sábado, 5 de julio de 2014

Para mi mar



Díme mujer dónde escondes tu misterio
Tomás Segovia



El paraíso se crea inmediato
Apenas tu voz lo nombra.
Las sombras 
Que duermen en las sombras
Se convierten en telones
Que cobijan una noche
Donde coinciden mis ojos
Y tu generosa casualidad.
Habla la belleza en tus pupilas
Su mejor y único lenguaje
Amanecen por instantes
Tus ojos de jade y cielos.
Acercas horizontes con tus labios
Y llueve la marea sobre tus hombros.
Tu piel es un mapa del cielo
Trazado de constelaciones misteriosas.
Eres el único mar
Que hace con su oleaje la memoria
Que llega descalzo en la arena
Y que nunca contendrán las caracolas.

fp
Ciudad de México
Julio, 2014.


Ojos que no ven

El cuento que se incluye a continuación es un ejercicio de escritura a cuatro manos con mi querida amiga Flor de Lis RIvera. Si encuentra vida en las líneas siguientes, Lis es la culpable.


Por Andrés Guillén y Flor de Lis Rivera*.
I
“Tiene un tatuaje en la espalda baja”, pensé en responder pero bajé la mirada sin decir nada. La imagen del trazo, las vueltas, las líneas, hacían del dibujo una caligrafía incomprensible para alguien que no fuera iniciado en el rito de su piel que era una especie de auto de fe.
No quise decir su nombre porque de todas las mentiras que me había dicho, quizá aquella era la más evidente. Habíamos estado juntos las últimas horas en la incomodidad de los asientos de un autobús de línea económica  mientras abrían la carretera de regreso a la Ciudad. La temporada de lluvias antes del invierno había dejado tan floja la tierra de los cerros que bordeaban la carretera que los deslaves se podían contar tanto como las horas de inmovilidad fastidiosa.
Me dirigí a ella con el pretexto de maldecir las lluvias de la noche anterior, el calor sofocante y las horas sin medida que se desgranaban ante nosotros. A pesar de mis argumentos, lo único que pude sacarle fue una sonrisa rutilante que le hacía levantar un poco el labio superior del lado izquierdo.
El pelo negro sujeto con una cola detrás de la nuca lo sugería muy largo y, tal vez, me hizo desear verlo sin la cinta que lo ataba, seguramente le habría caído sobre los hombros y tal vez más abajo. Viajaba sola aunque no recuerdo en dónde había abordado. Al salir de la estación su asiento estaba vacío. Estuve dormitando un par de horas y cuando desperté ya ocupaba el asiento a mi lado. Usaba un perfume dulce y poco discreto. Sobre las piernas descansaba lo que después supe era su único equipaje, una bolsa de tela color gris. No alcanzaba a cerrar del todo, pude ver dentro una coneja de peluche color rosa.
Tenía una voz ronca que armonizaba perfecto con su mirada densa, profunda. A las risas siguieron monosílabos y después charlas inconexas sobre cualquier tema que nos alejara de la carretera que se había convertido en un inmenso estacionamiento.
Avanzamos cuando comenzaba a atardecer. El trayecto después de ella se había convertido incomprensiblemente breve. En lo que me parecieron pocos minutos entramos al patio de arribos. La ayudé a descender tomándola de la mano que estaba muy fría. El tacto de su piel era un poco rasposo, quizá sus labores eran muy manuales. A pesar de ello, sus uñas estaban cuidadosamente arregladas, cubiertas con esmalte trasparente.
Fue en ese momento cuando la blusa blanca sin mangas que vestía se levantó un poco dejando ver la parte baja de su espalda descubriendo un tatuaje de formas intrincadas. El dibujo era demasiado sugerente, parecía terminar en una punta que señalaba hacia abajo. Me sorprendió mirando sus nalgas a través de los vaqueros desgastados.
Nos despedimos. Dijo que viajaría al poniente de la Ciudad y me alegré de esa coincidencia de rumbos. Me ofrecí a llevarla en el taxi que tenía planeado abordar para llegar a mi destino. Mentí. Yo llegaría a un hotel en el Centro y había pensado viajar en el metro.
Se despidió de mí. Sorprendentemente me rodeó con un abrazo que me dejó impregnado el olor de su perfume en el cuello de la camisa. Mientras se alejaba caminando pude ver, otra vez, el dibujo incompleto del tatuaje mal cubierto por la blusa y los vaqueros.
Antes de abordar el metro decidí comprar en un kiosco el periódico, un café frío y un pan espolvoreado con azúcar impalpable. Cuando llegué a la caja para pagar el consumo no encontré la cartera. En su lugar, un navajazo preciso en la bolsa de la chamarra, donde también habían estado mis llaves y la dirección del despacho de Juan Palacios, el licenciado al que venía a ver por recomendación de mi prima Estela.
Declarar el robo de mi cartera ante un agente somnoliento y una secretaria gorda que tenía el cabello desteñido por peróxido me tomó más tiempo que la lógica y el cansancio del viaje podrían haber sugerido. El agente hablaba como si sus labios pesaran tanto como el abdomen de su secretaria. “¿Alguien se acercó a usted en algún momento, tanto para haber hecho esto? Podemos pedir los videos de las cámaras. ¿Alguna descripción?”.
La imagen del tatuaje en mi mente no dejaba lugar para articular alguna palabra que no fuera más que un “No” definitivo. La secretaria me dio una copia del acta y me pidió “para el refresco”. Dejé en el escritorio mi único billete de veinte pesos. El agente extendió su mano y me dio un boleto del metro. Cuando salí, la ciudad navegaba ya a la deriva de la noche.

II
‒ Ya deja de hacer eso, pinche Leslie, un día sí te van a agarrar y te van a meter una santa madriza que...Bueno, ¿y ahora para cuánto te alcanzó?
‒ Pues con eso ya no salgo en dos días: Quinientos pesos.
‒ ¿Por dos días te arriesgaste así? ¡No mames! Ya te dije que yo sé cómo hacer que te vayas a la segura. Te tiran esquina cuando te toca, pero sí tienes que entregar una cuenta porque si no...
‒ No. Ya te había dicho que eso no. Se trabaja hasta muy tarde.
‒ Pues es que en la noche te va mejor. A ver, ¿qué haces en esa pinche Alameda con puro viejo mañoso y maricas? Si te vas a aventar, no le estés jugando al vivo. Ahorita la situación está bien gacha. La otra vez don Héctor me estaba platicando que allá por donde luego tú te vas, han desaparecido muchas mujeres, que la otra vez encontraron a una en Coyotepec. ¡Ay, manita, jálate conmigo! Acá, si se quieren poner sabrosos o vivarachos, los zapatazos les llueven a los cabrones como arroz en una boda.
La otra vez Martha le alcanzó a dar a uno con el tacón (¡uno del diez, mana!). Le pegó en la mera cabeza porque le pellizcó una chichi y quería darse a la fuga; así que entre las dos le estábamos dando en su madre hasta que el pelón ese sacó cuete y cortó cartucho. Bueno, manita, pues que la Martha y yo nos vamos echas la mocha rumbo a la Guerrero, pero ella tuvo que correr descalza porque la otra zapatilla se la quedó ese cabrón. A ver dime, Leslie, ¿él para qué iba a querer un zapato? Nomás pura maldad. La pobre hasta caca de perro pisó.
Ya cuando llegamos a la calle Camelia, Martha andaba chille y chille diciendo “¡Mis zapatos, Chilia, mis zapatos!”. Y yo le dije: “Ya Marthita, tranquila, gracias a Dios no nos plomeó el ojete ese”. Pero ella seguía en la chilladera. Hasta que me cansé de tanto berreo y que le digo: “¡Ya chingá, todo por unas pinches zapatillas!”, y que me dice “¡Pendeja! Son los que me había dado Ruth”.

Leslie escuchaba con impaciencia a su interlocutora, con un ánimo nada preocupado por disimular el enfado que producía el monólogo de su compañera, que prosiguió el relato de su persecución.

‒...ahí fue cuando agarré la onda. Ruth ya no aguantó que la vida a veces fuera tan cabrona con ella y tomó su decisión. Esos zapatos se los regaló a Martha en son de despedida, “Me los compré en La Luna, chula. Úselos cuando se ponga su vestido azul rey que tanto le gusta”.
Bueno, te cuento todo esto para que veas que entre nosotras nos cuidamos, porque...
‒ ¡Ya, Cecilia, me estás mareando, chingá! Ya cállate tantito. ¡Eso ya me lo has contado como cuatro veces!
‒ Oh, pues yo nomás decía, porque eso del metro, la Alameda y los camiones está cabrón. Te arriesgas mucho y luego le ganas re poquito. A ver, ¿y si te entamban?
‒ Yo siempre me cuido y elijo a quiénes podría acercarme. En el metro es muy fácil, pero hace mucho calor; por eso prefiero el camión, además de que es más seguro.
‒ Oye, y a todo esto, aparte de los quinientos, ¿qué más traía el pobre güey?
‒ Sólo la cartera con identificaciones que ya tiré, y unas notas. Creo que el tipo es de esos quesque escritores. Hasta me sentí mal porque se portó buena onda, ¿por qué Juan no es así?
‒ Porque le interesan más los parabrisas y el tiner, antes que tú. Ya te lo he dicho y no me haces caso.
‒ Él me quiere.
‒ Él sólo quiere no dormir en la calle con todos los borrachos de la Plaza de La Soledad, no nos hagamos pendejas. Pero a ver, enséñame las hojitas que dices.

En lugar de alcanzarle el pequeño montón de hojas cuidadosamente dobladas y con manchas de suciedad en los pliegues, Leslie se aprestó a leer en voz alta algunos aforismos sin rúbrica.
Horas antes, tras perpetrar el hurto, se alejó rápidamente de la central y se metió a los baños de un restaurante de comida rápida para hurgar entre las bolsas divisorias de la cartera de piel color café. Leslie se había convertido en una diestra carterista y disfrutaba imaginar las vidas de sus víctimas a través del contenido de sus bolsos o carteras. En sus dos años de trayectoria, había divagado sobre vidas ajenas gracias a las pertenencias robadas que superaban la veintena. Nunca le había tocado robar a un escritor, de modo que luego de arrojar las credenciales al cesto de basura, guardó el dinero en sus calcetines y metió las notas en las bolsas delanteras del pantalón. Consumando el robo con el plagio de las letras, a las que negó el mismo destino que las tarjetas, Leslie sacó su delineador de ojos color negro y pintó en la pared que sostenía el retrete una de las frases que encontró: “A veces el recuerdo necesita madurar en las sombras”.
Ahora que Cecilia solicitaba el préstamo de las notas, Leslie aprovechó para leer en voz alta aquellos pensamientos con caligrafía a veces ininteligible.

‒ “¿Qué monstruo del olvido te va devorando poco a poco?”. Ésta va a gustarte, Ceci: “Eran su silencio y su sombra el sello, la marca, el anuncio de su territorio. Decían que olía así, a perfume barato, huele a puta, también decían. ¿A qué huele una puta?, pregunté y nadie me otorgó jamás una respuesta que justificara aquello”.

Cecilia frunció el seño mientras esbozaba una ligera sonrisa y le pidió a Leslie que le dejara ver aquel papel. Leslie accedió, añadiendo “Es un cuento, se llama 'En la esquina de la ausencia'”. Cecilia leía en voz baja mientras repetía las palabras en silencio, y usaba su dedo índice como guía de lectura.

‒ Órale, Leslie, a éste le gustan como yo. Yo creo que no te chingaste a un jodido, ¿eh? Sino a uno de esos hombres de dinero a los que les gusta sentirse pobres, como si eso fuera algo de mucho orgullo. A mí por lo menos no me gusta. Oye...¿y se dió cuenta?
‒ Pues claro que no, ¡ni que me viera igual de espaldona que tú!

Cecilia dejó escapar una risa estridente. “Ay, cabrona, esto ‒añadió enfatizando en “esto” mientras dibujaba con sus manos el contorno de su torso‒. Es-to te cuesta trescientos varos”. Leslie, ya con mejor humor comenzó a reir al tiempo que dejó caer su mano con brusquedad en la entrepierna de Cecilia que, ocultaba un miembro viril involuntariamente estímulado por el contacto con la mano de Leslie. “¡Ouch! ¡Oye, me vas a dejar sin hijos!”, objetó con un guiño que le imprimió sorna a la queja.
Entonces Leslie se incorporó y fue hacia el espejo para despojarse de la liga que ataba su cabello; enseguida cayó hasta la espalda baja una abundante cabellera café oscuro hecha a base de extensiones e injertos.

‒ Ahorita regreso, “mujer”, dijo con ironía. Voy por unos rastrillos.

Al momento, se escuchó el portazo tras de sí y Leslie salió del pequeño departamento ubicado en una vecindad de la calle Estrella, en la Colonia Guerrero. Cantando a cappella“Que nadie sepa mi sufrir”, la voz y los pasos de Leslie se oían cada vez más distantes conforme bajaba por las escaleras con un morral gris colgado al hombro.

Visítela en su blog. Le va a gustar.

sábado, 19 de abril de 2014

Viernes santo


Y la tierra tembló, y se partieron las piedras. Y los sepulcros se abrieron,
y los cuerpos de muchos santos, que habían muerto, resucitaron.
Evangelio según Mateo. XXVII, 51 y 52.


También ese viernes Lucio Contreras se levantó a la misma hora de todos los días, lo supo,  aunque el reloj en la pared de la sala estaba detenido. Caminó descalzo hasta el baño, el suelo estaba fresco, tan agradable que se quedó parado un momento más después de haber orinado profusamente en la cerámica.
En el espacio donde antes estaba el espejo se despellejaba la pintura, quizá por causa de la humedad y el salitre.   Ese pequeño lunar de pared mostraba sin recato la edad incalculable de la casa que se mantenía en pie por puro milagro. Caminó a la cocina. La cajetilla de los cerillos se sentía húmeda al tacto, quién sabe por qué. Aun así, con una mecha encendió la hornilla y la amigable luz de una flama azul alumbró la oscuridad que no se había ido del todo de ese rincón de la casa. El pocillo con un poco de agua pronto agarró calor.
Mientras, como todos los días también, desprendió la hoja del calendario que cada año le regalaba Don Luis Basurto, propietario de “La buena ventura” una miscelánea de la que Lucio Contreras había dejado de ser cliente regular. Aun así, cada año se hacía presente cada doce de diciembre para comprar cerillos o cigarros o cualquier cosa y recibir el calendario para el próximo año.
“Viernes santo” pensó Lucio. Tomó un trapo seco que colgaba de un clavo cerca del fregadero y sirvió el agua en una taza decorada con flores azules, con ese caer milagroso, el agua entre el vapor que le llegó a la cara  terminó de despertar.
Bebió sin azúcar el café. No había. Tomó la taza y una silla y se instaló en el comedor. Ya en la mesa observó que el reloj estaba detenido, pero sabía que no era tarde. No se había asomado aún, pero el día afuera ya estaba desbordado de sol. Bebió a sorbos lentos como acostumbraba. Sobre la mesa, la lata de las galletas que descubrió vacía al quitar la tapa jalando con las yemas de los dedos, justo como lo había hecho la noche de ayer y la mañana anterior.
Cuando vació de a poco su taza, Lucio Contreras se levantó y regresó a la recámara para calzarse. Apreciaba sus zapatos de piel café recién lustrada a pesar de las grietas que ya competían con las arrugas de su cara. Ató con fuerza las cintas hasta hacerlas rechinar.
Avanzó al baño nuevamente para lavarse la cara y peinarse con la gomina que conseguía a veces en la Farmacia París. Se peinó tentándose el pelo para confirmar que también en sus canas la noche había pasado.
Encendió el receptor de radio. Una locutora de voz chillona e inflexiones inexplicables anunciaba boleros. Lamentó que no existiera más aquella estación donde el Observatorio Nacional desgranaba los días minuto a minuto entre mensajes comerciales.
Una grabación anunció la hora entre un bolero de Álvaro Carillo y la publicidad de un candidato a diputado del partido en el gobierno. Caminó hasta el reloj y tras darle cuerda, fijó la hora que había escuchado agregando dos minutos. Con el índice empujó el péndulo para hacerlo avanzar.
Como en otros años, esperaba hoy la visita de doña Ema, temprano, una escala obligada antes del viacrucis de la parroquia del barrio que iniciaba antes del mediodía. A pesar de la invariable negativa, Doña Ema no perdía la esperanza de que algún santo a los que se encomendaba y dedicaba buena parte de su pensión traducida en veladoras, le concediera el milagro de ablandar el corazón del viejo Lucio Contreras.

No se explicaba cómo un hereje como él pudiera ser el guardián de tan maravilloso portento celestial. “Es un milagro, ¿no lo entiende?”, había reclamado Doña Ema el año pasado antes de salir, enojada como todos los demás años al escuchar el silencio y las blasfemias que lo rompían en la casa de Lucio Contreras.
La cosa no tenía nada de especial. La tarde aquella en que regresó del panteón porque había muerto su mujer, Malena Olivares, y la habían enterrado, Lucio decidió no llorar más. Había tomado una escoba y barrido pisos, lavó vidrios, vació roperos, lustró zapatos. Parecía que su casa era un universo que había permanecido en invisible desorden y que estaba dispuesto a restaurar antes del anochecer. Pero no fue así y la noche y el cansancio lo sorprendieron cambiando las sábanas de la cama. Esa fue la última noche que Lucio soñó a Malena.
En la mañana del día siguiente Lucio de levantó tempano y avanzó descalzo hasta el baño. Al entrar Lucio descubrió en el espejo una mancha trasparente. Arrancó un trozo de papel que mojó y frotó sobre la superficie que permaneció invariable. Con la punta de una toalla empapada en alcohol tampoco pudo desmanchar el espejo. Dejó eso aceptando una nueva derrota.
Al otro día, la mancha del espejo había conformado una imagen familiar. El rostro de Malena con los ojos cerrados y la boca entreabierta. La imagen no era firme, parecía una sombra descolorida. Lucio pensó que aquello era como mirar las nubes. Después de un rato las figuras aparecen aunque no existan. Descolgó el espejo y lo guardó en el ropero, entre un suéter de estambre verde oscuro y una chamarra de mezclilla a la que se le habían caído los botones.
Por la noche volvió a revisar el espejo. Con la luz artificial de los focos incandescentes, la forma parecía saltar de la superficie del vidrio, se delineaban los contornos. Una fotografía hecha por la sombra y no por la luz se había grabado en la cara del cristal. Por primera vez Lucio se sintió atemorizado.
En la mañana del otro día, Lucio Contreras olvidó su rutina y fue a buscar al padre Hugo, párroco del templo del barrio para relatar al detalle aquella aparición. El padre Hugo lo escuchó sin mucho interés al finalizar la misa de siete. “La iglesia es muy reservada con estos eventos que la gente llama milagros”. Sin sotana, el padre Hugo parecía trabajador de dependencia de gobierno. Puso en su muñeca un reloj de carátula nacarada y un anillo con una piedra verde demasiado vistosa.
Lucio Contreras especificó que al hablar de aquello, no se refería a un milagro. La muerte que se ancla al mundo le parecía que, tal vez, tenía muy poco de celestial. La poca religiosidad de Lucio tampoco le hacía sospechar de un milagro a la inversa. La mitad de las dudas de la fe le pertenecían a Dios. La otra mitad al Demonio.
Antes de salir lo atajó una mujer de edad indefinible y velo de encaje a la cabeza. Se disculpó por haber escuchado su plática con el padre Hugo. Juró que había sido testigo de milagros similares, apariciones marianas en objetos variados pero nunca en un espejo. Al escuchar estas palabras Lucio Contreras supo que se había equivocado de lugar para reclamar oídos a un delirio que debió de permanecer en el rincón de su ropero.
Lucio llegó acompañado a casa de la mujer que en algún momento se había nombrado Ema, al menos eso recordaba. La mujer se había descubierto la cabeza en algún momento, chocaba con fuerza los tacones contra el suelo. Tenía brazos gruesos y casi cerraba los ojos al sonreír.
El espejo con la imagen de Malena estaba sobre la mesa del comedor, junto a la ventana del patio. Ema de inmediato se cubrió la cabeza y comenzó a mover los labios como si hablara de prisa, pero lo hacía en silencio, pues ningún sonido salía de su boca, entre los dedos escurrían las cuentas barnizadas del rosario de madera que Lucio no vio en dónde portaba y en qué momento lo había sacado.
Al ver aquello Lucio Contreras tornó en cólera y le gritó que esa imagen no tenía nada que ver con la virginidad religiosa, que era el rostro de su esposa muerta, esa con la que solía fornicar sin pedir perdón ni siquiera en días de guardar, fuera semana santa o domingo al mediodía.
La señora Ema se sintió ofendida al escuchar esas palabras. Se sonrojó y apretó los puños. Avanzó al espejo y lo rayó con el crucifijo del rosario. Al ver que la imagen del rostro no aparentaba ser una impresión justificó su coraje contra Lucio. Dijo que el espejo debería ser expuesto a la iglesia para venerarle.
Lucio Contreras trató de calmarse y volver a explicar que acudió a la parroquia como habría podido ir con Nacho el dueño de la pulquería “La rosa de los vientos” o con Fito Torres, hábil mecánico y soldador, maestro con la pistola de acetileno. No anunciaba un milagro sólo compartía un extraño desconcierto que había comenzado a incomodarle.
Con el tiempo, ellos y otros amigos visitaron a Lucio Contreras para testificar la aparición del espejo pero tristemente todos compartieron la idea de que aquello tenía su explicación en las sinrazones de un milagro y trataron de convencerle para que se le construyera un adoratorio público con la cooperación espontánea y popular de los testigos de aquél portento inexplicable.
La invariable negativa de Lucio Contreras fracturó la cordialidad con los vecinos y lo fue aislando poco a poco. Poner silencio de por medio ocasionó habladas que se replicaban incontenibles. Pronto, Lucio fue identificado como un fanático religioso y egoísta.
Sólo la señora Ema visitaba a Lucio con recurrente familiaridad. Se había impuesto la misión de regalar a la comunidad ese milagro, la única manifestación celestial (además de las granizadas de abril) en ese barrio de la Ciudad. Primero comenzó a visitarle los domingos después de la misa de seis. Sin embargo no fueron pocas las veces en que Lucio se ausentaba para evitar esa coincidencia forzada. La insistencia de Ema se fue desgastando y espació las vistas a meses y después a una sola vez al año. La mañana del viernes santo.
Los días se acabaron y pocos fueron los contactos con la gente. El ánimo religioso terminó pero la fama de anacoreta ya se la había ganado no con gran esfuerzo. Cada viernes santo, la señora Ema trataba de convencerlo de exhibir la santa manifestación a una comunidad, así lo dijo, cada vez más alejada de la mano de Dios. Aunque ya sabía la respuesta, la Señora Ema no cejaba en su empresa. Pedía ver el espejo. Se persignaba ante él y se iba para regresar puntual el otro año.
También esta mañana el calendario le recordó que la Señora Ema se dejaría ver como siempre desde entonces. Pero el reloj recién encordado dio cuenta de minutos, y Ema este año no llegó.
Antes de decidir qué hacer con el hueco que le dejaba esa ausencia en su día recién comenzado, un temblor le recordó a Lucio Contreras que a las moscas se les asusta agitando la mano. Las lámparas comenzaron un vaivén incontenible por largos instantes mientras las puertas secundaban ese necio movimiento involuntario. Cayó un libro de la repisa arrastrando en su camino al suelo un par de marcos con fotografías viejas.
En la recámara el ruido de un vidrio al caer y romperse anunciaba el fin de aquél ensayo del fin del mundo. Una vez, hacía mucho tiempo, Malena le había confesado, “No me gustan los temblores porque hacen que me mueva sin quererlo. Con los temblores me duele la cabeza”.
Antes de entrar a la recámara fue a buscar la escoba y una hoja del periódico de antier.

Ciudad de México, 18 de abril, 2014.





lunes, 10 de marzo de 2014

El olvido imposible


A Carmen Sevilla,
el olvido imposible.


¿Qué elementos debemos tener para hablar de la memoria personal o colectiva? Podría aventurarme a decir algo o quizá más atinadamente a quedarme callado, con nada que decir si no es la exclusiva experiencia personal. ¿Cómo se reconstruye un pasado, bajo qué perspectiva y con qué intención? Preguntas a las que tampoco me aventuro a esbozar una respuesta y que, por el contrario dejo abiertas en afán de enriquecer el diálogo con quien esto lee acaso por casualidad o mala suerte.
Los asomos a otras épocas que no nos tocaron vivir, me refiero a mis contemporáneos, me dejan siempre como secuela la intención de remontar los días y encontrar en el presente sus huellas para saber que compartimos mucho más que el espacio físico.
Trivial como suelo ser las más de las veces, éste asomo llegó por medio de una película realizada en éste México lindo y herido en el año de 1953 y protagonizada por Pedro Infante. En el libro “Las leyes del querer”, Carlos Monsiváis afirma que fue el cine quien proporcionó a la vida real y cotidiana de arquetipos y modelos vivenciales y no al revés. Para un servidor nacido a finales de los años setenta, esta mención no puede ser considerada más que verdadera.
En un ideario personal, el romanticismo tiene ecos de tríos y boleros. La masculinidad nacional se enfunda en trajes de charro con botonadura plateada, no hay festejo o pena de amores que no destile humos de tequila o aguardiente. La pobreza es una conquista genética, resignada, una especie de martirologio apenas cuestionado, de la vida eterna en el reino celestial que, se jura, no es de éste mundo.
Como es mucho más interesante la idea del tiempo cíclico y no lineal, la memoria nos otorga una manera de anticipar el hecho por venir, una especie de vaticinio, una experiencia o sencillamente un punto de referencia. El olvido condena irremediablemente.
A la memoria personal, es necesario también incorporar la memoria colectiva, esa en la que convergen todos los otros que acompañaron el camino por diversas rutas en otros tiempos y que hacen del pasado una experiencia representativa y necesaria en el ejercicio del recuerdo.
Esta vez el recuerdo llegó desde la reiteración casi obcecada de la televisión comercial mexicana, triste lugar para ejercicios de memoria o recuerdo como el que ahora intentamos, donde la inmediatez y lo desechable tienen su clímax estructural.
Desde hace años, la televisión nacional no ha dejado de apuntalar la figura mítica y casi religiosa, merecedora de devociones públicas o inconfesables, de Pedro Infante (1917-1957) con la reiterada transmisión de sus películas, particularmente los fines de semana donde la oferta de entretenimiento no satisface el tedio de la inacción y la infidelidad a los partidos de la liga nacional de fútbol.
Debido a ello, desde que la memoria personal de quien esto escribe funciona digamos de manera al menos regular, la cita con la liturgia Infantesca ha sido completa y sin demora. Además de la televisión y mi poca afición a las competencias deportivas, la radio terminó de completar el sound track de esta parte del recuerdo. “Radio sinfonola” en la A.M. además de convocar a los devotos de fe inquebrantable, adquirida o heredada, exigía despertar temprano y tener la disposición de escuchar como bienvenida al amanecer la vihuela y la trompeta de los integrantes del mariachi Vargas.
Nada puedo decir de la filmografía de Infante que no se haya dicho y de mejores maneras, no esa la intención, sólo intentaré unas líneas derivadas de ver y escuchar, otra vez, una de sus películas.
En “Gitana tenías que ser”, una especie de comedia romántica indefinible, acompaña al protagónico de Infante la actriz, cantante y bailarina Carmen Sevilla (María del Carmen García Galisteo, Andalucía, España, 1930). Es en ella o más bien a causa de ella el origen de esta entrada.
Como resabios machistas que aún no hemos podido remontar, mi padre y yo además de comentar el trabajo actoral, solemos reparar un poco en la belleza, tan subjetiva como es, de las actrices que surgen de la magia electrónica de nuestra televisión de 30 pulgadas. Él dirigió mi atención a la Carmen Sevilla de 1953 que aparece en este filme: “¿Ella tampoco te parece hermosa?”, pregunta. “Desde luego que sí”, respondo sin vacilar. El “tampoco” obedece a las divergencias que hemos sorteado a causa de Martha Mijares, Elsa Aguirre, Blanca Estela Pavón, Rita Macedo, Estela Inda y un nutrido etcétera que no comentaremos ahora o tal vez nunca.
No repararé en la historia, los aspectos técnicos o las opiniones al mismo, seguramente hay un millón de sitios en la red que lo hacen de manera más atinada.
Quien sea un ocasional espectador de los trabajos de Infante sabrá que no es éste el mejor de ellos (el término “mejor” también lo dejo abierto a discusiones u opiniones para quien quiera trabarlas con el que esto escribe en otro momento). El personaje que interpreta Infante (Pablo Mendoza) es el más ambiguo e indefinido que le conozco. El mariachi convertido en actor, malhumorado y soez que tratan de representar, se desdibuja entre un son veracruzano y las canciones de despecho muy a la "viva Jalisco". Cierto que a Infante se le conocen personajes de “indeseable malo de la historia" pero, creo yo, no son de los más recordados por la mayoría de sus feligreses, me vienen a la memoria el personaje de Carlos Iturbe en “Ansiedad” y de Víctor Valdés en “Escuela de rateros”.
En la indefinición de Infante en  “Gitana tenías que ser” y de una historia poco lograda (la película en la película), los estereotipos que se suceden escena tras escena, la belleza y gracia de Carmen Sevilla (Pastora de los Reyes) se sobrepone y llega a ser lo verdaderamente rescatable en esta cinta.
El personaje de Carmen Sevilla no se queda en lo figurativo o decorativo, no obstante que en el filme su belleza es incuestionable, al ser una historia cargada al lado de la comedia los contrastes son imposibles en la monocromía de sentimientos y personalidades. Las escenas que convocan a las lágrimas son tan endebles que las borra una secuencia posterior que tiene en la tibieza a su mejor representante. A pesar de ello y en el contexto del filme, Carmen hace lo propio de una manera mucho más que memorable.
En una extraña secuencia, la película de la película tendrá por locación la zona arqueológica de Teotihuacán. En incomprensible acto reivindicatorio de la mexicanidad con traje de charro, el contraste de los edificios y templos prehispánicos y la figura de Carmen Sevilla recuerdan un poco la materia de la actualidad, del mestizaje que aún está en busca de identidad ahogado en un universo de símbolos. La suerte figura como otro elemento de acercamiento, oculto en inscripciones y glifos en la piedra, el iris, la quiromancia o los micrófonos de alta fidelidad , el oráculo erige sus sentencias a ritmo de flamenco.
Convenientemente indiferentes a la suerte y al destino o tal vez subyugados por la sofocante presencia, hemos olvidado el porvenir, dejando en otras manos los despertares cómplices de futuros inmediatos. No es que no tengamos suerte, parece que la hemos delegado.
Dicen algunas fuentes que Carmen Sevilla padece Alzheimer desde hace algunos años. En figuras como ella o como Infante, el olvido nunca es definitivo ni tampoco es una opción. Forman parte de la memoria personal y colectiva de quien ha visto una película y se ha dejado invadir por el recuerdo de otros tiempos que no le pertenecen.

sábado, 22 de febrero de 2014

Alegría



Al día ya lo estaba ahogando la noche en sus orillas y a Marcos se le había extendido la jornada con sus pasos, hoy mucho.
Supo que sudaba cuando un vientecillo le heló la frente. Pero no le dio importancia, le dolían más los hombros y los dedos que asían con firmeza la canasta que poco, casi nada, había reducido la mercancía. Dulces que compraba, unos, y elaboraba, otros. El sol se llevaba los colores del día, también los de la canasta que desbordan aun su dulce carga.
Pero Marcos va callado y con la mirada perdida en la punta de sus zapatos que sacan polvo cuando pisa la banqueta poco caminada. Maldice un poco, las monedas en la bolsa del pantalón cascabelean pero no son muchas y eso es lo que le molesta. Salió de la casa con el sol y con su ausencia regresa. Un día más, otro día como los otros. Así piensa Marcos y no comparte su pensar con nadie porque va solo.
 Antes de subir el puente, encuentra a dos niños pequeños que juguetean con una bolsa de plástico. Uno de ellos, el más pequeño, ríe cuando al jalar, no puede sujetar su extremo y la bolsa se escurre entre las manos haciéndole caer en invariable sentón.
Al ver a Marcos, el otro de ellos, el más grande, se acerca a pedir uno de esos y señala los dulces mexicanos que atestan la canasta y que  no se pudieron vender ahora. Marcos pone la canasta en el suelo y le dice: Escoge. Para entonces ambos niños se han acercado, ambos se miran incrédulos entre ellos y ambos escogen una alegría. Al instante los niños se van corriendo y dejan a Marcos otra vez solo con el eco de sus sonrisas.
No sabe por qué, pero a Marcos la canasta le pesa menos, la noche le pesa menos. Ya espera al camión que, por suerte, no viene lleno. Al abordar el chofer le pide un dulce de los caros, de los de leche y entonces no cobra el pasaje, al contrario, le paga unos pesos que completan el costo de esa dulce casualidad.

Entonces Marcos camina al fondo donde, qué suerte, hay un asiento vacío junto a la ventana. Y cierra los ojos y ahora sí, siente el aire que le hiela la frente y recuerda a la mujer y a sus ojos negros y el café caliente que tal vez ya esté listo cuando llegue y piensa que esta noche no se irían a dormir con el radio llenando sus silencios, que ahora tendría algo que contar. Mira otra vez la canasta apoyada en sus rodillas. Antes de cerrar los ojos se da cuenta que aún le quedan muchas alegrías.

sábado, 14 de diciembre de 2013

A cuatro manos


“Tiene un tatuaje en la espalda baja”, pensé en responder pero bajé la mirada sin decir nada. La imagen del trazo, las vueltas, las líneas, hacían del dibujo una caligrafía incomprensible para alguien que no fuera iniciado en el rito de su piel que era una especie de auto de fe.
No quise decir su nombre porque de todas las mentiras que me había dicho, quizá aquella era la más evidente. Habíamos estado juntos las últimas horas en la incomodidad de los asientos de un autobús de línea económica  mientras abrían la carretera de regreso a la Ciudad. La temporada de lluvias antes del invierno había dejado tan floja la tierra de los cerros que bordeaban la carretera que los deslaves se podían contar tanto como las horas de inmovilidad fastidiosa.
Me dirigí a ella con el pretexto de maldecir las lluvias de la noche anterior, el calor sofocante y las horas sin medida que se desgranaban ante nosotros. A pesar de mis argumentos, lo único que pude sacarle fue una sonrisa rutilante que le hacía levantar un poco el labio superior del lado izquierdo.
El pelo negro sujeto con una cola detrás de la nuca lo sugería muy largo y, tal vez, me hizo desear verlo sin la cinta que lo ataba, seguramente le habría caído sobre los hombros y tal vez más abajo. Viajaba sola aunque no recuerdo en dónde había abordado. Al salir de la estación su asiento estaba vacío. Estuve dormitando un par de horas y cuando desperté ya ocupaba el asiento a mi lado. Usaba un perfume dulce y poco discreto. Sobre las piernas descansaba lo que después supe era su único equipaje, una bolsa de tela color gris. No alcanzaba a cerrar del todo, pude ver dentro una coneja de peluche color rosa.
Tenía una voz ronca que armonizaba perfecto con su mirada densa, profunda. A las risas siguieron monosílabos y después charlas inconexas sobre cualquier tema que nos alejara de la carretera que se había convertido en un inmenso estacionamiento.
Avanzamos cuando comenzaba a atardecer. El trayecto después de ella se había convertido incomprensiblemente breve. En lo que me parecieron pocos minutos entramos al patio de arribos. La ayudé a descender tomándola de la mano que estaba muy fría. El tacto de su piel era un poco rasposo, quizá sus labores eran muy manuales. A pesar de ello, sus uñas estaban cuidadosamente arregladas, cubiertas con esmalte trasparente.
Fue en ese momento cuando la blusa blanca sin mangas que vestía se levantó un poco dejando ver la parte baja de su espalda descubriendo un tatuaje de formas intrincadas. El dibujo era demasiado sugerente, parecía terminar en una punta que señalaba hacia abajo. Me sorprendió mirando sus nalgas a través de los vaqueros desgastados.
Nos despedimos. Dijo que viajaría al poniente de la Ciudad y me alegré de esa coincidencia de rumbos. Me ofrecí a llevarla en el taxi que tenía planeado abordar para llegar a mi destino. Mentí. Yo llegaría a un hotel en el Centro y había pensado viajar en el metro.
Se despidió de mí. Sorprendentemente me rodeó con un abrazo que me dejó impregnado el olor de su perfume en el cuello de la camisa. Mientras se alejaba caminando pude ver, otra vez, el dibujo incompleto del tatuaje mal cubierto por la blusa y los vaqueros.
Antes de abordar el metro decidí comprar en un kiosco el periódico, un café frío y un pan espolvoreado con azúcar impalpable. Cuando llegué a la caja para pagar el consumo no encontré la cartera. En su lugar, un navajazo preciso en la bolsa de la chamarra, donde también habían estado mis llaves y la dirección del despacho de Juan Palacios, el licenciado al que venía a ver por recomendación de mi prima Estela.
Declarar el robo de mi cartera ante un agente somnoliento y una secretaria gorda que tenía el cabello desteñido por peróxido me tomó más tiempo que la lógica y el cansancio del viaje podrían haber sugerido. El agente hablaba como si sus labios pesaran tanto como el abdomen de su secretaria. “¿Alguien se acercó a usted en algún momento, tanto para haber hecho esto? Podemos pedir los videos de las cámaras. ¿Alguna descripción?”.
La imagen del tatuaje en mi mente no dejaba lugar para articular alguna palabra que no fuera más que un “No” definitivo. La secretaria me dio una copia del acta y me pidió “para el refresco”. Dejé en el escritorio mi único billete de veinte pesos. El agente extendió su mano y me dio un boleto del metro. Cuando salí, la ciudad navegaba ya a la deriva de la noche.

viernes, 18 de octubre de 2013

Arbolada



Van y vienen los árboles
de tu silencio al mío.
Aurelio Asiain.
Si el poema es árbol ella comienza a ser entonces una mujer arbolada.
Alberto Ruy Sánchez.


Dice el poeta Aurelio Asiain que por mucho que se empeñen, los árboles no pueden quedarse en su lugar. ¿Quién puede negarlo? Y es que en verdad siempre andan persiguiendo en forma de recuerdos de rasguños y raspones cuando, en una infancia tan distante, uno invadía la tranquilidad de la fronda.
Subir paso a paso las ramas de un árbol era iniciar una breve expedición al cielo que prometía siempre un final inesperado, indescifrable. En la sombra de un árbol, por alguna razón, siempre se detiene el tiempo, se vuelve lento y dulce y dan ganas de quedarse ahí, siempre, en la eternidad imperturbable de un segundo.   
Es imposible separar la idea del tiempo al estar frente a un árbol. Un árbol es la más evidente y amistosa representación del tiempo transcurrido. El pasado que se va hundiéndose en la tierra, el futuro extendiéndose al cielo, expectante del próximo aleteo de ave, de la lluvia, del amanecer promisorio. El ahora a ras de suelo, en delicado y asimétrico equilibrio. Natural palíndromo.
Si el tiempo no se detiene, los árboles tampoco se detienen. Quizá por eso Tatiana Zugazagoitia sigue las huellas de los árboles, de un árbol, siguiendo la traza que los poemas de Aurelio Asiain sugieren. Versos desvestidos de tiempo.   
El movimiento de la enramada, del viento, de la nube, de la ola o el arroyo surgen de repente del cuerpo de la mujer que al mismo tiempo es reflejo y metáfora. El silencio y la palabra se deshojan y retoñan entre luces vertiginosas, primero, y apacibles, reposadas, después. En un movimiento, en una pausa vamos del jardín que es certeza o es ausencia a la irrefrenable caída libre.

Una hoja seca que cae puede partir el universo, romper el silencio, inundar los ojos. Si la hoja seca tiene ese poder incontenible, el cuerpo que agita la atmósfera y blande la luz y la sombra, que rima y germina versos, sólo puede dimensionarse con las palabras que despiertan en la poesía. El cuerpo en movimiento de la mujer que es reflejo y no es, porque no deja de ser verdad, después del viaje, regresa y toma su lugar frente al árbol, a un  árbol que no es más, ni menos.


Ciudad de México, octubre 2013.