sábado, 15 de abril de 2017

Jueves


Definitivamente jueves

Quiero que el veintiuno de agosto
del año dos mil diez,
a las seis de la tarde como es hoy,
pases desnuda atravesando el cuarto
y preguntes por mí.
Si estoy, pregunta, y si no existo,
o si me he extraviado en algún lugar de la casa,
de la ciudad, del mundo,
pregunta igual, alguien responderá.
El primero de enero del año dos mil uno será lunes
pero el veintiuno de agosto de la fecha indicada
tiene que ser definitivamente jueves
y el calor, como hoy, agotará las ganas de vivir.
Las calles serán las mismas para entonces,
los flamboyanes de efe y trece seguirán floreciendo,
muchos amigos no estarán
y el tiempo habrá pasado por la historia de la casa,
de la ciudad, de mi país, del mundo.
Quiero que el veintiuno de agosto, al despertar,
prepares la piel
                            el corazón
                                                las ganas de vivir.


-Waldo Leyva-

Pasaron los días y volvió a ser jueves. Cuando sonaron las campanas de la iglesia para la misa de ocho, Martín ya llevaba buen rato sentado frente a una taza de café soluble. El plato de cerámica verde, ya ahora, sostenía las migajas del pan de dulce que no había comido anoche y que hoy fue mucho más que un alivio azucarado.
El reloj en la pared estaba detenido, se habían agotado las baterías desde dos días antes, pero no habían sido reemplazadas porque no había sido necesario medir el tiempo en los últimos días.

Pinche Tintas, ¿cómo fue a partirse la pata en la coladera? Y no es que uno sea mala onda, pero, ¡chale!, el canijo cilindro casi se destripa. Bueno que tiene arreglo y la reparación la vamos a pagar de poquito, que si no… Pero esto de tener tanto tiempo libre está cabrón. La soledad cae bien cuando a uno le dan chance de elegirla, pero si no es así, ¡ah qué aburridero! Siquiera tuviera uno con quién cruzar palabra, tomar el café, bueno, de perdida tocarle la puerta del baño pa’ decirle que ya se salga, que ya se colgó.

Ayer sí no tuvo madre, creo que crucé una palabra con alguien hasta que salí a comprar las tortillas. ¿Qué eran? Creo que las cuatro. No, más tarde, ya no estaban echando tortillas, la máquina estaba apagada y esos cabrones estaban jugando baraja. Me dio un poco de envidia, la verdad. Estaban escuchando canciones de Pedro Infante y creo que hasta se estaban echando unas chelas. En fin.

¿Cómo seguirá el Tintas? No es que sea mala onda y no quiera ir a verlo, me cae, pero no me late ir a su casa. Su jefa dice que deberíamos ponernos a trabajar en serio y no andar de vagos por a’í. Alguna vez le respondí que el nuestro, era un oficio bien bonito. Hasta le pregunté algo así como: ¿Se imagina las calles del Centro sin el sonido del cilindro? ¡Me echó unos ojotes! No, pues mejor me quedé callado y ya no dije nada. Anoche le marqué por teléfono al Tintas pero no me contestó. A ver si le marco más tarde.

Tomó una chamarra y salió con la idea de no ir a ningún lado el particular. Bajó las escaleras, seguro era más tarde que de costumbre. La calle estaba tranquila. Menos pasos presurosos, la fila de coches ante el semáforo en rojo igual de larga, pero sin bocinazos ni mentadas.
Para gastar minutos y conservar monedas, Martín decidió hacer el camino a pie. Compró el periódico y se detuvo en una fuente con agua verdosa. Más tarde, atendió el reclamo del estómago con dos tacos de mole verde y uno de chicharrón.

Y el día se volvió tarde. Sin quererlo demasiado, Martín llegó a la plaza cerca del café donde solía tocar con el Tintas. Se apostó en el borde de una jardinera. Las jacarandas ya habían alfombrado ese lado de la banqueta. Tomó un cigarro y dejó que el humo dibujara formas al salir de su boca. Con la mirada buscaba a Alejandra, quizá para tener algún pretexto de pensar en la buena suerte. Nada.

Una especie de pesadez en el aire le hizo voltear por encima de su hombro. La muchacha de sonrisa torcida, fleco largo y peinado de lado le miraba con atención. No le costó trabajo a Martín encontrarse con aquella mirada franca y perfumada que parecía tener un delicado olor a sombra.

Nunca la había visto, pero sintió una extraña familiaridad con esa forma de mirar. Estaría bien preguntar si la insistencia de su mirada obedecía a la coincidencia de una ocasión pasada.

Contrario a lo que pensaba, la muchacha permaneció quieta mientras Martín se acercaba dando trancos y chocando el tacón de hule sobre las baldosas cubiertas de flores color morado.

“Hola. Disculpa, de repente me he querido acordar de dónde te conozco, si es que en verdad te conozco. ¿Vives o trabajas por aquí?”  

Con un movimiento mecánico de la cabeza, la joven se arrojó el pelo hacia el frente y negó con apenas cerrar los párpados.

“Mi negocio está allá en la esquina”. Las flores parecían estar sembradas en el gris de la banqueta y con sus colores, parecían predecir el atardecer que ya estaba sobre ellos.

“Yo vengo seguido por acá, trabajo de organillero con mi carnal El Tintas, nada más que… Perdona, no te vayas a enojar conmigo, lo que pasa es que hace días que no hablo con nadie y quería platicar. Deja me presento: Martín. ¿Cómo te llamas?, bueno si se puede saber”.

“Me llamo Luisa”.

Tiene bonita sonrisa, aunque le da pena la marca esa de su cachete. El mandil que trae puesto deja ver más de lo que tapa. La voy a invitar, total, peor estoy hablando conmigo y diciendo pura pendejada.

“¿Te gustaría tomar un café? Aquí en la cafetería de enfrente”.

“Na’màs recojo el puesto. Si me ayudas…”

“Va. Sí te ayudo”.

¿Qué le habrá pasado en el cachete? No, mejor ahorita no le pregunto. A lo mejor al rato, o mañana, uno nunca sabe. Sí, mejor me aguanto. Qué rico huele su pelo.

“¿Qué tanto piensas, Martín?”.

“No, nada. ¿Qué hora será?”.
  

Ciudad de México, 16 abril, 2017

Quizá así acabe (¿o comience?) la historia de Luisa y Martín, pensada a cuatro manos por mi amiga Isabel en su Ventana al Infinito  y su inseguro servidor.

martes, 21 de febrero de 2017

Organillero


El sol ya había tomado un semblante cansado, como esas velas que han consumido la parafina y les falta poco para apagarse. El viento hacía a las frondas de los árboles barrer el cielo a distancia y despertaba a los viejos adormilados de las bancas herrumbrosas del jardín. Era un viento inesperado. Un viento abuelo que parecía agitarse al intentar meterse entre las faldas de las muchachas que caminaban por la calle.
A pesar de la tarde se habían juntado pocas monedas. Era jueves. Martín y “El tintas” se habían apostado en la esquina desde bien entrado el medio día. Por turnos se habían repartido la manivela del cilindro y lo habían hecho sonar sin tregua por varias horas.
Ambos disfrutaban el melódico sonido que parecía llegar desde las hojas agitadas de calendarios viejos. Mientras uno daba vuelta a la manivela para hacer sonar el cilindro, su compañero pasaba, gorra en mano, entre los paseantes o los carros que se atoraban frente a la luz del semáforo en rojo. Había poco para repartirse. ¿Por qué habrá escogido esta esquina Martín si ni hay tanta gente?
De repente, Martín deja a medias el pleonasmo de un viejo vals y se aproxima hacia la cafetería donde les han dicho antes que no toquen, que molestan a la clientela, que luego por eso no se vende, que qué pinche escándalo.  Se detiene junto a una mesa exterior donde una joven de pelo largo y anteojos, bebe despacio el contenido humeante de una taza verde, tan pequeña que parece un juguete.
Casi de inmediato comienza a girar la manivela para crear en ese instante una serenata vespertina de sonidos acompasados. Sin voltear le ordena a “El tintas” que se ponga la gorra marrón y permanezca junto a él.
Un hombre de delantal, más bien flaco y de patillas largas, se aproxima a Martín y reitera sus reclamos anteriores.
-Ya les dije que no pueden pedir dinero aquí.
-No estamos pidiendo. Nos encargaron tocarle esta pieza a la señorita, si no se molesta. Ya está pagada.
-Claro que no me molesta, pero ya me voy –dirigiéndose al hombre de las patillas- ¿me puedes traer la cuenta por favor?
Al recibir el cambio, la muchacha escoge las monedas y las dirige a Martín con una sonrisa.
-Gracias, señorita, pero como dije, ya está pagada.
-Pues gracias otra vez. Adiós.
Ella se alejó caminando, dejando tras de sí el rastro de una sombra dulce. Al llegar a la esquina, la silueta de la muchacha desapareció junto con las últimas luces de la tarde.
-¡Cómo eres largo, Martín!, dizque pagado, ¿pos quién?
-Oh, espérate. No está pagado pero… Gracias por el paro y por no decir nada.
-Ya sabes que conmigo no hay fijón, además está re suave la chava. Pero eso sí, te cargas el cilindro de regreso. Oye y qué, ¿la conoces o qué?
Martín cargó el cilindro y se lo echó al hombro con un movimiento preciso. Apretó los labios pero no pudo disimular la sonrisa, se limpió el sudor de la frente con la manga de la camisola y movió la cabeza indicando avanzar.
Habían caminado unas cuadras, ambos en silencio, cuando Martín se decidió hablar.
-No, no la conozco. La he visto algunas veces ahí. Casi siempre está sola. Se queda observando la calle mientras se toma su café y luego se va.
“El tintas” lo seguía mirando extrañado, como tratando de encontrar en el silencio todo aquello que Martín no le decía.
-¿Y qué más?
-No, pues, nada más.
Después de un rato agregó.
-El otro día se estaba peleando con un güey. Estuvo grueso. Él le llamó a gritos por su nombre. Se llama Alejandra.

  



sábado, 8 de octubre de 2016

La promesa


El ruido de los empleados y la gente que de pronto comenzaba a transitar por los corredores lo regresó a este ahora irremediable que se le había perdido entre silencios prolongados apenas interrumpidos por el ulular de las sirenas de las ambulancias y los cinco vasos desechables de café superpuestos uno sobre otro. Se preguntó de repente dónde habían quedado los sobres vacíos de azúcar. No pudo recordarlo.
Tres somnolientos empleados de la cafetería llegaban a sustituir a su compañero del turno nocturno, que se retiraba tan somnoliento como ellos. Una joven más bien flaca, se despojó de una chamarra demasiado mullida para ceñirse el delantal verde característico de la franquicia que se había enraizado en la esquina sur del tercer piso del hospital.
Alonso parecía no perder detalle de los movimientos de la muchacha. Hasta pudo darse cuenta cuando, en una pausa, sacó de la bolsa del dental, una que le hizo pensar en marsupiales, un espejo con el que revisó el estado del maquillaje. Un delicado gesto de vanidad, exagerado para estas seis de la mañana de un día que apenas se estaba decidiendo a ser, sólo superado por la rápida acción de la muchacha de desabrochar los dos primeros botones de la parte superior de su camisa.
Los pasos de Rogelio golpeaban el suelo con una rítmica desesperación, también ajena a la parsimonia de la mañana. Los dedos de su mano derecha envolvían el dedo pulgar, su particular manera de empuñar la mano cuando estaba nervioso. Frenó en seco cuando reconoció la figura de Alonso en el pasillo, le dedicó una mirada seca. No reclamaba su prolongada permanencia en el hospital, (el mismo Rogelio le avisó del accidente y la gravedad del estado de Olga) lo que le molestaba es que no usara la sala de espera como todos los demás. Le desagradó que pusiera su preocupación fuera del resto de los familiares de Olga y la volviera exclusiva.
“No saben si llegue a la noche, su vida es un hilo que no tarda en reventar”, dijo Rogelio con la voz cortada. Alonso estuvo a punto de reclamar esa frase, propia de teleserie vespertina, pero Rogelio siguió su marcha a la sala de espera. “Voy a avisarle a su familia”.
Alonso sintió una especie de piquete en el estómago. De pronto, los vasos de café consumidos en el tránsito de la noche al amanecer reclamaban una ruta de salida, una fuga irrefrenable. Alonso decidió bajar por la escalera para no encontrarse con la familia de Olga. Si acaso había coincidencia, sería en el desenlace, así habían convenido.
Cuando salió a la calle, el cielo tenía una apariencia sucia, parecía estar envuelto en nubes revolcadas en una luz opaca, cansada, plomiza. Decidió caminar a la estación del metro más cercana.
Olga había sido el motivo, la promesa, la esperanza del futuro compartido, la reducción de calificativos y escenarios posibles a la permanencia recíproca. Olga era el pacto irrenunciable a la eternidad que pende de un calendario. Y así fue. Una mañana de martes, mientras desayunaban en un restaurante de franquicia, Olga anunciaba el final de su historia compartida. Los pactos que se habían sellado con saliva y fluidos corporales terminaban también sin oportunidad de nuevos plazos. Olga daba por terminado aquel siempre ilusorio.
No lo había dicho, pero le había enfadado la poca capacidad de Alonso para revertir una decisión que no cambiaría, pero que tampoco quería encontrar sin mucha resistencia. Había otra persona, se llamaba Rogelio, y la promesa de terminar la vida al lado de Alonso concluía al pronunciar  la última sílaba del nombre de aquel tercero en escena.
“Promete que si muero, te morirás también” le había dicho Olga la noche que Alonso perdió su empleo y decidieron consumir la mitad de la liquidación en el bar de un restaurante en el Centro. Alonso prometió que así sería, mientras ponía una mano en el corazón y la otra la suspendía en el aire a la altura de su frente. “Te lo prometo”.
Las palabras de esa noche le revoloteaban a Alonso como si la misma Olga le siguiera hablando al oído. “Te lo prometo”  había respondido Alonso mientras metía la mano por debajo del escote de Olga, esas palabras no habían sido una promesa alcoholizada sino un salvoconducto hacía un territorio explorado pero sobre todo desconocido.
Compró un boleto de cartón en la taquilla, sintió la helada piel del torniquete que se rendía al ligero empujón con el que entraba al metro. Los pasos de Alonso eran lentos, pero largos. Llegó a la escalera automática y se replegó a su derecha, no tenía prisa, no quería tenerla.
Caminó el pasillo bajo una mortecina luz fluorescente. Tropezó un par de veces con personas que parecían correr sin dirección. Sonámbulos frenéticos con aroma a loción de cítricos.
El andén del subterráneo estaba ocupado por viajeros impacientes que miraba el reloj y maldecían en voz baja. Alonso ocupó su espacio en la multitud. Recorrió el andén al final donde la concurrencia era menor.  Pudo avanzar hasta dejar sus zapatos justo frente a la línea amarilla que delimitaba el espacio entre la vía y la plataforma. Un lugar privilegiado, podría ver con facilidad las luces acercándose veloces, el tren no podría frenar de inmediato. “Te lo prometo” le había dicho a Olga esa noche etílica mientras estrujaba sus senos.
Alonso sintió en el rostro un tibio y delicado soplido con olor a hule quemado. Las luces rojas y blancas iban aumentando de tamaño a cada instante, el ruido de fierros en movimiento se iba convirtiendo en un grito alucinante..
Alonso cerró los ojos. Quiso dar el paso que lo convertía en el tipo formal que cumplía las promesas distantes, digno de confianza sin lugar a duda, pero no pudo. Se quedó inmóvil mientras abría los ojos y el convoy en movimiento pasaba frente a él, colores indefinidos, una imagen que no atrapaba la mirada sino la suposición.
Pero Olga se había ido primero, había sido ella la primera que faltó al rosario de promesas incumplidas. ¿Qué juramentos habría pactado con Rogelio? ¿Qué promesas ¿Los mismos quizá?
Las personas detrás de él lo empujaron, lo propinaron insultos y burlas ineludibles: “Órale pendejo”, “pinche estorbo”, “muévete cabrón”.
Le asombró la cantidad de personas que podía mover un solo tren. El andén había quedado casi vacío y seguro volvería a llenarse en unos instantes más. Buscó en el bolsillo de la chamarra un cigarro y lo llevó a su boca sin encenderlo. Sólo así se dio cuenta que tenía la boca seca y le temblaban los labios. Lo escupió hacia las vías. Su vista volvió a cruzar el andén, esta vez en sentido contrario. Sin mucho trabajo encontró un letrero promisorio: “Salida”.
fp

Ciudad de México, 8 de agosto 2016.





sábado, 2 de julio de 2016

El fantasma


1.
-¿Cómo ves, te animas? Ándale, no seas coyón. Te digo que no habrá problemas. Nadie entra ni sale ahí. Está solo. Una noche y vamos a resolver demasiadas cosas. Además, ¿no me dijiste que tu mamá anda enferma? Mira, no lo veas como algo malo. Necesitamos la feria y ahí en un ratito podremos conseguirla.
-¿Y si no hay nada, tú no sabes bien?
-Mira, si no hay efe, por lo menos podremos sacar dos tres cosillas que podremos mover fácil. ¿Te acuerdas del Rejas? Ya salió. Él nos puede ayudar a mover lo que nos toque.
-No sé, Güera.
-¿Tienes miedo?
-No, no es miedo.

2.

Debo aceptarlo. No hay algo que me pueda causar tanto miedo como soñar que despierto. Esa sensación de confrontante con circunstancias imposibles teniendo la extraña certeza que nada de eso es irreal por el simple hecho de haber “despertado” unos minutos antes.
Cuando desperté en serio, tuve que ir a la otra recámara, abrir la ventana y sentir el helado inédito de la madrugada. Sé que puede resultar algo absurdo, pero tenía que asegurarme que mi cuerpo no estuviera tirado, desangrándose en el suelo. Por fortuna lo único que encontré fueron dos hojas secas. Quizá las arrojó el viento cuando abrí la ventana y no me di cuenta. O quizá están allí desde hace tiempo. Ahora que me acuerdo, no barrí las habitaciones hoy, ni ayer tampoco.

3.

El sueño comienza cuando pienso que me despierto por algo que me ha sobresaltado en el sueño. Pienso que necesito aire y voy hacia la ventana de una de las recámaras vacías. Al abrir la ventana, un ángel, como los de las estampas que venden afuera de las iglesias, entra imperturbable y sin mediar palabra clava una espada en mi cuello. Caigo al suelo intentando taponear, con mis manos trémulas, la herida precisa que el ángel ha dejado. Me veo yo mismo tirado en uno de los rincones de la alcoba vacía. Soy un testigo del celestial crimen. De pronto, la casa ya no es la casa. Me siento hundido en las entrañas de una sombra densa, irremediable, impenetrable. No hay sonidos. Quiero hablar pero no puedo, de pronto he olvidado el lenguaje. Mi cuerpo, el que yace en el rincón, se ha desangrado y casi ha desaparecido. Tengo miedo que éste yo, que mira aterrado desde acá, desaparezca también.  

4.

Lo sé. Esta casa es demasiado para mí. A veces me siento como el último cerillo en la caja de los cerillos. Tres recámaras, dos de ellas vacías. Yo sólo ocupo una. Ahora en invierno, suelo ocupar la del fondo, cuya ventana da al pasillo de la cocina y el baño. Pienso que es la más cálida. La cosa cambia en verano cuando uso cualquiera de las recámaras que dan a la calle, regularmente la del piso de arriba. Pero este lugar no es mío, es, fue, de la madre de Mariana. Sería nuestra casa al casarnos. Ya habíamos determinado una fecha y sólo esperábamos (equivocadamente) que nuestros ahorros compartidos crecieran un poco para darnos la idea de seguridad que todo comienzo requiere.
Quince días antes de la boda civil, Mariana marchó a Europa con un alemán que vivía en Ámsterdam. Había llegado a México para cerrar un negocio. Importaba textiles artesanales y hongos alucinógenos.
La madre de Mariana me dejó, formalizado con contrato y todo, la custodia de esta casa, con la condición que cubriera los gastos de mi estadía. Si lo pienso, no me halaga ese hecho, para ella, hasta el día de su muerte, fui el recuerdo de una posibilidad insegura. El menos malo de los futuros de su hija. No por alguna posible cualidad escondida, sino porque no tuvimos el tiempo para defraudarla en pareja.
Mariana sigue viviendo en Europa, tiene dos hijas y su esposo ha diversificado su negocio a la mariguana terapéutica.
Algunas veces he pensado irme de este lugar. Pero el tiempo y, un poco la soledad, me han arraigado demasiado. Tengo el ánimo de un anciano enfermo y mi apariencia concuerda con esos sentires. Mi cabello es casi blanco. Los chicos de la cuadra me llaman “El fantasma de la casa gris”. Anoche dos de ellos se metieron a la casa. Los descubrí. Salieron corriendo despavoridos. Uno de ellos casi se desmalló cuando sintió mi mano en su hombro. Hoy vendrán sus familiares para hablar conmigo. No son exactamente invitados, pero será bueno ver gente en casa y tener con quién hablar o ya de perdida discutir un rato.

5.

-Pase, por favor.
-Gracias. Mi esposo.
-Mucho gusto.
-Iremos al grano, no queremos hacerle perder su tiempo.
-No es así.
-Mire, Julio se puso muy mal ayer, lo tuvimos que llevar al doctor.
-Lo imagino, pero debe entender que no fue culpa mía. Entró a mi casa atraído por las historias que los niños del barrio se han hecho de mí y de esta casa.
 -Oiga, viejo, ¿qué le mira tanto a mi esposa en el pecho? ¿Los escotes no son muy frecuentes por aquí?
-¿Cómo dijo?
-¡No se haga pendejo! La cara de mi esposa está treinta centímetros arriba.
-No sé qué quiere decir. Con todo respeto, su esposa es atractiva y me recuerda un poco a alguien, pero no he querido faltarles ni a ella ni a usted.
-¡Mira viejo, mejor te callas! Ni éste es mi marido, ni me importa si te me quedas viendo o no. Saca el dinero que tengas que tenemos prisa.
-Aquí no hay dinero, por favor, salga de mi casa antes que llame a la policía.
-¡Agárralo, Negro! Que nos lleve a dónde tiene el dinero.
-Ya les dije que no tengo nada aquí.
-¡Vente para acá!
-Mejor nos vamos Güera, este viejo no tiene nada.
-¡Cállate! Ya me vio las chichis, que al menos pague por ello. ¡Sube! Métete a la recámara, ya.
-No tengo dinero. Váyanse de aquí. No me voy a detener porque es mujer, se lo juro.
-¡Que te calles, cabrón! Negro, revisa esos clósets.
-Aquí no hay nada, sólo ropa y pendejada y media. ¿Qué hay en esa caja?
-Fotografías.
-¡Oye, Güera, no chingues, la de esta foto se parece mucho a ti!
-Degenerado, ¿cuándo me fotografió?
-Esa persona no eres tú, ¿no te das cuenta?
-No vinimos aquí de paseo, ¿dónde está el dinero?
-No tengo dinero aquí. No me va a amedrentar con esa navaja, mejor guárdela.
-¡Vámonos ya, Güera! Suéltalo, es un viejo.
-A la chingada, pinche viejo codo.
-No mames, no mames, le cortaste la garganta.
-¡Vámonos! Hay que revisar los otros cuartos. Algo debe de haber, una casa como esta no se mantiene sola.
-No manches, Güera, ya nos metimos en un pedote. Te lo dije.
-¡Ya cállate! A lo mejor le hicimos un favor al pinche viejo este. Imagina, él solo, sin nadie con quien hablar, amarrado a sus fotitos. Además, quién sabe, a lo mejor lo dimos una manita y ahora sí lo convertimos en un verdadero fantasma.
-¿Crees en fantasmas, Güera?
-Hoy no. Quién sabe mañana.




 Ciudad de México, 2 de julio, 2016

sábado, 12 de diciembre de 2015

Por fortuna



Muy poco tiempo
dura el pesar de amor, que sólo
tiene que durar toda la vida.

Rubén Bonifaz Nuño.

Cuando llegó a la esquina volteó para mirar, ya de lejos, la fachada despellejándose bajo la última insistencia de la tarde. Extendió su mano y encontró, por fortuna, un poste de piel herrumbrosa, fría y ausente como aquella esquina que no tenía más que gente.
Su cartera se había vaciado luego de algunas horas en esa cantina oculta en cualquiera de las calles truncadas cercanas al mercado de San Juan. Por fortuna, las copas que cubrieron los billetes, ahora evaporados, habían sido suficientes para convocar el recuerdo gracias a una improbable consola que sonaba tras la barra y que hacía girar discos de treinta y tres.
Entonces comprobó que cualquier “ella” o cualquier “tú” incluidos en las letras rimadas evidenciaban una ausencia particular y eran susceptibles a la adjudicación inmediata. Equivalían a la inabarcable ausencia que soportaban sus brazos, al silencio que parecía perfeccionarse en su voz. Para entonces ya había claudicado, había decidido dejarse revolcar por los timbales, las estridencias doradas de las trompetas y los pulsos tachuelados del piano.
Por la inminente sequía económica, tuvo que devolver al meserito de moño y peinado de astas cuando éste ya se aproximaba desafiando las leyes de la gravedad con un nuevo vaso alargado sobre una charola metálica. Sobre ella, un nombre que se reproducía además en la cubierta de un par de mesas del fondo y en los calendarios de las paredes: Victoria.
En aquel momento despojado de tiempo, apoyado del poste, confundido por la suficiente ingesta etílica y con la poca lucidez que le dejaba el embotamiento, en verdad, se sintió victorioso, absoluto vencedor de aquella despedida inexistente pero tácita que, todavía, seguía recomponiendo para no abismarse en la profundidad de las imposibilidades. Victoria, una contradicción incuestionable. Sin vencer ni aventajar, se sentía el sobreviviente de una campaña inexistente ante una presencia que solía comparar con el misterio de lo inexplorado.
Adelantó la vista antes que comenzar a caminar, como pretendiendo memorizar las irregularidades de la banqueta para poder combinarlas con las dificultades de dirigir sus pasos en línea recta.
Mientras se alejaba, le pareció escuchar una frase que consideró adecuada para redactar su rendición absoluta. La clausura del camino de regreso a menos que fuera por causa de la nostalgia. “Y me quedé sin ti”, la confesión que lo terminaba de evidenciar, no en los demás sino ante sí mismo.
La aguja raspó el disco al no encontrar más los surcos que permitían convertir el silencio en notas tropicales que sólo podían suceder en el centro de ciudad. Pudo remontar la brevedad de la calle con algunos pasos. Pensó en voltear una vez más, un último recuento visual. Por fortuna, decidió no hacerlo.

Ciudad de México.
Diciembre 2015.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Poema de Hugo Gutiérrez Vega


Ya sabrás que te escribo
a vuela pluma,
desde esta Roma abierta
y entregada
a los embates turbios
del verano.

Sabrás que no estoy triste,
que los pájaros
han bajado a la fuente
y que la vida
se me va remansando
sin motivo aparente.

Sabrás que no te extraño
que en mis pasos
ya no se escucha
la cadencia doble,
que mi sombra
ya sólo es una sombra
y que en mis labios
se ha secado
la herida de tu nombre.

Pero sabrás que, a veces,
me haces falta
y que a veces
escucho tu sonrisa
y entonces, esta vida
que remansa
vuelve a ser lo que fue,
se atorbellina
y busca la tormenta
de tu boca.

Hugo Gutiérrez Vega.

martes, 24 de noviembre de 2015

La huella

Ya no me acordaba lo bien que se mira la ventana de la casa de Gisela desde aquí. Antes, subía a la azotea de la casa para descolgar las sábanas de los tendederos. Estos fantasmas efímeros olorosos a suavizante de telas y jabón de barra. La azotea fue ese lugar donde, quizá, se albergó la chingada cada vez que las discusiones domésticas, al menos una parte de ellas, surgían de repente. Ese destino de los deseos mutuos cuando mi mamá le reclamaba a mi padre por no renovar los electrodomésticos e incluir una secadora entre ellos. El silencio de mi papá era tan pesado que seguramente llevaba implícitos los deseos que todo, incluida su otra familia, los electrodomésticos, la nueva secadora y quizá nosotros, se lo llevara la chingada.
Quizá por eso le agarré gusto estar aquí. Mi madre me enviaba por la ropa y yo dejaba que la hervidera de mentadas silenciosas se calmara un poco. Al poco tiempo descubrí que la ventana de Gisela era el más inmediato de los paisajes posibles.
Varias ocasiones la vi asomada, mirando la calle. También la miré andar de un lado a otro, dentro de su cuarto como un espíritu desteñido; aquello más bien sucedía cuando el reflejo de los últimos rayos de sol iluminaban esa parte de su casa y entraban como revelando todos los misterios que para entonces ya cabían en mi mente.
Cuando me quedaba más noche, varias veces miré a Gisela extender su clarísimo brazo desnudo para cerrar la ventana tomándola de una esquina inferior y halando con fuerzas. Era una ventana larga y angosta, de vidrios rectangulares, polvosos. Uno de ellos estaba estrellado.
Una vez miré a un muchacho de cabello relamido lanzar una piedrita hacia la ventana de Gisela. Era diciembre, un jueves veintitrés. Lo recuerdo bien porque al día siguiente, veinticuatro, Gisela vino a mi casa. La invitó mi hermana Rosa a cenar con nosotros.
Esa tarde tuve que soportar las burlas de Rosa: “Va a venir tu novia. Métete a bañar, te cambias y te peinas”. Y mi mamá: “Rosa, deja en paz a tu hermano, por favor”. Pero Rosa reviraba: “Véalo por el lado bueno, mamá, por fin haremos que éste coma como la gente y no como pelón de hospicio”.
Entonces Rosa y Gisela estudiaban el tercer año de la secundaria. No eran precisamente amigas. Gisela había llegado un año antes al barrio y a la escuela en consecuencia. No iban en el mismo salón, pero llevaban el mismo taller de Conservación y preparación de alimentos (cocina, como le llamaban todos en la escuela excepto las boletas de evaluación). Rosa le facilitaba los apuntes de su cuaderno para poner al día las recetas que otorgarían la evaluación del resto del año.
Cuando Gisela llegaba, yo solía quedarme por ahí, en algún rincón de la sala fingiendo leer o hacer cualquier cosa; en realidad procuraba armar, sin saberlo del todo, todas las imágenes mentales que el disimulo me permitía. Gisela tenía el pelo largo. Para la escuela lo peinaba con la casi obligada cola de caballo, pero afuera lo dejaba libre de cualquier posible atadura. Algunas veces lo adornaba con una flor sintética o le dejaba la desafiante caída que le otorgaba el fijador en aerosol (entonces importaba más la rígida libertad capilar que la capa de ozono de la atmósfera).
Desde su lugar, Rosa me dirigía alguna mirada oblicua o un torrente de sonrisitas de “ya te caché, ya te caché”. Mi hermana, tan perspicaz como siempre, no necesitó más.
Una ocasión, Rosa tuvo la magnífica idea de ausentarse, acompañó a mi mamá a una de sus tediosas clases de decoración de porcelana. Reuniones de mujeres casadas, todas mayores de cuarenta años, peligrosamente asiduas al té manzanilla en bolsitas de red.
A pesar de la pena que me causaba estar frente a ella, sin nadie más en casa, rogué a Gisela que esperara a Rosa, que no debía tardar. Que había salido con mamá pero que pronto regresaría para que pudiera tomar los apuntes para el recetario. Accedió con desgano pero ocupó el asiento junto a mí en la sala de la casa. Por eso, pude ver su rostro de cerca. Sus mejillas estaban sembradas con una ligera capa de granitos y marcas producto del acné que, a la distancia y cubiertas por el maquillaje, resultaban casi imperceptibles. Supe que su ropa estaba impregnada por un olor a fresas y sudor, una deliciosa mezcla aromática que no he vuelto a encontrar hasta ahora.
Estaba impaciente, miraba el reloj de la pared y se echaba para atrás de la oreja un inexistente mechón de pelo. De pronto tomó el cuaderno que estaba a nuestro lado, me pidió un lápiz y comenzó a dibujar con líneas firmes, una flor estilizada. Cuando terminó, desprendió la hoja y se la llevó a los labios. Dejó la huella de un beso de color rosa pálido. Dobló la hoja y me la entregó. Se levantó de su lugar y me pidió que le dijera a Rosa que pediría sus apuntes en otra ocasión.
Me odié como pocas veces lo he hecho. Gisela era el universo posible metido en la sala de mi casa, pero no pude decirle nada, ni siquiera cuando me entregó el dibujo con la flor y la marca de sus labios. Quizá, lo pienso así, haber dicho algo en ese instante era imposible. Decir incluso "gracias", tras la entrega del dibujo habría sido ominoso y ridículo.
Después de ese día, la presencia de Gisela en nuestra casa se redujo drásticamente. Rosa y ella seguían siendo cercanas, sin ser amigas, pero mi papá había contratado, después de mucha insistencia de mi madre, una línea telefónica.
Rosa se apoderaba de la línea por las tardes, después de comer. A pesar de la ausencia, las tareas y las pláticas, necesarias por lo triviales, entre Rosa y Gisela se volvieron mucho más prolongadas y confidenciales.
En la cena de navidad, Gisela apenas habló con alguien más de la familia que no fuera Rosa. Se hablaban casi en secreto, quizá para tener la voz de cada una en el oído a falta de la distancia que la línea telefónica sabía remontar sin ninguna complicación.
Después de año nuevo, la familia de Gisela y Gisela se cambiaron de casa. El otoño siguiente, un temblor casi dejaba a la ciudad ausente de sí misma. Rosa terminó la secundaria y yo perdí el dibujo de la flor con la huella de sus labios.


Todavía hoy, no estoy seguro si Rosa pudo sugerir a Gisela algo relacionado a la admiración silenciosa que ella me había descubierto. Tampoco sé si aquel beso impreso en el dibujo de la flor fue el salvoconducto que le regalaba a la memoria o la cruel confirmación de la eterna fuga del tiempo y su imposibilidades de recreación o retorno. Los labios delgados de Gisela impresos en el papel, fueron, desde entonces, el recuerdo de lo irrepetible.
La casa de Gisela se convirtió en la bodega de unos laboratorios alemanes que decidieron conservar la fachada y las ventanas largas aunque las mantienen cerradas en todo momento.
Ayer tembló en la ciudad, no pasó a mayores, sólo el susto y una peregrinación espontánea de caras pálidamente asombradas y bocas resecas. Quizá es la luz del poste que instalaron el año pasado o simplemente un efecto del temblor de ayer, pero uno de los vidrios de la ventana de la casa de Gisela se mira estrellado; parece que la ventana está entreabierta.


Ciudad de México.
Noviembre, 2015.