad de personas que tienen todos tus datos personales ni para qué demonios los usan. Desde para clavarte un seguro de cobertura amplia o para dárselos a una curiosa malintencionada como yo. ¿A poco no sabías que la tía de Susana era tu casera? No, no sabía (mintió una vez más y para entonces ya había perdido la cuenta). Alguna vez me pareció verla llegar en un taxi y entrar al edificio usando llaves pero no me imaginé nada. ¡Ay, de verdad contigo!, ¿cuándo usarás la mente para otra cosa que no sea leer de política o ver revistas porno? En este país la política y la pornografía se parecen demasiado. Además contigo llamando a las cinco de la mañana, seguro me vuelvo más “despierto” y con un poco de suerte hasta insomne.
¿Quisiera verte hoy, crees que se pueda?, preguntó Violeta ¿Tengo algunas cosas que hacer (como si la revisión de películas mexicanas de los cincuentas en DVD fuera una tarea impostergable), pero puedo hacerme un tiempito en la tarde, dijo él ¿te parece?, preguntó. Vale, yo te aviso, te marco en dos horas. Violeta colgó y él se volvió a dormir, aún era demasiado temprano. Por fortuna los símbolos  e imágenes que tanto le asustaban en sus sueños, ya no se hicieron presentes. Se despertó, por segunda vez bien entrada la mañana  Tenía sed.
Llegó el medio día sin que la llamada de Violeta se hubiera presentado. Cuando el tedio se le volvió incuantificable, se descubrió sentado en el sillón, junto al teléfono leyendo el periódico del día anterior.
Al cuarto para las seis, supo que, al menos ese día, la llamada de Violeta no se iba a presentar.
Decidió revisar algunos documentos que le habían enviado de la oficina por correo electrónico. El  mensaje estaba remitido por su jefe y en el asunto llevaba clara la instrucción “Para su pronta “rebisión”.
Invirtió las últimas horas del día corroborando los datos que contenían los documentos y poco antes de la media noche regresó el correo sin corregir el error ortográfico de su jefe. En el cuerpo del mensaje, con leras mayúsculas agregó: “DOCUMENTOS REVISADOS, SALUDOS”
 La semana hubiera concluido sin sobresaltos de no haber sido por una  nueva llamada de Violeta, el domingo en  la noche, más bien a la madrugada del otro día, el reloj ya contaba la una de la mañana del lunes. En  el identificador se registraba un número telefónico diferente al de la llamada anterior.
Espero que no me guardes rencor por el plantón que te di, mi estimado. Tuve que salir de urgencia de la Ciudad, vengo llegando apenas y lo primero que hice fue ponerme en contacto contigo, ¿estás enojado?  El sonido de la llamada era muy malo, pensó que quizá se estuviera realizando desde un teléfono celular.
No te preocupes, siempre encuentro qué hacer cuando estoy solo,  contestó con la intención de no entrar en mayores detalles. ¿Y tu esposo? Preguntó otra vez, quizá para saber hasta dónde se extendían los terrenos de su confianza. Llega más tarde, respondió Violeta. Pero, ¿por qué me preguntas por él y no preguntas por mí? ¿Por qué nunca me dices, Violeta dónde estás, estás bien, estás contenta? Tu amiga soy yo, no mi esposo. Tienes razón, Violeta, pero quizá pregunto primero por él para saber hasta dónde puedo aproximar mis pasos. ¿Perdona?, creo que no entendí esa última parte. Tus pasos no pueden llegar a otro lado que no sea a nuestro actual contexto. ¿O en verdad crees que puedes ir a otro lado, a un pasado que apenas estaríamos dispuestos a reconocer?
Lo siento Violeta, no quise molestarte. Pero lo hiciste. ¿Qué crees que es lo que pretendo al haberte buscado? No lo sé Violeta. Perdona, no tomes mis palabras como una ofensa. Anda,  discúlpame. No te voy a disculpar ahora y tampoco voy a lamentar estos días, en verdad me agradó reconocerte en el patio del registro civil. Bueno, te hablo luego, nos vemos.
Violeta  colgó la llamada antes de que él pudiera hilar cualquier tipo de argumento. Sintió que una pequeña culpa en ese momento  ya se había instalado en la sala, en el sofá individual, en la regadera y hasta en el marco de la ventana.
Encontró la tarde del día siguiente particularmente tranquila, apenas se escuchaban algunas voces, perdidas. Una copia demasiado fiel a esa otra que trató de revestirse como el punto final a su historia común. Eran ya nueve, quizá diez años los que había transcurrido desde esa vez en que Violeta le había llamado a la casa de sus padres (el teléfono desde entonces no era sólo el canal, quizá era también el tercero en la charla, como ahora) para anunciarle que se iba a ir y que necesitaban despedirse, completar el ritual obligado por algunas de sus novelas o películas favoritas.
Acordaron una cita en uno de los bares favoritos de Violeta al sur de la Ciudad. Esa vez, Violeta esquivó astutamente todas las preguntas que él le deflagraba sin restricciones. Era poco, muy poco lo que Violeta anunciaba de los planes de su vida futura.
El silencio de Violeta estuvo auspiciado por grandes cantidades de cerveza, primero y ron y vino tinto después. La salida del bar todavía fue presenciada por un somnoliento sol de atardecer. 
No quiero llegar a mi casa así, dijo Violeta ya inmersa en una notable borrachera.
Se dirigían a un hotel que, seguro, terminaría de sangrar la billetera y cobijaría la memoria del cuerpo de Violeta en un adiós irreparable.
Obtener la habitación apenas tomó unos minutos. Le sorprendió que el trato no fuera absolutamente igual a las películas. Mostrador y libro de registros. El pago en efectivo, dejaba casi exangüe las posibilidades de desahogo para el resto de la semana.
Detrás del mostrador, los vidrios ahumados llegaban a ser, con el juego de luces interior, una larga sucesión de espejos monocromáticos, quizá demasiado reveladores y aún más crueles por la misma razón.
Mientras llevaba a Violeta del brazo, el reflejo de los cristales le dejó ver, más que una revelación, una especie de reclamo. La belleza de Violeta era contrastante con la desproporcionada fealdad que él se había procurado a base de desatenciones personales, históricas. De repente le pareció que ante sus ojos tomaba forma la imagen de una frase que había escuchado alguna vez en una película, “fue como ver una horrible oruga caminando por los pétalos de una flor”. Cursi quizá, pero de una verdad irrefutable.
Llegar a la habitación trescientos cuatro marcaba el inicio del futuro recuerdo. La habitación tenía en su interior un orden demasiado artificial y olía a aromatizante de lavanda, no todo, quizá los vidrios que servían de superficie a una mesa central, entre la estancia y la cama que se adivinaba al fondo. Las ventanas de la habitación de hotel daban a la calle que no parecía armonizar con el caos generalizado de las vialidades de la ciudad. La ausencia de ruidos de motor y claxonazos lo inquietó un poco, quizá por eso decidió andar hasta el muro de enfrente, el de las ventanas, y certificar que seguían en la misma Ciudad, en la misma hora y en el mismo año. Corrió las ventanas con una suavidad sorprendente. Entonces se dio cuenta que las ventanas daban a la calle, pero no a la principal. La imagen que obtuvo fue de la calle lateral, donde los comercios ya estaban cerrando sus cortinas metálicas y las copas de los árboles sustituían a los inexistentes balcones.
El vuelo de un pájaro con plumaje gris y rojo le devolvió la atención que ya se estaba fugando a través de las ventanas. Aun así, pensó, no sería buena idea cerrarlas otra vez.
Cuando tornó su vista adentro, Violeta  ya estaba recostada en la cama. Se había descalzado y luchaba a brazo partido por desabotonarse los vaqueros azules que tanto le gustaban a él, quizá porque dibujaban una  forma que infinitamente había imaginado, corregido y recorrido sin cansancio, demasiado, tanto en las últimas fechas, que le significaba entonces un terreno amigo.
Él se aproximó temblando hasta donde Violeta se despojaba torpemente de la ropa. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Violeta extendió sus brazos hasta rodearlo por el cuello y lo aproximó a su boca para besarle. El eco del alcohol era demasiado sonoro para su gusto.
Violeta se alejó un poco para zafarse la blusa por encima de la cabeza. Él retiró el sostén con una habilidad sospechosa de ilusionista y la estrechó lo más que pudo entre sus brazos y el pecho. Quería sentir la tibieza, el palpitar, el pulso, alguna señal de vida que supliera a las palabras que no llegaban.
Encontró tres lunares en el hombro izquierdo de Violeta que formaban un pequeño triángulo y una pequeña herida tras el lóbulo del mismo lado, una caricia dolorosa.
Cuando viajaba la mano por la espalda para atacar la resistencia infranqueable de los vaqueros, se dio cuenta que Violeta estaba dormida, casi inconsciente sobre su pecho. La retiró un poco y encontró aquella belleza con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Parecía una muerta, una hermosa muerta soñando su sueño de eternidad.
El deseo cedió su lugar a una especie de ternura que le pareció demasiado desagradable. No había nada que discutir, no habría disyuntiva ideológica ni prueba a las convicciones. Sencillamente no pudo seguir adelante, a pasar la frontera que el hermoso calzón color durazno (¿o sería rosa pálido?)  de Violeta imponía. Algo le impidió abordar ese bello y delicado cuerpo que, semidesnudo y ausente, apenas tenía consciencia de su lugar en el universo. 
La tomó en sus manos y la acomodó en la cama. La cubrió con las sábanas blanquísimas y recién planchadas. Se acercó a su boca, que seguía entreabierta para escuchar su aliento y asegurarse que seguía con vida. Aprovechó el viaje para besarla en los labios y desearle buenas noches.
Comenzaba a hacer frío. El viento hacía flamear las cortinas dando paso a los fantasmas de la noche. Él tomó el teléfono, pidió de comer algún corte de carne con nombre impronunciable y Sangría Señorial para beber. Salió a esperar el servicio al pasillo para evitar que tocaran la puerta.
Comió en silencio.
Se quedó dormido en el sofá, no había prisa, había pagado esa habitación de hotel por la noche completa.
El golpe de los tacones en el piso de madera lo regresó de la noche anterior hasta el comienzo de este día. Violeta estaba apurada, frente al espejo, terminaba de poner en su lugar los vaqueros y un poco el cabello.
Me molestan los baños de hotel, no te había dicho, ¿verdad? Pero más me molesta estar toda sudada. Me tuve que bañar ahí. Pero tu pelo está seco, afirmó él.  Me lo cubrí, también me molesta salir con el cabello mojado.    
Buena noche anoche, ¿no?, preguntó Violeta. Mucho, respondió él. Hablas mucho cuando estás ebria y te ríes más. Fuiste la mejor compañía para atravesar la noche. ¿Cuándo te vas? Salgo al norte hoy. A las ocho.
Vámonos ya. No, me voy sola, dijo Violeta. Hasta aquí nuestra historia juntos. Cuídate mucho. ¿No te despidas, no seas dramática? Cierto, nos vemos pronto. ¿Cuándo?, preguntó él. Eso no lo sé decir.
Violeta salió caminando muy deprisa. Él caminó hasta las ventanas de la pared de enfrente, corrió las cortinas y se quedó mirando hasta que la figura de ella apareció de nuevo, lejos, como siempre había estado. Pensó que le iba a propinar alguna mirada, una recapitulación, pero no fue así. Al llegar a la esquina, le pareció verla abordar un auto que esperaba estacionado. O un taxi. Nunca lo supo en verdad.
El timbre del teléfono, proveniente de un nuevo número, lo regresó a las horas de la madrugada que apenas tomaba ese nombre.
Hola, dijo Violeta. ¿Te desperté? Sí, siempre lo haces, ¿por qué llamas siempre a deshoras? No sabía que las llamadas tuvieran que seguir un protocolo. Deberían tenerlo, dijo él. ¿Dónde estuviste todos estos días?, esperaba una nueva llamada para disculparme, ¿sigues molesta?
Lo estuve, respondió Violeta. Pero ya no, oye, ¿aún lees poesía? La pregunta le sorprendía demasiado. Se refería a la afición de la lectura de poesía como algo extraño, una enfermedad o una tarea inútil.
Te confieso que ha sido muy poca la poesía que he leído después de que nos dejamos de ver. Mi esposo es un lector voraz, casi tanto como yo. Nunca le he visto leer un poema. Le pregunté una vez y me respondió que no leía ese “género”. ¿Lo puedes creer? No, no puedo, dijo él con una extrañeza total. ¿Por qué de repente Violeta se ponía a platicar de los gustos literarios de su esposo en plena madrugada?
Oye, dijo Violeta. ¿Recuerdas el poema que me leíste  la tarde del jueves catorce de agosto en la cafetería cerca del jardín? La puntualidad de la memoria de Violeta, más que intrigarlo, le sorprendió, sin duda. No quiso contestar afirmativamente, no quería que Violeta pensara que su vida seguía girando en torno a la que, por mucho, había sido la mejor de sus tardes. Pero algo lo traicionó y entonces no hizo otra cosa que dar las últimas pinceladas a ese pasado común.
Sí me acuerdo. Estaba lloviendo y nos mal cubrimos con las hojas del diario que llevaba en mi mochila. Tú habías ido a secarte un poco al baño, hiciste fila, me dijiste. Tardaste varios minutos en regresar. Te acomodaste en el sillón, no frente a mí, más bien a mi lado y mientras esperábamos a que nos trajeran café, descubrimos un poema de Sabines que comencé a leer.
Sí, ese poema, ese día, dijo Violeta. Le volví a escuchar algunas veces después, en muchos lados. Es imposible no regresar a esta tarde con las palabras de ese poema.
Intenté memorizarlo pero no pude. Es una obra demasiado, ¿masculina? ¿Y por eso menos meritoria? Preguntó él un poco molesto. No, no seas tonto, repuso Violeta. Fueron quizá los años, esos años, la tarde, no lo sé. Pero me gustó escucharlo, sentir que lo leyeran para mí y no repasarlo en un especie de reflejo, de monólogo frente al espejo. No me sabe igual.
¿Y si me leyeras el poema de Sabines otra vez?, preguntó Violeta con la voz un poco menos brillante. ¿Ahora?, preguntó él demasiado confundido. No, ahora no, me gustaría que lo leyeras otra vez en alguna de las mesas del café cerca del jardín, aún existe, lo visite hace algunos días, pero está muy cambiado, hay focos halógenos y plantas que cuelgan en macetas desde las paredes. Hasta las mesas son diferentes y ya incluyeron sillones demasiado horizontales que parecen poltronas. ¿Qué dices, nos vemos ahí?
Un silencio demasiado largo hizo que Violeta preguntara si aún estaba del otro lado de la línea. Sí, sigo, ¿a dónde quieres que vaya? Lo que pasa es que… Justo ahí Violeta interrumpió con otra puntual pregunta mientras a él se le fugaba una excusa que ya no fue necesario aderezar, ¿claro, si no te molesta volver a verme? No digas eso, contestó de la forma más contundente que en ese momento la extrañeza le permitió.
Te espero mañana a las nueve en el café, cerca del jardín. Violeta colgó sin esperar la confirmación a esa extrañísima cita.  De todos los escenarios que él habría pensado posibles, aquél le resultaba el más inverosímil. Las posibilidades estaban cubiertas por la, de inicio, absoluta inutilidad de esa reunión.
El tiempo había sido implacable quizá en todo cuanto podría concederse y sólo les había procurado lo necesario en el pasado. ¿Había realmente algo más que hacer ante esa irremediable coincidencia? ¿O era quizá que era el mismo destino o la fortuna quien buscaba restituirles algunos trozos de vida y tiempo en un intento muy demorado de justicia?   ¿Era  justo ese encuentro clandestino y velado? ¿Realmente era secreto o era el encuentro con el más inofensivo de sus fantasmas? ¿Llegaría acompañada de su esposo? ¿Serviría ese encuentro para, de una vez, cerrar puertas entreabiertas o abrir ventanas clausuradas?
Llegó temprano. Antes de entrar al café cerca del jardín, consultó con un oficioso barrendero la hora. Entró y preguntó a la mesera cuál podría ser la mesa más visible, “es que espero a alguien” explicó para evitar que lo creyeran una especie de exhibicionista insomne.
Pidió café y dejó que avanzara el reloj y que alguna campanada del Templo en el predio de atrás, trajeran a Violeta junto con un instante que había tardado demasiado.
Las horas se hicieron con el pasar de los minutos y la joven mesera de delantal purpúreo comenzaba a lamentar el poco apetito de su parroquiano que aparentaba no tener ni los medios ni la intención de retribuir su paciencia con una generosa propina.
Aun así cuando dejó la orden de fruta sin miel y sin granola y otra taza de café, vistió otra sonrisa que más bien era una mueca poco amigable. Al retirarse olvidó decir: provecho, algo que él agradeció bastante. A ella, ya no importaba simpatizar.
El reloj no disimuló el tiempo perdido y las campanas del Templo en el predio de atrás llegaron tañendo fuerte, pero nada más.
Algunos empleados empezaban a correr las persianas y a entreabrir las ventanas para inducir una ventilación que ya era necesaria.
Cuando miró a su lado se encontró con la filosa mirada de la mesera en indudable actitud hostil. La dejó acercarse a la mesa y con la resignación que le había dejado la nueva e irremediable ausencia de  Violeta atajó con el dedo señalando en la carta del menú: Traiga por favor…  la mesera habló con la certeza de quien hace y regula leyes al mismo tiempo. Esos son desayunos y se sirven sólo hasta antes de las doce, ya es tarde señor, lo siento.
Él agachó los ojos, propinó una mirada compasiva a los objetos de su mesa, un libro, el periódico del día anterior, la carpeta de cartón con el poema de Sabines y las tazas vacías de café.
Afuera el tiempo era incierto, era medio día pero el sol no se veía por ningún lado, estaba nublado pero las nubes blanquísimas no prometían lluvia, no hacía frío, pero pudo ver a varias jóvenes caminando en la calle con chamarra y abrigo, una de ellas incluso llevaba gorro, bufanda, gafas oscuras y pantalones cortos.
¿Acaso buscarla? ¿Dónde? Siempre llamando a horas extrañas. A deshoras, Siempre desde números distintos, según el identificador electrónico.  ¿Acaso Violeta estuvo aquí? ¿Seguía en la Ciudad, era la más incómoda  lejanía? ¿Era el tiempo que le hacía falta, que le hizo falta? ¿Era un tiempo ausente? 
Miró a la joven mesera aceptando una nueva derrota de la que quizá ella se iba a sentir artífice y que no era necesario explicar, el efecto de todas formas iba a tener el mismo resultado, la misma conclusión.
Con la mejor de sus peores sonrisas y juntando parsimoniosamente los objetos que acompañaron una mañana inútil respondió: Entonces, tráigame la cuenta.

    
Ciudad de México, Junio 2011.

viernes, 29 de abril de 2011

De diosas reales.


A Don Mario, por las palabras.
A Meg, por traerlas hasta acá .


“…con el pulgar y el índice reconoció los labios
que afortunadamente no eran de coral
y deslizó una mano por debajo del cuello
que afortunadamente no era de alabastro.”

De Apenas y a penas. Poema de Mario Bendetti.


Estaban paradas frentes al espejo, bueno, no es cierto. Ella estaba de pie frente al reflejo del cristal que decía verdades silenciosas. La modista, casi doblada sobre sí, daba pinceladas de tela y alfileres traspasando la frontera que el destino me había impuesto. En su espalda, las pausas de aquellos dedos parecían inocentes tropiezos, de esos que ocurren cuando una empieza a caminar. Aparecieron  los contornos de sus muslos y su cintura que era una paráfrasis de la brevedad del tiempo.
Habría deseado estar en otro lugar entonces, pero recordé que junto a ella, lo imposible es una regla necesaria. 
Ojalá que no, pensé, y me di cuenta que esas palabras que se iban juntando de a poco en mi garganta esperando salir y llegar hasta su oído, no me pertenecían, o quizá sí, porque para entonces aquellas ya eran tan mías como de Don Mario, que, como tantas otras veces llegaba a condenar mi natural resignación.
 Ojalá que no, pero cómo negarlo si en ese instante de inmaculada perfección no había nadie más que tú y algunos alfileres que corregían los pliegues y la caída de la túnica que había traído la imaginación, quién sabe desde dónde, hasta  la indescifrable realidad que albergaba este salón en pleno centro de la Ciudad.
Moría por reconocer sus labios que no eran de coral, pero que desde acá lo parecían, era mi mano la que, ansiosa, deseaba andar, camino abajo por su cuello, que, cierto, no era de alabastro, pero cómo me lo recordaba.
Yo también pensé, que ojalá que no, pero acaso esta vez sería la última, y apenas pude desviar la mirada que ya invadía terrenos demasiado íntimos. No era la confabulación del deseo intempestivo, sencillamente tenía que quedarme con toda ella, en la memoria y que no hubiera lugar a dudas posteriores. No de ella, que era la única realidad posible en ese instante de eternidad accidental, no de ella pero quizá de ella después de estos minutos que estaban sentenciados a terminar, a no existir otra vez.
¡Listo! Suspiró la modista y retrocedió un paso para mirar su obra, como si fuera un escultor después de haber dado el último martillazo al mármol.
Entonces encontraste mis ojos con los tuyos por pura casualidad. Y convertiste a la luz un elemento inútil cuando sonreíste al saber lo que habían hecho contigo. Te habían vuelto una deidad, quizá la más terrenal de todas.
Ya nos vamos, prometiste, sólo me quito esto. Bajaste del banco, tocaste el suelo y me parecía que el origen divino de la creación encontraba nuevos argumentos. Por fortuna no fue así. Regresaste con los vaqueros en su sitio y la bolsa al hombro. Y salimos de ahí. Tomé tu mano y la puse en mi brazo. Y tu mano estaba tibia y un poco sudorosa.
Y, gracias que olvidé el coral, el mármol y el alabastro. Reíste otra vez y me confesaste que tenías hambre. Y así, tan humanos como siempre fuimos a comer algo sabroso. Los dioses sólo comen cosas tan insípidas como venganzas y cosas así.

jueves, 14 de abril de 2011

Recolectando ayeres.

“No comprendes que no es vida,
vivir así, vivir sin ti.”
De una canción de Ernesto Cortázar y Manuel Esperón.



Seguramente fue un jueves por la tarde, a eso de las seis o pasaditas. Eran años en los que los relojes eran imperturbables, bueno no mucho, sólo por las cuerdas que se acababan o las pilas alcalinas en sus últimos y ácidos esfuerzos. Entonces la tarde llegaba puntual, con las campanas de la iglesia cercana anunciando el rosario de la tarde. Ese al que nunca asistí. Sólo una vez. Un día en que el arrojo o el ocio o ambos me alentaron cruzar la altísima puerta de madera. Apenas un puñado de mujeres de edad, adultas mayores les dirían ahora. Puras viejitas, pensé entonces. Al menos esa idea  tenía de toda mujer (muy mayor o no tanto) que se cubriera la cabeza al entrar al templo y se postrara ante un altar, confesionario, etc. Salí pronto, entre oraciones y miradas que no vi, pero que sentía en la nuca, como si me arrojaran puños de sal o de granizo.
Eran otros días. Fueron otros días. La escuela pública, el pensamiento casi único y casi vertical (al menos a mi alcance y padeccer), la misa y Raúl Velasco, infaltables presencias cíclicas y semanales pa’ acabarla. Días en que visitar el Zócalo (en metro, por supuesto) equivalía a estar de frente con la grandeza del pasado. Una grandeza vuelta cantera restaurada, olvido acordonado y con letrero de restricciones del INAH o caras serias en bronce, sin pátina ya.
Fueron los días en que los libros no daban todo lo que se debía que aprender, pero por fortuna, estaban los amigos, la calle, los cines inmensos de una sola sala, el trolebús, el tepache, el mercado, el silencio y el llanto medio oculto, que aún podía ser opción.
El tiempo había pasado y ahora entiendo que   hubo demasiadas cosas que dejaban vestigios con toda la intención de que alguien más los levantara.
Y a mí me tocaba levantar una imagen en blanco y negro que asomaba a la tele que mi padre acababa de comprar (no sé si al contado o en abonos). Eran otros años, que encontraban en el pasado un molde ideal para mi propia iconografía.
Tal parece que cada una de las viejas nuevas imágenes siempre hubieran estado en mi memoria, me parece que no tuve la necesidad de preguntar el nombre de la figura que cantaba con un cigarro en las comisuras de los labios. Quizá Sinfonola en la A.M. ya había hecho sus estragos, o es que el innatismo para entonces ya reclamaba su lugar. Los cumpleaños eran (siguen siendo, quiero pensar) la ocasión ideal para invocar la presencia de quien es casi, casi de la familia. Esa familiaridad que se gestó con años de insistente presencia y que se conserva en la funda de cartón junto a la consola, sin que importe el siseo de la aguja metálica.   
Me parece que para entonces ya sabía que Pedro Infante era la figura popular más importante de este país. Que había sido una desgracia su prematura muerte y que casi llegó a considerarse un día de luto nacional.
Y entonces, en esto de encontrar pasados para armar actualidades, nacieron las ideas de enamorar con una serenata aunque duela el desvelo (despierta, dulce amor de mi vida), de noches de lunas de octubre (¿por qué octubre?), de la cursilería (amorcito, corazón) que se excusa por que reclama algo tan contundente, salvaje y tierno como un beso. Encontramos el ánimo desdeñosos de la vida a la vida misma (la vida no vale nada) los reclamos por despecho que no logran despojarse, de cierto, de los ánimos de revanchismo (¿en verdad es bonita la venganza aunque llegue por conducto divino?).
Ya para entonces la figura de Pedro Infante había sido objeto de valoraciones estéticas, críticas en tan diversos derroteros y desdenes no siempre inmerecidos. Sin embargo el sitio que había logrado en el imaginario popular era altamente contagioso.
En efecto, eran tiempos en que la revaloración de la cultura popular, al menos me parece así, era menos notoria que ahora. Pero, sin embargo, así llegaban a la sala de mi casa, los primeros ejemplos de arquetipos sociales, según el director en turno. Los buenos ganaban y eran pobres, los malos morían y sus muertes no nos causaban pena alguna. Los ricos se redimían en el amor hacia los desposeídos. Las muchachas eran hermosas, tan delicadas, impredecibles, insurrectas (si hacía falta), sumisas, perdibles, rescatables, entrañables, extrañables.
Pedro Infante seguía entonces siendo protagonista de historias que se quedaban en el celuloide pero que encontraba infinitas emulaciones en espacios que no se habían enterado de la avasallante modernidad impulsada con petróleo crudo.
Un cómic en tinta café y que era introducido por mi papá semanalmente (creo que sí), novelaba los entreactos de las filmaciones de la antigua figura. Un ídolo llevado al extremo de la imaginación. Más que actor y cantante, lo recuerdo en esa revista como un héroe de acción.    
Al paso del tiempo, puedo decir, con toda certeza que la muerte de Pedro Infante es tan cierta como irremediable. Que no tiene (ni tuvo) posibilidad alguna de sobrevivir a lo que el personaje mitificado ha inscrito en los lugares que la memoria colectiva aproxima al delirio, a la obsesión a lo sagrado o a la eternidad.



     

martes, 22 de marzo de 2011

Tanto cielo

No hace falta tanto cielo
si la luna de tu piel no está.

De una canción de Alejandro Filio. 


Apenas se hacía el silencio. No. Más bien se confirmaba. En la mesa sólo una taza recién vacía, hablaba de la ausencia que tampoco empezaba, se continuaba por más meses. Ya casi doce  habría sabido si hubiera reparado en el recuento.
Pero no. Sólo café con dos de azúcar esta noche se habían rendido a la espera que ya no era tanta, según. Una noche como cualquiera si no fuera por la luz azul de la esta luna hermosa, gigante y dulce que entraba, insistente por la ventana que, aún abierta, la dejaba entrar casi completa con su sabor y su desvelo.
En la pared de atrás, el calendario mentía vistiendo hojas de días pasados. Y los libros de la repisa seguían madurando palabras que le había leído una noche muy parecida a esta. Muy parecida, de no ser por la luna enorme y su fulgurante destello, y sus hombros cercanos que no estaban  y una conejita que retozaba antes por el piso de la casa y luego dormía entre las manos de ella, que tampoco estaba. Una conejita que le sirvió de compañera de viaje. Se fueron juntas, las dos. Ella y la conejita.  Un par de ausencias que esta noche con brillo de luna acentuaba.
No lo sabía (cómo saberlo) pero para entonces, casi doce meses después, ella había dejado ir a la conejita, al día siguiente que se fue. Era un campo amigo, buena tierra para la siembra y hacer madrigueras.
No lo sabía (cómo saberlo) pero esa noche en que él miraba la luna, afuera, en el patio con el frío correspondiente, ella miraba la misma luna, porque también estaba despierta, pensando, quién sabe en qué. Lejos pero despierta. Y tampoco sabía que la coneja, despierta también, igual como ellos, miraba la misma luna que alumbraba el campo y lo iba cubriendo, la luna al campo, como de polvo y de plata.


Marzo, 2011.


(Feliz Cumple)



sábado, 12 de marzo de 2011

El regreso, de camino al final.

Gracias por la idea.



Lo llamo Mateo, aunque podría nombrarlo Dalton, Morgan o Jean Marie, lo mismo da. Ahora tantos años después apenas reconocía el paisaje. El camino vecinal se había convertido en una carretera pavimentada y concesionada de dos carriles, uno para ir y otro para el regreso. Seguro reduciría el tiempo para el viaje que no hacía desde el invierno del setenta y seis. Los árboles que bordeaban el camino eran apenas un recuerdo incómodo y la presencia de gente haciendo nada era una somnolencia inocultable. 
La nota en la última página, con tinta reciente y letra temblorosa me había invitado, obligado a recoger mis pasos del hospital mental de La fragua. “Regreso al mar” sentenciaba esa nota. ¿Acaso era posible?
Esa primera vez que vi a Mateo (o Dalton o Morgan o Jean Marie) más bien me pareció un jardinero recio, hombre de tierra adentro y no el marino que el profesor Olivas me había aconsejado visitar. “Me parece que es un lugar demasiado común escribir sobre esto” dije lleno de displicencia. Olivas me dijo que él había pensado lo mismo hasta que por fin lo conoció.
Mateo estaba vestido como conserje, botas de hule y camisola. Debía saber de mi llegada porque al verme entrar, libreta y pluma entre las manos, dejó los trasplantes de malvones y se acercó hasta donde estaba para prodigarme un cálido saludo.
No perdimos tiempo. Me condujo a su habitación, que no era como esas, acolchonadas en las paredes. Me senté en el borde de la cama mientras él servía agua fresca en vasos de barro.
Entonces empezó a hilar su historia, que, por otro lado, yo ya conocía por conducto de Olivas.
Después de su rescate, Mateo, (Dalton, Morgan o Jean Marie) había ido a buscar a los viejos amigos, tenía que anunciarles que había estado en las entrañas de la noche y la locura. Pero Donald hizo de la experiencia y el delirio una burla descarnada, inclemente. Mateo, lleno de ira y aguardiente, casi lo hizo pomada a Donald y lo tomaron preso. Donald despertó días después con algunos centímetros menos de intestino y sin visión en el ojo izquierdo. Ya luego, supieron las causas de la pelea en el mesón y también se burlaron. Dijeron que Mateo estaba loco y llegó a La fragua.
Hablamos. Mateo, tenía entre sus manos hojas de papel que nunca leyó pero que blandía como un arma inofensiva.
Dejé el hospital de La fragua tan lejano de las costas, del mar y de cualquier horizonte. Por cierto, también perdí mi cartera con todo lo que llevaba dentro.
 Quisiera que las distancias se redujeran tan sólo con desearlo. Quisiera llegar y confirmar lo que la nota sugiere. “Vuelvo al mar”, dijo. ¿Y si fuera real? No, no puede serlo. El legajo en el que Mateo (Dalton, Morgan o Jean Marie) quiso perpetuar su memoria va aquí conmigo, al lado, vibrando, destilando aún el  aroma salitroso y cálido. Han pasado pocos días desde que recibí el paquete con los documentos que el marino escribió antes que el mar se tragara cualquiera de los rastros de su memoria amenazada.
Día el uno

Encontré estos pliegos entre las mantas que usábamos para cubrirnos por las noches. No debí haberme hecho a la mar. La instrucción era clara. Viento del norte, en rachado a veces y con alta probabilidad de tormenta. Por la tarde había pairado un momento, pensaba regresar pronto. No fue así. La tormenta de repente fue llevando al barco mar adentro y se rompieron las paletas, un mástil. El motor, se perdió quién sabe en qué momento. Otra noche más ya se aproxima. Tengo miedo. Hoy sí.

Día el cuatro.

El agua que me había llegado de repente y casi volteó la embarcación se ido peligrosamente. Me duele la sed y el estómago. Nunca debí salir sólo. No existe en el mundo tan perfecta soledad como la del mar en su noche. Escribo antes de que el cielo se apague. Apenas miro más allá de mis manos.

‘Día el cinco, medio día.

Mucho temo que la locura se viene apoderando de mí. Nunca sabré si estas líneas serán vistas por alguien más que no sea yo, pero es necesario que hablen si es que mi voz se extingue antes.
Entrando en la noche, cansado y temblando de frío, no dormido, más bien semiinconsciente, entró en mi sueño y me habló con calma, casi en silencio, reclamando mi permanencia en lo que ella llamaba “su medio”.
Su piel blanquecina y tersa parecía brillar bajo una distante media luna, su piel helada y palpitante. Dijo llamarse Mashikima. Ella se acercó hasta donde yo permanecía postrado, apenas lúcido, avanzando con la ayuda de sus brazos en el suelo. Su cabello azul se perdía en la oscuridad de ese rincón olvidado del tiempo.
Tomó mis manos y las guió hasta su torso que estaba desnudo. Un sobresalto hizo acelerar mi pulso, quise separarme de inmediato, pero la fuerza con la que me sujetaba me lo impidió. Hizo que me calmara hasta el punto en que el ritmo de nuestra respiración fuera sólo un ritmo que ella iba señalando.       
“Tuviste la mala suerte que te hallara” dijo y me besó los labios. Su lengua era de color azul y tenía un delicioso sabor a sal. “Nosotros somos seres hechos de sueños perdidos, de temores ocultos, de pasiones inconfesables. Espero que sepas las reglas que el mar dicta. Eres mío a partir de ahora hasta el fin”
Mi asombro y mi temor crecía con cada una de sus palabras pero no podía responderle, sencillamente porque aún no estaba convencido que hubiera abandonado el sueño. Que todo fuera real. Fue entones cuando Mashikima me miró de otra forma. De una manera muy distinta, en que la ternura de la espuma marítima podría haber encontrado su mejor metáfora. Saltó por la borda y dejó que el amanecer me dejara creer lo que yo quisiera. Adelantó mi despertar a un día más. Día que apenas creo comenzar, mientras escribo estas palabras.
Día el siete.

El sueño de Mashikima, la presencia de Mashikima regresó la noche de ayer. “Hice que encontraras tu camino de regreso, no sé por qué, quizá porque a pesar de todo, no te has convencido de nada y creo que me ha decepcionado. Mañana en la noche dormirás en tierra firme. Verás el fuego, secarás tus pies, pero no termina nuestra historia, sólo empieza. No lo sabes pero el tiempo aquí no es igual que el tiempo allá. Vas a querer volver a mis brazos, al cobijo eterno del mar. Cuando tu tiempo de allá amenace con el final, buscarás la eternidad que sólo en mí puedes encontrar”.
Mashikima se acomodó entre mis piernas. Me hizo sentir esa piel ajena donde deberían estar sus piernas. Su piel frotándose a mi piel parecía quemar y aliviar al mismo tiempo. Besé su boca y me dio a probar su celeste lengua por última vez. Quise dormir abrazado a ella pero me separó de inmediato. “A tu regreso” sentenció, y desapareció junto con mi sueño, justo al despertar.

Encuentro estas hojas cuatro días después de haber tenido la suerte de ser encontrado por un pesquero asiático. Bebí agua. Dormí mucho y regresé al puerto que nada había cambiado. Ni el mesón, ni la cantina. Donde todo seguía siendo lo mismo, la empacadora, la torre y el faro. Donde todos seguíamos siendo la misma cosa, hasta yo, según el espejo. Sólo encuentro nuevas estas como cicatrices de mordidas, como de dientes, marcadas en mis brazos. Sólo esas marcas como de dientes, que tienen forma de estrella de mar’.
Ahí terminaba el legajo que me mandaron por correo algunos días antes. Las demás hojas, hablan sin hablar, se han borrado, son memorias que no le ganaron al tiempo.
Sólo la nota al final actualizaba el mensaje y vindicaba sus palabras. Me temblaban las piernas cuando llegué a la recepción de La fragua.


“Escapó hace unos días, abusó de la confianza que se le tenía. Pudo haber ido a cualquier lado. Un hombre enfermo no puede llegar muy lejos. El doctor le recomendó que se cuidara, que era delicado, que el tiempo se acababa y ahora, ¿qué vamos a hacer, dónde estará?
En el mar, dije en voz baja y salí del hospital para tomar el camino de regreso. Debía darme prisa, comenzaba a oscurecer.

Marzo 2011.


 
         
   
 
   
   
  

martes, 28 de diciembre de 2010

Todas esas veces.



Quizá habría pensado que el cuarto estaba vacío. A diferencia de días pasados hoy no hay música quebrando las bocinas de alta fidelidad que caben en el puño de la mano. El librero está desordenado, igual que el closet que está ausente de casi todas las prendas que albergaba. Hay papeles tirados por el piso y hay cenizas que fueron papeles atestando alguna de las gavetas del escritorio, esa, la única que podía cerrarse con llave. El desorden es lo que menos importa.
Pero la habitación no está vacía, la herida presencia de Fermín hace que todo cuanto existe en este espacio sea real y no sólo aparente ser la más dolorosa de las memorias de alguien.
Fermín está a la orilla de este espacio que sentía suyo hasta hacía muy poco tiempo. Antier es poco tiempo, quizá sí, depende. Mira sin mirar todo aquello que le envuelve, todo eso que le habla  de otros días, de otras horas en que las ausencias no eran aún irremediables, en que las ausencias eran abatidas por razones de  calendarios, de manecillas de reloj, de amaneceres.
En el muro frente a Fermín aún está la copia de aquella foto que conoció en la clase de historia, la foto de Wenston, la foto de esa Tina Modotti, la chava que debió ser un verdadero bizcocho, decían los cuates el terminar las clases. Casi de inmediato Fermín atribuyó otra personalidad a esa figura desnuda, desnuda en verdad. Sin velo alguno, sin disimulo, esa mujer que desnuda no habla y dice tanto. Fermín dejó que en sus fantasías la famosa foto del desnudo en el techo, en la azotea de alguna casa de la Ciudad de México adquiriera un valor diferente. Un delirio que sólo le pertenecía a él.
Pronto esa imagen se convirtió en el altar de su recién descubierto deseo, de la obsesión que le causaba el misterio del sexo oculto por una suave y tersa oscuridad, vértice de la piel que apenas cambia de matiz y de tersura.
Fermín ha dado otra identidad a la mujer que reta al sol a no mirarla. Le ha conferido una perversa cercanía, no, no es perversa, es tan ingenua que mueve a la sospecha.
Aún mantiene en sus manos las hojas que esperan su turno con el fuego. Son las líneas que explican esa incomprensible transmutación y que no conservará, seguro. Esas líneas duelen, por que fueron escritas para decir y nunca lo hicieron. De eso ya no hay remedio. Esas líneas le avergüenzan un poco a Fermín, más bien le avergonzaron, ahorita ya da lo mismo. Le apenaba llevar un diario, por que siempre pensó que aquello era algo muy femenino y además medio cursi.  Y para decir que no había claudicado, no escribía a diario, escribía apenas cuando le era necesario verse en otro reflejo diferente al del espejo. Y así lo hizo. Basta ver una de las Notas que aún no termina de quemar.

Viernes 22
La noticia de lo que pasó en la escuela ha llegado a los oídos de mi padre. Me ha dicho que todo es por el exceso de tiempo libre, que dejaré de vender “fotitos tontas”, que me quitará la cámara  y que me va a obligar a trabajar de verdad.  Yo no le expliqué nada, no comenté nada acerca del comentario que hizo el hijo de puta de Velázquez cuando yo estaba en la biblioteca junto  a Luján sacando unas notas para la exposición del lunes. 
“Oye  Luján, al rato iremos a la fiesta de la Andrea  y seguro estará Diana, pregunta  a tu amigo si quiere venir, igual y se le hace, aunque no creo, a Diana le gustan un poco más creciditos”. Regresé y sin mediar palabra le asesté un puñetazo que casi me disloca la muñeca. Cayó de espaldas sin oponer más resistencia que la del mismo aire. La gente de servicios escolares estaba cerca. Me llevaron de inmediato a una oficina mientras esperaban a que Velázquez, en la enfermería,  despertara  y pudiera decidir si presentaba una demanda  en contra mía, sus padres más bien. Esa parte todavía no está definida. No me da miedo meterme en una bronca de ese tamaño, lo que me molesta es que todo haya sido causado por un verdadero  pendejo como Velázquez.
Tampoco me preocupa tanto lo que dijo, sino más bien. que dijera algo relacionado con lo que creo sentir por Diana, algo que creía exclusivo e imperceptible para todos los demás. Si Velázquez ha notado algo, me pregunto cuántos más han pensados o notado algo en ese sentido. ¿Y si Diana sabe de esto? Quizá sería mejor, no, no es cierto, nada más patético que alguien que no se atreve a entrar por miedo a que le den con la puerta en las narices”.      

Tocaron a la puerta y  Fermín responde con un grito insolente que en cualquier otra circunstancia le habría costado más que un simple castigo. “No molesten por favor”. Era su madre que entiende la molestia de su hijo pero no la comparte. Es que no sabe la historia completa. En realidad nadie la sabe, sólo Fermín y su diario ocasionalmente visitado.
Fermín está convencido que la cotidianidad no fue la causante de aquello, pudieron ser mil cosas, las mañanas en extremo calurosas, las ventanas altas y angostas que poco servían a la ventilación y al paso del aire fresco. La necesidad de sacarse la ropa demasiado abrigadora, no obstante las clases de siete. La obligatoria camisa blanca del uniforme que, en Diana, tenía una versión más delgada y ceñida al  cuerpo.  Un ápice de la piel de sus muslos cuando tomaba asiento, o quizá el suspiro de encaje que asomaba cerca de donde él creía un par de pechos que imaginaba apenas.

Domingo 1 por la mañana
“Al  despertar, lo primero que he visto ha sido la enorme imagen de la fotografía de Tina Modotti, que conseguí y colgué y que me gusta por dos cosas. Por la belleza de ese desnudo en sí  y por que enfurece a mi madre. Le molesta la franca desnudez de ese cuerpo, el pubis enfrentando al sol y al viento. Mi madre le dijo a mi padre que no entraría a mi cuarto mientras tuviera esa imagen “degenerada” en el muro central. “Que viva como un cerdo, no pienso limpiar esa habitación”, dijo. “Es una obra de arte, lo deberías de saber, ma”. Creo que mi padre indagó un poco. “Es una obra de arte, mi amor”, le dijo. Y no volvimos a hablar al respecto.”

Pero Fermín no pensó en escribir por qué le gustaba tanto aquella imagen. Lo cierto, es que no se hubiera atrevido nunca aunque lo sabe tan bien.
En la imposibilidad de acercarse a Diana, ha transportado ese calor, ese deseo a la imagen que sin velo, se entrega a quien quiera mirarla. Fermín con Diana, es lo único que puede hacer, mirar. piensa que es Diana la que se ofrenda  ante ese joven torpe y tembloroso que imagina la tersura de una piel tan inexplicable como la tierra misma. Sigue con la vista el contorno de los muslos de la italiana, llega al vientre. Y de repente su mirada desearía bifurcarse, quedar anclada en los pechos enhiestos, firmes, que invitan al tacto, que, delira, reclaman un cobijo innecesario bajo un radiante sol de medio día. Y seguir al sur, hacia el punto oculto y secreto que vela una tersa y oscura inflorescencia.
Para entonces Fermín siente andar su sangre más rápido por adentro de su cuerpo, esa fricción, ese paso quema su piel,  le intimida, y al mismo tiempo le hiela la nuca. Y siente que viaja, que va y regresa con sólo cerrar los ojos. Siente percibir el aroma de Diana, bueno, no de Diana, más bien del perfume que la cubre, que se vuelve atmósfera y aura omnipresente.  Ese olor lo conoce Fermín, lo ha memorizado en su garganta, en su lengua que ahora se siente perdida, ausente de un lugar que le confiera el reposo y confirme su deseo. Diana, mi amor, repite, y brinca a todos los días de ayer en que ha observado su lejana existencia  incrustarse en la savia de los días. Y regresa y abre los ojos y no es la foto de Tina Modotti la que está ahí, es Diana en la más hermosa de sus advocaciones. Es la presencia que silente y cómplice hace que Fermín estalle de repente. El magma de su entraña se libera, el ruido cesa, calla, con el silencio que cubre todos sus sentidos.

Miércoles 11
Han pasado los exámenes. Más me vale que haya salido bien. Pensar en Diana ocupó muchos ratos en los días en que no me debía permitir hacer otra cosa que repasar las clases. Odio ser el nuevo, el ajeno, el que peregrino.
Pensé que era mi imaginación, pero en el ánimo de querer saber todo de Diana, no sé. Tengo miedo que lo que he imaginado sea cierto. Me he dado cuenta que Sergio Miranda, el profesor de mate, suele recorrer con la mirada, los mismos caminos que siguen mis pupilas. Sólo que hay una diferencia, la sonrisa de Diana no se eclipsa cuando cruza sus ojos con los de él. Pinche ojete, ¿no se da cuenta que él  es mayor que ella?

Lunes 16
Regresaba de casa de Luján. No era muy tarde pero la tarde ya cedía su parte a la noche. Decidí cortar por el parque. No lo hubiera hecho, Diana y el profesor Miranda caminaban de la mano alrededor de la fuente, en la plazoleta del parque apenas visitado. Los seguí a la distancia suficiente para poder reconocer sus movimientos.
De pronto Miranda se detuvo y tomó a Diana por la cintura, la besó. Diana no opuso resistencia, por el contrario, lo rodeó con fuerza con sus brazos trémulos. Miranda paseaba su mano por el suéter que cubría la espalda de Diana, apenas reparando en la frontera que el cinturón imponía.
Me di la vuelta y regresé por otro camino. Las manos me temblaban. Llegué directo a querer  dormir, mañana entregan calificaciones. Bah, por mi la escuela y cuanto hay en ella se pueden ir directito a la chingada.

Viernes 20.
No me atreví a mirar a la cara a Velázquez, el tenía razón en todo. Puta madre.
Ojalá Diana… (es lo único que se puede leer en esta hoja. Fue la primera que Fermín quemó hoy, temprano, al despertar).
Aquí  termina el diario ocasional de Fermín. No volvió a escribir una sola nota que hablara de Diana y su belleza tan hiriente como imposible.
Tampoco escribió nada sobre el día que encontró a Diana caminando las calles cercanas al parque. Ella andaba ausente, sumida en otros lugares y otros tiempos. No escribió nada del día en que, haciendo a un lado el temor al rechazo , próximo mártir de la intromisión, se acercó a Diana esa vez  en que iba llorando en el asiento trasero de un autobús, y ocupando el lugar que estaba vacío a su lado le puso la mano en el hombro y le preguntó que qué tenía y que Diana le dijo que nada y sonrió aunque sus ojos estuvieran pequeños y bordeados por un azul tan delicado que a Fermín le pareció tan suave, que temía que al seguirla viendo de frente, esas ojeras se borraran por sí solas.
No escribió que Dina le dijo que no tenía nada,  ni que  le tomó la mano que, despacio retiró de su hombro y que no soltó tampoco de inmediato, que iba a estar bien y que gracias y que se verían mañana en clase de siete.
En la escuela dijeron que había sido una tragedia, una pérdida irreparable y dolorosa. Se omitieron los detalles, se apostó a la inmediatez, a lo transitorio de esta edad que se pierde a la  mitad de cualquier lado.
Fermín quemó las hojas del diario. Todas. No todas las cenizas salen por la ventana donde, los vecinos que lo miran, creen que está jugando. Escuincle baboso. No, no todas salen volando por la ventana. Algunas entran al cuarto, de regreso, y se impregnan en la alfombra y en las cosas, convertidas en polvo.
Al final del fuego, Fermín se levanta, ya era hora. Y  se dirige al muro central. Mira la imagen de Tina. Ese cuerpo hermoso, lejano, callado y frío. Aún así se parece a ella, piensa.
Lo toma con los dedos, hala, rasga, rompe.  Acomoda los pedazos(tres, en que se ha separado el cartel que albergaba la imagen) tan cuidadosamente en el centro de su cuarto. Nuevo altar a ras de suelo. Acerca la llama de la vela que, inútil, flamea en el entrepaño del librero. Hace lumbre.
Por afuera la mamá de Fermín grita, “Huele a humo” y Fermín, con la voz que aún le queda, responde “Soy yo ma, soy yo”

Este intento mío fue inspirado en un cuento llamado "Amor inmaduro", obra de una joven escritora amiga mía. Si desean conocerla, asómense a su Ventana al infinito.


Tina Modotti bajo el sol de la Ciudad de México.