sábado, 21 de marzo de 2015

La estrella fugaz



1.
"¿Por qué no?" Fue lo último que pensó Ángel cuando sacó los billetes de la cartera para pagar el boleto de entrada. Estaba convencido que aquel arrebatado gusto le costaría mucho más que cuadras de caminata para ahorrar en transporte los pesos que podrían usarse en otras cosas. Aunque usar únicamente el metro significaba varios minutos a pie para llegar al pequeño restaurante de su tía Carmen donde trabajaba de ayudante, mensajero, lavatrastes y lo que se pudiera, evitaba el uso del camión o la "pesera" para hacer rendir lo que la tía Carmen le pagaba, eso sí, bien puntual, cada sábado antes de cerrar.
No había conseguido trabajo en varios meses, pero de alguna manera esta temporada le estaba sirviendo para encontrar una parte de su vida que creyó perder entre computadoras, números, archivos electrónicos y horas extra, en la  empresa donde había estado empleado por unos cuantos años y que, de a poco, se había convertido en una plana y pesada rutina que devoraba las hojas del calendario.
Recordar el edificio gris y su luz mortecina, el olor a desinfectante de pino y trapo sucio que imperaba en los baños, la alfombra verde y los vidrios biselados, las ventanas cerradas y la lujosa oficina del gerente con su escritorio inmaculado, sus cortinas de gruesa tela roja, sus diplomas que colgaban del muro y sobre todo su insoportable prepotencia, le daban la certeza de no haberse equivocado ese viernes en que decidió no regresar el lunes siguiente.
 2.
Antes de entrar a la Arena dio una caminata por los puestos callejeros. No había mucha gente, al menos no la que esperaba ver congregada en una función de campeonato. El olor lo guió hasta uno donde se reventaban sin pena, entre sal y aceite, granos de maíz en una cacerola suspendida sobre un mechero para hacer palomitas. Compró una bolsa "mediana y sin chile por favor". Vio luego a una rubia de peróxido atender un improvisado tenderete en la cortina cerrada de un taller mecánico; allí vendía máscaras de luchadores cuyos nombres y glorias parecían más bien consecuencia de memorias ajenas. Recordó que, en su lejanísima infancia, creía que ponerse la mal cosida máscara del Santo que le había regalado su padre en un cumpleaños, le otorgaba toda la fuerza, habilidad y valentía que el encapuchado de plata demostraba en sus películas ante extraterrestres de látex, momias y murciélagos de utilería y "vampiras" casi sensuales en escenas que lindaban en el soft porno. Las escandalosas bocinas de un puesto de discos pirata lo trajo de vuelta a las afueras de la Arena. Miró el reloj, todavía era temprano. En un local cercano vio aparecer el paraíso en forma de tacos y barricas de tepache. Sin darse cuenta, la bolsa que contenía las palomitas de maíz se había convertido en una bola de papel estraza donde limpiaba sus dedos de los rastros de los granos de sal.
3.
Fue el sábado siguiente a su deserción laboral. Había decidido pasear un rato por la alameda de Santa María, quizá para levantar los recuerdos de los paseos familiares. Ella estaba recargada en el barandal del Kiosco Morisco. Tenía la mirada perdida, como si quisiera traspasar el tiempo, un tiempo denso, silencioso, exclusivo. Era muy joven, de difíciles veinte, pelo largo y, ni modo de no mencionarlo, unas piernas estupendas formadas quizá por su afición al baile, el gimnasio o los ejercicios aeróbicos y que asomaban por debajo de una falda de colores chillantes.
Quiso la suerte que una hoja de papel, doblada con excesivo cuidado, cayera del bolso de ella mientras caminaba para cruzar la plazoleta. Las jacarandas habían alfombrado el suelo, impidiendo que ella se percatara del sonido de la hoja al caer. No había dado dos pasos cuando Ángel ya gritaba para llamar su atención, agitando el papel entre sus dedos. "Hey, Señorita, se le cayó esto". "Gracias" respondió la joven y giró para retomar su camino, sin embargo, con aquella palabra también se había escapado un llanto que sólo esperaba que ella abriera la boca para desbordarse. Era un llanto contenido, como esos que entrecortan el aliento y las palabras. "¿Estas bien?" (pregunta demasiado tonta), "Sí, no es nada" (respuesta que sugiere que no se está bien y pasa algo). "¿Te puedo ayudar en algo?" (ofrecimiento sincero de Ángel, aunque, ante una desconocida, esperaba un 'no' por respuesta). "No, está bien, gracias" (la respuesta llegaba puntual. Se sentó en la banca metálica que estaba a su lado poniendo una pausa a su marcha). "Mira, no sé lo que te pasa, pero a veces las cosas no son tan grandes como uno cree. No te voy a pedir que te calmes, quién soy para hacerlo, pero en serio.  No te preocupes. Todo estará bien" (una sarta de lugares comunes, cierto, aunque se necesita tener un genio singular para decir algo inteligente en una situación así). "Gracias" (respondía la joven secando sus ojos y procurando no embarrar demasiado el rímel que había comenzado a diluirse). "Me llamo Ángel" (extendió su mano, presentándose). "Alma" (respondía con palabras y con una mano delgada y larga. Muy suave y menos fría). Permanecieron en silencio algunos minutos, Alma recuperó la tranquilidad de antes y dejó la banca para seguir su camino mientras Ángel memorizaba los matices de una mirada indescriptible. Pensaba en matices y no en color porque los ojos de Alma parecían cambiar de tonalidad, no sólo por causa de la luz de la tarde que comenzaba a extinguirse, también porque ahora que su rostro portaba una sonrisa lavada y prematura, parecían aclararse un poco más, contrastando con la bella turbidez de la que había sido testigo mientras sosegaba el llanto. "Me voy, gracias". Mientras Alma se alejaba, Ángel recorrió con la mirada aquel cuerpo en marcha y en esta exploración descubrió una cicatriz en forma de cometa en su pantorrilla izquierda. Así la vio alejarse, mientras la noche ya asomaba por los bordes de un cielo sin nubes.
4.
Instalado en su butaca de ring side Ángel disfrutaba de las luchas preliminares. Jóvenes entusiastas y arriesgados,  deseosos de llegar pronto a las estelares donde la paga es mucho mejor. La primera lucha duró poco, dos caídas al hilo de una pareja que vestía trajes de cuero, pelo largo y tatuajes. Parecían fanáticos de alguna banda de rock gótico que luchadores rudos. La segunda lucha fue un mano a mano entre dos enmascarados atléticos cuyas cualidades eran mucho menores a su catálogo de groserías, mentadas y sonidos guturales.
La tercera lucha era una sorpresa no incluida en programa. Una lucha femenil entre "La cobra sangrienta", actual campeona ligera,  y "La estrella fugaz", animosa retadora que había tenido una meteórica carrera, según reseñaba el anunciador. Las luces se apagaron y pronto llegaron las rivales enmascaradas al cuadrilátero. La sorpresa de Ángel fue mayúscula al descubrir en la pantorrilla izquierda de la "La estrella fugaz" una cicatriz en forma de cometa. Pensó que nadie en el mundo podría replicar una marca tan distintiva en una piel memorable.
La lucha era favorable a "La estrella fugaz", los rápidos movimientos de sus ágiles y hermosas piernas la convertían en un objetivo casi imposible para "La cobra sangrienta", quien con torpeza trataba de asestar algún golpe que aplacara en definitiva a la huidiza retadora. En pocos minutos Ángel se descubrió gritando entusiasmado todo tipo de loas en favor de "La estrella fugaz", esa joven que había estado llorando en la Alameda de Santa María, que había permanecido en silencio y había convertido en un recuerdo singular la tarde de aquel día.
La primera caída concluyó demasiado pronto, "La estrella fugaz" había doblegado a "La cobra..." con unas tijeras voladoras que rápidamente la postraron en la lona.
La segunda caída prometía ser una extensión de lo ya visto. "La cobra..." no tenía nada con qué retener su campeonato. "La estrella fugaz" aparecía y desaparecía de las esquinas del cuadrilátero con una rapidez propia de la prestidigitación y la acrobacia. Sin embargo, en un instante, "La estrella..." resbaló a causa de un hielo que se había derretido dejando un minúsculo charco en la lona. Ese momento fue aprovechado por "La cobra..." para arrojar sal en los ojos de la retadora quien, ciega, fue fácil víctima de los manotazos y patadas filomenas de su rival. Al momento siguiente, "La estrella..." caía del cuadrilátero, indefensa ante la campeona quien, rabiosa, quería hacer pagar la afrenta que su contrincante le había hecho pasar. Sin pensarlo, Ángel brincó de su asiento para dirigirse hacia donde las mujeres mantenían esa lucha desigual. Antes de llegar a la valla metálica, un par de guardias le bloquearon el camino, le tomaron como muñeco de trapo, en vilo,  casi lo arrojaron hacía las butacas de atrás. "¿Que no ven?, le echó algo en los ojos, no mamen, eso es trampa". Alguien de repente le entregó a "La estrella..." una botella de agua con la que pudo lavarse los ojos. Recuperada,  hizo polvo a "La cobra...", la subió al ring y en tres palmadas de lona el réferi dictaminaba que había nueva campeona ligera. "¡Alma!, ¡Alma!", gritaba Ángel con verdadera desesperación mientras un guardia de pelo a rape y camiseta negra lo conducía por un pasillo alejándolo del cuadrilátero.
5.
Permanecía sentado en una de las oficinas de la administración. Alguien escuchaba la A.M., distinguió la voz del locutor de la estación donde solían transmitir viejos boleros.
Enfundada en unos pants, fresca y con el cabello húmedo, pero con su irrenunciable máscara, apareció "La estrella..." en la oficina. "Quiero agradecer tu entusiasmo por la lucha de hoy y espero que no te hayan lastimado mucho, tú entiendes, la gente es muy apasionada y pues, los chicos de seguridad están para cuidarnos". Mientras "La estrella..." daba estas explicaciones mantenía la mirada en una fotografía en la que escribía con un plumón de tinta negra y con letras demasiado estilizadas, una dedicatoria quizá ensayada y replicada cientos de veces. "¿Cómo te llamas?". "¿En verdad no te acuerdas de mí? La Alameda de Santa María, el kiosco". Convencido de la inutilidad de convocar al recuerdo, respondió, "Soy Ángel, Alma".
"La estrella..." terminó de escribir la dedicatoria, estampó un beso en el papel y uno más en la mejilla enrojecida de Ángel.
Un sujeto atlético apareció por la puerta acompañado de dos mujeres. Una de ellas parecía ser "La cobra...", la otra se aproximó y simplemente besó con entusiasmo envidiable a Alma y salieron los cuatro en silencio.
"Ya váyase, amigo" le dijo el mismo guardia que lo había conducido a la oficina. Hasta entonces se le ocurrió leer la dedicatoria que había quedado plasmada en la foto:
"Con todo cariño para el ángel de mi guarda. Sí me acuerdo. Alma".

Afuera la noche era ya una realidad. Ángel había decidido no quedarse a ver las luchas que restaban a la función. En la A.M. Los Panchos cantaban "Sin un amor, la vida no se llama vida..." Dobló la fotografía y la guardó en la bolsa interior de la chamarra. Comenzaría a buscar trabajo mañana, ¿cómo qué? Pues quién sabe, pero algo interesante, que le permitiera conocer gente para nunca dejar de sorprenderse, estaría bueno, "¿Por qué no?", se preguntó.

Ciudad de México.
Marzo 2015.


miércoles, 19 de noviembre de 2014

En la antigua Calle de los plateros




Por desgracia el viaje en común
Llegó hasta aquí y cada uno
Baja del Metro en la estación que le toca.

De un poema de José Emilio Pacheco



La calle guarda también un poco de la memoria de nosotros. La lleva ahí, nada más, a la vista. Anunciando su disponibilidad para quien quiera tomarla. A veces, uno reconoce esos inútiles trebejos para reafirmar la sombra que se diluye con el tiempo. Y encuentra esas frases sin contexto. El sabor del sol sobre la piel distante. El polvo del perfume desteñido. A veces uno recurre a esas artimañas para no morir del todo. Para salirse de la vida que desangra. Para ganarle un día al olvido. Pero nunca es suficiente. Los calendarios se deshojan sin otoño. Hay oídos que ya no entienden a los labios y el reloj está cansado de esa eterna fuga. Entonces se encuentra el rastro de unas huellas y la línea que avanza a su regreso. Nada cambia en la memoria que la calle envuelve. Todo sigue igual. Pero nuestros ojos ya no están para atestiguarlo. Ni podemos abrazarnos para hacer un nudo a la cuerda rota. Fuimos puntuales. No hicimos esperar al destino. Que ya nos esperaba en esquinas opuestas.


Ciudad de México.
Noviembre, 2014.

martes, 4 de noviembre de 2014

Para no olvidar


Quizá es más frecuente que en las tardes, cuando el sol apaga el cielo y enciende la noche, que los asomos a otros tiempos lleguen fáciles y se instalen frente a uno, ahí nada más, como esperando a que se dé vuelta a la manija y se empuje la puerta para entrar.
Quizá también por eso, el tiempo que pasó se enreda con él mismo y lo de antes, antes, muy antes, diría Alí Chumacero, se confunde con lo que apenas pasó ayer. Siendo pasado el pasado, posiblemente no importe tanto su secuencia, que inevitablemente se ha perdido o quizá sí, pero quién lo explica.
Entonces uno camina las calles que parece que siempre han sido, pero no, porque los ejes viales y los periféricos parten la fisonomía del barrio que antes era y sigue siendo, pero fragmentado, escindido y olvidado, porque lo que queda debajo de los puentes, como no se ve, se olvida fácil, dicen.
Y los pasos que se andan dando, en la calle, en la tarde, llegan cargados de otros días que igual ya pasaron y que no hicieron ruido entonces, hasta ahora que suenan acompañando estos otros pasos de ahora. No sé si les ha pasado, pero a veces se encuentran recuerdos que ya se habían olvidado que uno traía adentro y se encuentran por algo que está afuera y que también ya está olvidado.
Anoche, mientras la tarde comenzaba a terminarse caminábamos las calles del barrio de Tacubaya. Al pasar por afuera, recordé que no tengo recuerdos del Cine Hipódromo pero volvimos a lamentar que su marquesina estuviera apagada, lo mismo que su proyector y su pantalla. Dimos vuelta en Revolución. Una cerca de láminas con anuncios adheridos a ellas y lámparas fluorescentes que los iluminan, resguardan el predio donde hace años estuviera instalado el cine Ermita, creo que una de las primeras víctimas de las multisalas acá en la Ciudad.
En un cuento, Luis Tovar sentencia que una carta es un objeto que debe estar en el lugar correcto (su destinatario) para existir realmente, ¿y si no es así? ¿Qué pasaría entonces con un objeto que está dedicado a la memoria y éste a su vez es olvidado? ¿Acaso tendría la misma sentencia a no existir como una carta no enviada?
Nuestro amado y herido país tiende mucho al olvido, a la desmemoria, eso lo sabemos. Duele que lo importante, lo que debía de haber marcado los ánimos y los recuerdos, se diluya con esa práctica perversa de reinventar una nación cada seis años. Hay cosas que, yo creo (y se vale que me lo discutan, si es que alguien pasa por aquí), se deberían tener más bien a la mano, muy presentes, aunque sean pasados, tanto como las velas cuando llega un repentino apagón (a lo mejor así es el olvido, un apagón).
En la banqueta que bordea a lo que fue el cine Ermita, están incrustadas baldosas con las manos impresas de actores y gente del entretenimiento de acá. Una especie como de paseo de la “fama” hollywoodense (¿así se escribirá?) pero en el mero barrio de Tacubaya. Es cierto que muchas de esas personas tienen en su misma actividad todos los elementos que hacen del olvido, ya no digamos una posibilidad sino una imperiosa necesidad.
Pero hay otras que no tanto, lo que sea de cada quien. En el brevísimo recorrido al que nos obligó la poca luz y las ganas de comprar bísquets en el café de chinos (un cliché que disfruto como pocas cosas y que siempre me hacen pensar que soy una especie de actor de relleno de la maravillosa “Distinto amanecer” de Julio Bracho) encontré una baldosa que atrapó mi atención. Las huellas pequeñas de un par de manos apenas impresas en el cemento y una caligrafía que también cuesta reconocer: “Marilú, la muñequita que canta”.
Fue en una película de Joaquín Pardavé donde una joven de voz potente y ojos negros cantaba una letra muy sugerente, al menos eso me parecía, no sólo porque la entonaba de manera muy sentida, sino que además la cantaba frente a un muchacho del que comenzaba a interesarse (se hacían ojitos, pues). Me refiero a una escena de “El barchante Neguib”, dirigida por el mismo Pardavé en 1946.
Otros años más tarde, el nombre y la voz de Marilú era una frecuente casualidad en la programación del Fonógrafo, la estación que todavía se transmite en la AM. Era muy particular la manera en la que el locutor Salvador Luna Ibarra, con aquella inconfundible voz, confirmaba que acabábamos de escuchar a Marilú, la muñequita que canta, quizá alguna rola de Gonzalo Curiel, quizá una tarde en la que pintaba los muros de mi casa o la de mi abuela y un radio portátil era mi compañía. Quizá una tarde de sábado Marilú estuvo cantando con Doris y Alejandro Aura en Boleros y un poco más, el programa que Canal Once dedicaba a la música que, quizá también, dominara la radio en otros tiempos.
Con gusto me entero que en estos años, nadie ha olvidado a Marilú, que le han rendido sendos homenajes a una vida dedicada a la música.
Intento estas líneas en una tarde de un día doloroso, como lo han sido nuestros días recientes. Todavía, a pesar de la grandilocuencia mediática a la que es tan propensa nuestro (des)gobierno, están ausentes 43 estudiantes de la escuela normal rural Isidro Burgos, del Estado de Guerrero.
Insisto, si alguien encuentra estas líneas, le pido por favor que salga a la calle y busque sus pretextos para el recuerdo. Escuche, mire, camine, levante su mano o comúlguela con otra mano. Pero no olvide. Tenemos tanto que recordar que el olvido, ese sí, no se puede.

Ciudad de México. Buenavista, Noviembre 2014.


jueves, 23 de octubre de 2014

Imposible



A veces ocurre que palabras ausentes de reflejos, se van llenando con tu sombra desteñida. Entonces te vuelves tan real como la llama que se apaga, como el instante que termina. El silencio te repite, te inventa y te conviertes en una letanía que besa en los labios al olvido. Desnudos de ellos mismos, un par de espejos reproducen el abismo. El sueño de la noche es de distancia y avanza hasta mi abrazo que lo estrecha. Sabe al dulce de la lluvia que ha escurrido por tus labios. Ahogan las dunas de tu piel a relojes que caminan hacia atrás. Eres imposible, como las líneas de mi mano entre tus dientes.

lunes, 6 de octubre de 2014

Así sea


Seguro que son pocos los ojos que pasan por este rincón de la red, me había tomado la, tal vez, egoista libertad de intentar escribir algunas líneas muy ajenas a eso que tantos llaman realidad. Las palabras que aquí se intentan han tratado de ser cercanas al que esto escribe y si han encontrado reflejo en pupilas amigas, han logrado su objetivo, si es que alguna vez tuvieron uno.
He sentido la obligación de no abordar asuntos que han estremecido a este país, no por falta de interés, pero hay veces que uno prefiere leer letras que pueden sortear esa vorágine incomprensible en la que puede convertirse la vida.
Estas líneas, tan inútiles como prescindibles, van en lugar del silencio. Pido una disculpa pues y agradezco su comprensión.
Este país ha llegado a un limite indecible. Hemos caído en un abismo impensable del que veíamos aterrados su oscura profundidad, pero que teníamos una ingenua esperanza de asirnos a algo. Hace años, la dolorosa tragedia de la Guardería ABC mostraba el resultado del peor rostro de los vicios que imperan en este país. La muerte de 49 bebés se convirtió en el más doloroso de los límites que jamás pensamos cruzar. Entre las versiones oficiales de un "accidente", el cual pudo haberse evitado y los más recientes indicios que de accidente no tuvo nada, el reclamo de justicia de todas esas familias se ha encontrado con la sordera, insensibilidad e inacción del oficialismo.
A pesar de ello, y aunque parezca increíble, lo que ahora pasa en este país ya no tiene calificativos. Hace unas semanas un ataque de policías municipales y un grupo del crimen organizado, si es que no son la misma cosa, derivó en la muerte de jóvenes estudiantes rurales y en la desaparición de 43 más. Un par de días atrás nos enteramos del hallazgo de fosas clandestinas y cuerpos calcinados en el mismo Estado de Guerrero. ¿Qué es lo que está pasando? ¿En qué momento la violencia y la muerte se han vuelto normales, cotidianas, irremediables? ¿Por qué hemos dejado que las gentes, nuestras gentes, valgan menos que un índice bursátil o los porcentajes de inversión extranjera directa?
Y parece que es cierto, pero a una estructura de poder corrupto y negligente le incomoda hasta la médula la disidencia, el pensamiento, la crítica, lo diferente. No se cansa de hablar de derechos y libertades que en la práctica de la vida cotidiana, en su boca no son más que una indignante impostura.
Alguna vez vi el cartón de Abel Quezada tras la masacre de estudiantes en Tlatelolco. Me duele pensar que ese "¿Por qué?" sigue sin respuesta y peor todavía, sigue encontrando motivos para reproducirse en vergonzante secuencia.
A pesar de lo que sugiere esta dolorosa realidad, tengo el inagotable deseo que los estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa regresen a casa y que las autoridades de todos los niveles no sólo esclarezcan el terrible caso que bajo sus pies y su incapacidad se ha fraguado, sino que entiendan que sin el pueblo, sin los jóvenes, los indígenas, las mujeres, las y los homosexuales, los viejos, la banda, sin ellos y nosotros, este país no tiene futuro.
Así sea.

Ciudad de México.
Octubre 2014.

Más que sueño, memoria. Una tarde de sábado en la Ciudadela


"No sé qué vendrá después.
no sé si podré olvidarte,
no sé si me moriré"
De una canción de Luis Arcaraz

El cielo ha dado tregua. Los días de lluvia y nubes bajas y cargadas parecen tener un paréntesis con un sol suficiente.
Este lugar es historia a ras de suelo, sin pedestales que alejen una memoria que muchas de las veces parece no estar tan disponible. Los días trágicos de la traición y la ignominia apenas se adivinan entre árboles y baldosas ahogadas en charcos.
Hoy lo importante es otra cosa, algo que, como la memoria, no se ve pero se siente. Es la música. Los timbales, las trompetas y el clarinete se desbordan hacia todos lados. Es danzón. No es casual el encuentro, desde hace años aquí vienen a bailar, en sábado, un montón de jóvenes cuya vitalidad es envidiable. Digo bien, jóvenes, lo son desde hace mucho tiempo.
Caminar entre los asistentes a los sábados de danzón en la Ciudadela es maravilloso. Paso como una sombra callada entre parejas que hacen de la cadencia un lenguaje único. Entre giros, pasos cortos, raspaditos, miradas cargadas de años y de cosas que sólo caben ahí, en miradas, me hacen pasar casi desapercibido.
Ando hasta la sombrita de un árbol bordeado por una jardinera de piedras rojas y ahí decido quedarme, sentado y en silencio. Tengo ante mí uno de los rostros más amables de la Ciudad y que pocas veces, por no decir nunca, se miran en los grandilocuentes anuncios oficiales de turismo. Así es el espíritu de todas estas gentes, sin saberlo, o tal vez sí, a cada giro o compás marcado, siguen conjurando el olvido.
No conozco de danzones, apenas el nombre de algunos de ellos que hoy no sonaron en las bocinas instaladas en el foro de cemento al frente de la plaza. Antes venía una orquesta para tocar en vivo, pero el presupuesto de la delegación Cuauhtémoc ya no lo permite, ahora la música es grabada, pero no le hace, el ánimo es inigualable.
Decido emprender mi paseo de nueva cuenta entre las parejas para las que no existe nada más que la música y su correspondiente otra mitad, la otra copa del brindis dirían por ahí. El derroche de sentidos es involuntario, la música hace hablar de cerca al oído, hace que los cuerpos se aproximen, se alejen y se encuentren en un sincronizado giro.


Para muchos de los asistentes el día de hoy no es un día más, quizá por eso portan trajes de gala, corbatas, pantalones planchados con una precisión quirúrgica, plumas en el sombrero. Vestidos largos de tirantes y otros cortos porque hay que presumir, cómo no, la buena pierna, abanicos, medias de red y zapatillas de tacones peligrosamente altos. Otros tantos se distinguen con aromas que me recuerdan un pasado del que apenas fui testigo y de cierta manera me reconcilian con mis treinta y seis y contando; la sección de perfumería de la Farmacia París es una sorprendente colección de delicadas reminiscencias, el Wildroot y la Añeja Lavanda por fin parecen encontrar aquí un mejor contexto.
Me detengo nuevamente. Los puestos de comida que bordean la plaza me recuerdan que mi desayuno fue un insulto a la salud intestinal y las papas fritas con cebolla y chiles cuaresmeños pueden hacer dudar la fe de cualquiera.
Camino otra vez. En una de las esquinas se pueden ver perfecto a varias parejas. Creo que es definitivo, ¿existe alguna mujer que no se vista de una sensual y delicada feminidad cuando baila danzón? Si la memoria de las manos, del tacto, es aún más persistente, la memoria de los pasos de baile se reinventa en cada ejecución. Entonces el cuerpo retoma su expresión original, recuerda y el recuerdo no puede sustraerse del corazón (re-cordis). ¿Hay algo más sensual que el torrente de la sangre tibia? Villaurrutia escribe: “Amar es escuchar sobre tu pecho, / hasta colmar la oreja codiciosa, / el rumor de tu sangre y la marea / de tu respiración acompasada.” El poema tuvo el buen tino de haber sido musicalizado a ritmo de  danzón en la película de María Novaro.
A veces la mirada no se conforma con lo evidente e intenta la interpretación de lo que se sugieren símbolos de otros días, sin embargo el fracaso, es decir el mío, es manifiesto. Si el pasado se va hilando, este instante es un nudo indisoluble. Las manos en la cintura o recorriendo los hombros, un beso repentino, una nieve de limón con dos cucharitas, compartida del mismo vaso, reafirman la intensión del momento.
Un grupo de bailarines anuncian las formas del futuro inmediato. Escucho palabras que se construyen ante mis ojos otorgándoles un nuevo significado. Un columpio, un paseo, un abanico, un cuadro le dan a la calle la fineza del baile de salón. Otros, los más, no anuncian la técnica a cada compás, pero el sabor que derrochan los exculpa del olvido de la ortodoxia.
No voy más. Las parejas continúan con esa incansable y deliciosa plática, cuerpo a cuerpo, que sólo podrá concluir con la tarde o con un aguacero.
Hoy mis pasos van solos, así me alejo, entre un redoble y una trompeta que envuelve la plaza y la convierte en un símbolo de la memoria y, qué bueno, de historia a ras de suelo.

Ciudad de México.

Octubre 2014.

jueves, 18 de septiembre de 2014

14:39









Este cielo indeciso
Casi todo azul pero brumoso
Telón de nubes inmediatas
Ajeno a los pasos sin reposo
Pero muy cercano a las plegarias
Modelo de tintas y de ojos
De labios azotados por el frío
De pensamientos sembrados en macetas
Transparente como una mirada
Suave como almohada
Dulce y fresco como barro
Como caricia antigua
Que cambia la piel por la memoria,
Este cielo indeciso
Hermoso y casi todo azul
Me recuerda un poco a ti.